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ABC MIÉRCOLES 19 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ORTEGA: PENSAR EUROPA Y EL LIBERALISMO POR JOSÉ MARÍA BENEYTO CATEDRÁTICO DE DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO Y DERECHO COMUNITARIO EUROPEO El común fondo europeo de las naciones del continente hace que Europa sea una realidad histórica y vital sustentadora de todo aquello con lo que de hecho contamos al vivir. Ese subsuelo que nos permite actuar es la matriz originaria de las naciones europeas... E STAMOS conmemorando el cincuentenario de la muerte de Ortega y, como en tantas otras ocasiones, su obra vuelve a mostrar en estos momentos sugerencias e indicaciones fructíferas. No resulta ocioso reflexionar en esta encrucijada europea- -y, sin duda, también española- -sobre dos elementos centrales de su pensamiento, que siguen estando de plena actualidad. Se trata, de una parte, de su europeísmo liberal, y de otra, del sentido patriótico- nacionalizador en palabras de Ortega- -que impregna toda su tarea. Dos dimensiones de su vida y de su actividad filosófica- -la doble pasión por Europa y por España- -que aparecen inextricablemente unidas en su pensamiento. En la filosofía de Ortega, la experiencia vital de la historia y la cultura españolas y la experiencia vital de la común cultura e historia europeas se entrecruzan. De hecho, la europeización es para nuestro meditador del Escorial una tarea de recuperación de las posibilidades españolas, un instrumento de revitalización de la nación. Ortega está firmemente convencido de que la apertura a Europa es el mejor camino para no sólo llevar a cabo la modernización económica, social y política del país, sino también para restablecer la conciencia plena de su historia. No es superfluo recordar- -cuando van a cumplirse el próximo 1 de enero veinte años de la adhesión- -hasta qué punto el ingreso de España en las Comunidades Europeas ha cumplido con creces ese ambicioso objetivo de modernización, que ha permitido alcanzar niveles de prosperidad y desarrollo económico y social prácticamente inéditos en nuestra historia. Y tampoco deja de ser significativo que no se haya cumplido el segundo sumando de la propuesta orteguiana, el de la plena recuperación de una historia y una conciencia común entre los españoles, lastrada por el peso de los particularismos, en los que Ortega detectó con lucidez el cáncer de la vida social. Esa presencia cada vez más intensa de Europa en la obra de Ortega presenta varias dimensiones, que van desde la identificación inicial entre Europa y el método científico de sus primeras estancias en Alemania, pasando por la visión de una Europa que se sustente en la cultura entendida como interpretación plural de la realidad desarrollada en Meditaciones del Quijote (1914) hasta la formulación de la idea de la unificación europea como vertebración del continente y como alternativa democrática frente a la emergencia de los totalitarismos europeos, que se propone en La rebelión de las masas (1930) y se desarrolla en Meditación sobre Europa (1949) Como buen liberal, Ortega mantendrá una confianza incólume en las capacidades creativas de la persona para salir de las crisis. No serán óbice para ese optimismo de la libertad ni la crisis española de finales del XIX y principios del XX ni la crisis europea, que se instala a par- tir de la Primera Guerra y estalla durante los años veinte y treinta. Ciertamente, la imagen de partida será la del náufrago- -la metáfora de la modernidad como naufragio que reaparece en nuestros días en la obra de Hans Blumenberg- pero de un náufrago que no desespera y que comienza a nadar; a actuar para salir del marasmo. Europa es siempre, desde la perspectiva orteguiana, oportunidad, creación, empresa, proyecto. Esa confianza última en las capacidades de la libertad y de la razón reposa en un sustrato ontológico e histórico. Europa es una de esas ideas que somos y en las que se está con las que se cuenta, pues son un supuesto de todo aquello en lo que nos hemos instalado. Además de un proceso de integración, Europa es una creencia, pertenece al subsuelo de la realidad que habitamos. El común fondo europeo de las naciones del continente hace que Europa sea una realidad histórica y vital sustentadora de todo aquello con lo que de hecho contamos al vivir. Ese subsuelo que nos permite actuar es la matriz originaria- -la raíz o realidad más radical -de las naciones europeas. da de que faltan principios de convivencia que sean vigentes y a los que quepa recurrir. La emergencia en Europa de las ideologías destructoras de la libertad ha sido posible porque se han dado como caducas aquellas normas que constituían la civilización europea. La crisis se produce cuando aquel sistema de usos y hábitos comunes- -de vigencia de un espacio histórico común- -ha sido desechado y no hay otro que se dibuje en el horizonte. El hecho de que Europa haya dejado de tener plena conciencia de sí misma genera que Europa ya no mande moralmente en sí misma y menos aún inspire al resto del mundo. La pérdida de la conciencia europea lleva a Ortega a proclamar la urgencia de un nuevo principio de vida para los países del continente: sólo en la unión europea considera Ortega que pueden salvarse sus pueblos y superar sus particularismos. Un proyecto, por tanto, acorde a la historicidad misma de Europa, en cuyo interior late una cultura común. Para Ortega no existe, por tanto, contradicción entre las identidades de los estados nación y la común identidad europea. Antes al contrario, en el proyecto de la unidad europea vislumbra la única salvación posible y la potenciación de los estados nacionales. En el contexto de la globalización, esta propuesta resulta aún más sugerente si cabe que cuando se formuló. La integración europea aparece así como la tentativa secular de recuperar los múltiples estratos históricos que yacen, semienterrados y ocultos, bajo la común cultura e historia. ¿Es posible una conciencia cultural europea? Esa es la pregunta que Ortega se formula y formula a su auditorio en 1953 en la última de sus conferencias públicas dictada en Alemania. Entonces como ahora, el consenso europeo sólo puede sustentarse en la reviviscencia de una sociedad común y en la realidad de una opinión pública europea. En este año, el rechazo al Tratado constitucional ha mostrado los déficits de una conciencia común de los ciudadanos europeos. Los europeos no sienten que la Unión Europea tenga que ver con el lugar íntimo donde se asientan los sentimientos de pertenencia, de identidad y empatía. Es importante resaltar, por ejemplo, que una de las iniciativas de mayor éxito de la Unión ha sido Erasmus, el programa de intercambio entre estudiantes universitarios, que ha hecho posible una experiencia directa de la realidad y la cultura de otros países a miles de jóvenes europeos. En este período de reflexión sobre la necesidad de acercar la Unión Europea a sus ciudadanos, es por ello urgente que la Unión se decida a poner en marcha aquellas iniciativas que pueden mejorar de forma tangible la vida de los europeos. Una conciencia viva de la identidad cultural europea es condición ineludible para el futuro desarrollo de la integración europea. Y en la medida en que esa matriz originaria aún no ha sido plenamente realizada, Europa es también- -tercer nivel de significado- -un proyecto. El proyecto de una sociedad común, cuya unidad histórica en el pasado aparece como condición de la unidad supranacional, de una futura unidad política en la que se preserve la dinámica entre integración y diversidad. Ya desde los años veinte, Ortega es plenamente consciente de que Europa está desocializa-