Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 18 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ORTEGA, EL TIEMPO A SU FAVOR POR FERNANDO R. LAFUENTE El tiempo está a favor de Ortega porque en su obra supo trenzar y fijar con una clarividencia poco común en estas queridas tierras la agenda de asuntos que iban a conformar, y de qué manera, la segunda mitad del siglo XX español y europeo... N los caprichosos vaivenes de la historia intelectual, no digamos política o económica, hay autores que, en el largo tiempo, entran y salen, suben y bajan, aparecen y desaparecen, algunos sin dejar más rastro que una breve nota en la Enciclopedia Británica, y ya es. Si el tiempo es implacable con los dioses y los mitos, cómo no iba a serlo con los mortales, si, además, éstos se enfrentan a los etéreos bosques de la existencia más inmediata. Ocurre que no es una cuestión de actualidad, ni siquiera de vigencia, ni de herencias, ni de estirpes, el caso de que para Ortega el tiempo haya jugado a su favor. Leer sus textos hoy- -y la rigurosa y definitiva edición de sus Obras Completas (dentro de pocos días se publicará el Tomo IV) permite realizar esa lectura con todas las garantías posibles- -constituye no ya un hecho intelectual sino un ejercicio cívico de orden prioritario, perentorio y principal. Escribía Juan Pablo Fusi hace ahora diez años: No se debería estar en la vida pública sin conocer a fondo su legado E la y contemporánea- -a veces ambos términos son compatibles- surgidos en un escenario tan diverso como fragmentado. La geografía intelectual, social, política y económica de unos contornos, de nuevo, más sospechados por el común que conocidos. Educación, cultura, sociedad, política, historia, filosofía, antropología entran y salen de las páginas de Ortega en un vaivén de anhelos, fracasos, advertencias, sueños, utopías y realidades; en suma, una vida entendida como quehacer y realidad radical. El tiempo está a favor de Ortega porque en su obra supo trenzar y fijar con una clarividencia poco común en estas queridas tierras la agenda de asuntos que iban a conformar, y de qué manera, la segunda mitad del siglo XX español y europeo. Y, además, lo hizo paralelamente a la creación de un idioma filosófico que permitía acoger en su generosa y vasta geografía las inquietantes y esperanzadoras circunstancias que se cernían sobre el hombre contemporáneo. Lo resumen mejor, claro está, las siguientes palabras de Mario Vargas Llosa escritas en marzo de 1998: La historia contemporánea ha confirmado a Ortega como el pensador de mayor irradiación y coherencia que ha dado España a la cultura laica y democrática. Y, también, el que escribía mejor Eso que con modestia solía repetir el propio autor: La claridad es la cortesía del filósofo Ortega presenta al lector los más complejos problemas filosóficos en un español claro, vibrante, hondo y cabal, sin visos de especialismo, ni germanías extrañas, y lo hace ampliando el idioma hacia América hasta que, a un lado y a otro del Atlántico, se alcanza lo que hoy constituye una realidad indeleble: el español es más moderno que el castellano. Y ahí está la obra ensayística del Nobel mexicano Octavio Paz para solventar las dudas. Hacia 1905, cien años ya, y lo que nos rondarán, Ortega señaló que el fin de cualquier actividad pública si no es debería ser o resumirse en uno solo: la educación. La España surgida de la Constitución de 1978 es de clara inspiración orteguiana, la presencia de los elementos vertebradores en tan bendito y laico, y democrático texto, la anticipación de la unidad europea y la proyección hacia América, las bases de una convivencia basada en la libertad individual, han permitido la mayor época de modernización de la vida española, cerca de tres décadas, con Gobiernos liberales, socialistas y conservadores. Cincuenta años después de su muerte, ese Después de Ortega se perfila con las límpidas aristas de una agenda tan invisible como presente en la que Ortega apuntó los temas de nuestro tiempo, de nuestra vida españo- El límite hoy de Ortega es el límite de quien define a Ortega, pues al definir a Ortega define el tiempo en el que escribe y se define a sí mismo. Las epifanías orteguianas son el epítome de una biografía profundamente española y universal que quiere ensanchar los límites de su propio conocimiento desde la polémica con Unamuno (1905) a la invención del 98 y la apropiación (indebida) de tal hallazgo por Azorín (1912) del discurso sobre Vieja y Nueva Política en el madrileño Teatro de la Comedia (1914) al surgimiento de un nuevo espectador de la vida cotidiana (1916) de la primera destitución de Unamuno como Rector y la publicación de Meditaciones del Quijote (1914) al primer viaje a Argentina y el asombro de un idioma que romperá las fronteras nacionales (1916) y a la fecunda amistad con Alfonso Reyes, quien alguna vez evocó cómo el propio Ortega le había confesado que querría ser recordado como Ortega, el americano de la aparición de El Sol (1917) al gran proyecto editorial de Calpe (1920) de la imparable proyección internacional a través de los libros, España invertebrada (1922) o Los temas de nuestro tiempo (1923) a los artículos en los periódicos y las reiteradas conferencias implicadas en lo que pasa en la calle; de la desconcertante proclamación de la Dictadura de Primo de Rivera (1923) a la creación de Revista de Occidente para saber por dónde anda el mundo (1923) y el brillante diagnóstico de La deshumanización del arte (1925) de la an- ticipación que significa el pormenorizado análisis de un nuevo fenómeno tan insólito como imparable, y que describirá con el feliz término de La rebelión de las masas (1930) a la presentación de la Agrupación al Servicio de la República (1931) de la polémica en torno al Estatuto de Cataluña (1932) a la inmediata retirada de la vida política (1932) del fin, en fin, de la genial Edad de Plata (1935) a la desolación de la quimera, el desasosiego que provoca la brutal Guerra Civil (1936) de los exilios (1936, París; 1939, Buenos Aires; 1942, Lisboa) a las ausencias, los elocuentes silencios y la melancolía tan cervantina como dolorosa. Así, se construye esa biografía hasta un día tal como hoy de 1955. Ortega dibuja un mapa intelectual que él apenas tendría tiempo, siempre tiempo, para completar, pero el cuaderno de bitácora quedaba fijado, advertido. Ortega es el impulso mejor de la España del siglo XX, porque en sus páginas se presenta y se discute ese constante diálogo en busca de una definición: la relación de una sociedad, en su conjunto, con la modernidad. Todo está en Ortega, incluso lo por venir: la meditación de la técnica- -una nueva circunstancia que alterará la cosmovisión de la vida- el pulso entre universalismo y nacionalismo, la irrupción del filósofo en los apabullantes medios de comunicación Yo tengo que ser a la vez, profesor de universidad, periodista, literato, político, contertulio de café, torero, hombre de mundo, algo así como párroco y no sé cuantas cosas más el raro lugar del arte en las sociedades desarrolladas, la cultura y las industrias culturales surgidas al albur de la presencia de las masas en su disfrute y consumo, la necesaria complementariedad de las humanidades en los diversos ámbitos de la actividad profesional, porque el hombre sin técnica, es decir, sin reacción contra el medio, no es hombre Todo concepto, en su obra, pasa por la vida, todo es posible; vale el entusiasmo con el que se enfrenta a lo más arduo, valen esos ojos abiertos ante lo vivido y lo soñado. Crea deslumbrantes metáforas de la vida hasta convertir la vida misma en una metáfora. La filosofía de Ortega se gestó como razón práctica, por tanto, su implicación en los ámbitos históricos, políticos, sociales y culturales sería no ya innegable sino genética. No hay asuntos filosóficos, hay cosas de la vida Elabora una ontología de la libertad porque cada individuo es un punto de vista esencial y así sólo ese individuo es el espectador de su propia vida y es el lector de las vidas de los otros: Toda vida es hallarse dentro de la circunstancia o mundo. Mundo es el repertorio de nuestras posibilidades vitales Por mucho que su labor filosófica le llevara a los paisajes herméticos de Heidegger o Dilthey, Ortega, por mera biografía, está más cerca de la Europa de Paul Valèry, Walter Benjamin, Raymond Aron, Albert Camus o Isaiah Berlin; autores que ensayan, en el sentido que para nuestro autor le dió Rockwell Gray; es decir, la Europa que consciente de que no hay respuestas definitivas a las grandes preguntas, en su certera curiosidad indaga, muestra, pregunta, descubre y vuelve al principio. Como los clásicos.