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ABC LUNES 17 10 2005 Opinión 5 MEDITACIONES A DIETA DE TILA EN SALAMANCA L fenomenal alboroto formado por las resoluciones procastristas de la Cumbre y el desencuentro con EE. UU. mantuvo hiperactivos y ciertamente en vilo (casi a dieta rigurosa de tila) a los responsables de la fontanería mediática de La Moncloa. Fernando Moraleda, al que le tocó estrenarse con semejante morlaco en la Secretaría de Estado de Comunicación, toreó a pie de obra con soltura y buen tono, al menos a la hora de dirigirse a los informadores. Otros optaron por la hosquedad, interpretando con solvencia el papel del poli malo. Cada uno a lo suyo. En la esfera política, más trabajo tuvo incluso Moratinos, que casi le dedicó más tiempo a intentar arreglar el desaguisado con la Embajada estadounidense que a lo que ocurría en Salamanca. La cosa mejora: antes montaba un lío en 59 segundos y ahora en 48 horas. MARCO AURELIO E LEER Y PENSAR CARAVANA DE MUERTE PROCESO ABIERTO DE FÉLIX OVEJERO LUCAS Tusquets Barcelona, 2005 285 páginas 17 euros Retórica socialista Desde hace décadas, la izquierda intenta adaptarse a la realidad renovando ideario y programa. Pero a una renovación le sigue otra y la cosa no funciona. El caso de Félix Ovejero Lucas es distinto. El autor, que distingue la derrota política de la derrota del ideario, llega a la conclusión de que el fracaso del socialismo es discutible analítica e históricamente. Y no sólo eso, sino que la batalla por la democracia la ha ganado el socialismo. Si ello es cierto, ¿cómo explicar la mala salud de la izquierda? El autor responde: eso sucede porque la izquierda, mientras iba realizando conquistas democráticas, moderaba el proyecto. ¿Qué hacer? En lugar de cambiar el ideario o desnaturalizarlo, hay que realizar los proyectos a largo plazo, restituir el vínculo entre justicia y emancipación, profundizar la democracia y apostar por la igualdad, el compromiso ciudadano y la sostenibilidad. De este libro sorprende el elogio del fracaso socialista y la retórica de un discurso que se agota en sí mismo. Y también sorprende que el autor no se dé cuenta de que lo que no funciona es la cosa en sí. Es decir, el socialismo. MIQUEL PORTA PERALES SÍ se titulaba el magnífico reportaje de Luis de Vega que ayer se publicaba en Los Domingos de ABC, una de esas piezas que nos devuelven la fe en la sagrada misión del periodismo. Luis de Vega nos narraba la accidentada peripecia de unos ángeles de la guarda que han seguido el traslado de los subsaharianos que en fechas recientes trataron de asaltar la valla de Ceuta. Hacinados en autobuses por las autoridades marroquíes, aherrojados y sin más vitualla que una lata de sardinas, los subsaharianos han sido a la postre abandonados a su suerte, como carroña que se arroja a los buitres. Algunos han muerto mientras deambulaban por el desierto, famélicos y exhaustos y quizá aliviados después de padecer tantas penalidades; otros han conseguido entablar contacto con un equipo de Médicos sin Fronteras y revelar al mundo el trato ignominioso que les han dispensado. JUAN MANUEL Aunque los reflectores de la atenDE PRADA ción mediática hayan querido posarse en las últimas semanas en la tragedia itinerante de estos negros, lo cierto es que no se trata de un fenómeno nuevo. Médicos sin Fronteras cifra en más de seis mil los africanos que han perecido de hambre y de sed durante la última década en la zona, agotados en mitad de su peregrinaje o abandonados por las autoridades marroquíes en el desierto, ese laberinto donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso según lo definía Borges. Y esos seis mil cadáveres que asoman su calavera entre las dunas y los pedregales saharianos no son, a su vez, sino una porción mínima de la muchedumbre que vaga por el continente africano, huyendo de epidemias y hambrunas, de guerras tribales y éxodos y ejecuciones masivas. Nos hallamos, pues, ante un episodio más de una ignominia invisible y mucho más vasta de lo que nuestras conciencias, mo- A mentáneamente mohínas tras la denuncia mediática, puedan calcular. Ciertamente, nuestro Gobierno merece una severa censura por haber permitido, siquiera por omisión, estas caravanas de muerte; ciertamente- -como denunciaba ayer Fernando Iwasaki- si estos abandonos criminales perpetrados por el régimen marroquí hubiesen sido precedidos por una solicitud del gobierno de Aznar, a estas horas las sedes del PP estarían siendo asaltadas por hordas de energúmenos azuzadas por nuestros intelectuales más comprometidos (con su amo) Pero sería de una miseria moral sólo accesible a estos presuntos intelectuales desviar el caudal de una tragedia multitudinaria al molino de la refriega política. Mientras las sociedades prósperas y los organismos internacionales que las representan, enfrascados en logomaquias tan bienintencionadas como inoperantes, no afronten el problema de la inmigración como una cuestión de orden moral, mientras no se decidan a considerar la lucha contra la miseria como lo que es, una obligación natural, y a arbitrar mecanismos que la combatan, estos episodios ignominiosos que hoy nos conturban el ánimo no harán sino multiplicarse. Suele aducirse con resignación fatalista que la lucha contra la pobreza es una tarea inabarcable, entorpecida por gobernantes corruptos que se embolsan las partidas destinadas al desarrollo. Y uno se pregunta si estas razones no serán en el fondo una coartada- -la pescadilla que se muerde la cola- -para mantenernos cómodamente instalados en la abulia, aferrados a un bienestar que no queremos compartir con las legiones de la pobreza, mientras las calaveras blanquean el desierto del Sahara. ¿Estaríamos dispuestos, por ejemplo, a establecer un sistema tributario de ámbito universal, una vez que hubiésemos logrado derrocar o corregir a esos gobernantes corruptos? Organismos internacionales para instituirlo y vigilar su eficacia sobran; pero, ¿y la voluntad para apoquinar?