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72 Cultura MUERE RAMÓN GAYA, CREYENTE MESIÁNICO DEL GRAN ARTE DOMINGO 16 10 2005 ABC EL PERDÓN Y LAS GRACIAS ENRIQUE ANDRÉS RUIZ Y Tres dibujos velazqueños de Gaya, que el pintor realizó para sus colaboraciones en ABC en 1961 MILAGRO SIEMPRE RENOVADO JUAN MANUEL BONET or siempre en la memoria, Ramón Gaya. En 1978, cuando Multitud nos brindó su primera retrospectiva, Gaya era apenas unas líneas en las historias, el retrato poscubista de su padre en una del realismo, alguna referencia literaria, por ejemplo en Juan Ramón de viva voz de Juan Guerrero Ruiz. Pronto lo conocimos, pura inteligencia, puro sentimiento de la pintura, puro combate en pro de sus convicciones. Se iniciaba, tras una primera tentativa fallida en 1960, su reincorporación a una escena que había abandonado al exiliarse, cuando tenía tan sólo ¡26 años! Reincorporación saludada por poetas y críticos de una nueva generación, sabedores de lo mucho que lo habían admirado, antes, Juan Ramón Jiménez, Guillén, Bergamín, Cernuda, Gil- Albert, Rosa Chacel, María Zambrano, Tomás Segovia... El Gaya adolescente había sido medio cubista, medio boresiano, con sus gotas de neo- popularismo veintisietista y guitarrero. París en directo lo desilusionó. A la vuelta se afianzó en el Prado, y sobre todo en Velázquez, al que más tarde dedicaría un libro luminoso. Misiones Pedagógicas y su Museo ambulante, la Barraca, el perejil de Canción y la sierpe de La realidad y el deseo la Valencia de Hora de Espa- P ña las alambradas de los campos del Rosellón, el castillo de Cristóbal Hall. México: por nostalgia de la Europa de los museos dejada atrás, allá tomó la costumbre de fijar láminas o postales sobre la pared y de, a partir de ellas, pintar homenajes a los maestros de antaño. Luego, el Viejo Mundo: el Sena a Ramón Gaya su paso por París, una Roma con ruinas, Florencia, una Venecia que expresó como nadie, tanto con los pinceles como con la pluma. Siempre que pienso en la pintura de Gaya, antes que en nada pienso en Murcia, en sus huertos, en sus acequias reflejando sus cielos, en sus montañas azules al fondo, en su Catedral dorada, en sus pasos de Salzillo por la calle. Murcia y la Casa Palarea están hoy de luto. También lo están Roma, y Valencia, la ciudad natal de Cuca, y también de sus editores. Pero a Gaya, tan urbano, le bastaba mucho menos, es decir, casi nada, para poner en pie el milagro siempre renovado de su pintura. Una copa de agua, unas florecillas, un retrato de Rosales o de Galdós, un Hiroshige, una fuente en Aix, el propio rostro reflejado en la laca de un piano, fueron para él pretextos para cuadros esenciales, de extraordinaria pureza. Cuadros que se han sucedido, como quien dice, hasta antes de ayer. Con 85 años de producción y de pensamiento a sus espaldas, la que acaba de callar por siempre era una de nuestras voces más hondas. Un español solitario, exigente hasta la intrasigencia: con los demás, pero también consigo mismo. Uno de los grandes, en términos absolutos. O no sé qué decir. Yo, hoy, a cinco días de cuando recordábamos aquel 10 del 10 del 10 de su nacimiento, que parece echar a rodar en cuanto se piensa, sólo me acuerdo, además de Ramón y de Cuca, de lo que he pensado muchas veces: que por la palabra y la pintura de Ramón Gaya, como creo que se dijo de Rilke, quizá pueda ser perdonado nuestro tiempo. Porque ha sido tanta la devastación ética, estética y moral del siglo, y es tan ruidosa la euforia con la que nuestra cultura institucional celebra todavía esa debacle, que alguien, en nombre de todos, tenía que hacerlo. Alguien tenía que merecer, por todos, un perdón desde luego necesario. Pero no es sólo, como puede pensarse, que alguien tuviera que decir que no al voluntarismo del futuro que, además de causar la catástrofe artística, hizo del siglo una riera de sangre. Sino que Gaya dijo que sí, justamente un sí mayúsculo y obediente a la vida y a la memoria- -pobres, menesterosas, dependientes- Y un sí, por tanto, quizá inaccesible para la culturización amnésica y relativista que se ha hecho dominante. Eres más al ser menos decía Gaya en el verso, de modo que, eso sí, su inmensa afirmación exige de los artistas y de todos los hombres una implacable negación de sí mismos. No es la más pequeña significación de Gaya esta que digo: la renuncia a sí para hacer por todos, para dar a recordar a todos a qué llamamos pintura, o fe, o tradición, que el siglo ha abolido. En este día triste, yo no sé qué más decir. Sólo sé dar las gracias por ese sacrificio de lo propio, de lo suyo, que ha hecho Ramón Gaya, por ver que todos ganemos un perdón que nuestro tiempo no ha merecido.