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ABC DOMINGO 16 10 2005 Los domingos 57 autobuses y su escolta policial, que no parecían estar muy atentos, pues les adelantábamos y les dejábamos atrás sin que se dieran por enterados relata Buades. Hicieron de todo con tal de superar los puestos de los agentes, que se iban incrementando según se acercaba la zona en conflicto entre Marruecos y el Frente Polisario. Una vez me hice pasar por enferma, otra acabamos pasando porque en las bolsas de la comida pensaron que llevábamos velas para hacer kite surf... de todo Veían que las autoridades no sabían bien qué hacer. Las caravanas tan pronto iban en un sentido como en otro. Fue impresionante cuando a la entrada de Dajla, parados en un control, pudimos verlos de cerca por primera vez. Estábamos tan cerca que nos llamaban por las ventanillas. Sandra lloraba. Y el Gobierno marroquí desmentía lo que veíamos con nuestros propios ojos relata Buades. Durante todo el camino se turnaban al volante, mientras los otros respondían a las llamadas de los subsaharianos o los primeros medios de comunicación que se ponían en contacto con ellos, que eran los únicos que en ese momento tenían información directa de esta nueva gestión desastrosa del problema de la emigración clandestina. Desde que salimos de Tánger fueron 48 horas en el coche sin parar explican. Echan cuentas y el cuentakilómetros da miedo. Cuando el miércoles por la noche hacen balance para ABC en una habitación de hotel en Dajla, cerca de la frontera con Mauritania, llevan entre pecho y espalda más de 6.000 kilómetros. En cuatro días. Los abandonados se protegen en campamentos ESPERANZA EN ÁFRICA POR JOSÉ M ARENZANA La furgoneta de la salvación Las bolsas que prepararon las monjas nunca pudieron llegar a su destino porque nunca tuvieron acceso directo a los inmigrantes, celosamente custodiados por las Fuerzas de Seguridad en cuarteles de distintas ciudades. Pero esos miles de kilómetros y la valiosa información que salía de la furgoneta hacia el mundo entero sirvieron para saber cuáles eran las cartas de las autoridades marroquíes. Helena Maleno y los suyos- -ya sin Sandra- -siguen su camino desde Dajla en dirección a Esmara, a unos 800 kilómetros al norte, en la noche del pasado miércoles. El cansancio no puede con sus intenciones de saber qué ocurre con un grupo de subsaharianos que podrían haber sido abandonados más allá de esa ciudad saharaui en dirección a Argelia. La furgoneta nunca llegó a Esmara porque 70 kilómetros antes de El Aaiún un accidente puso fin al viaje. Helena y Francisco salen peor parados y, tras ser atendidos en El Aaiún, toman un vuelo hacia Las Palmas, aunque sin heridas graves. El jesuita, ileso, les acompaña. Y mientras se imprimen estas páginas, la dama delgada pero fuerte, el ángel de la guarda de los ilegales piensa ya en regresar a Tánger. Con un par. los inmigrantes, que, rescatados entonces, estaban siendo trasladados hacia la localidad de Buarfa. Pero de camino, sobre las cuatro de la mañana del domingo, se encuentran con un primer convoy de autobuses a la altura de Errachidía. Va en dirección suroeste, hacia Uarzazat. Así uno y otro. Es entonces cuando deciden seguir a uno de ellos, sospechando que las autoridades han puesto en marcha una nueva operación de desplazamiento de los subsaharianos. Parecía que el macabro hallazgo de cientos de ellos en los alrededores de El Auina Suatar y las imágenes difundidas en el mundo de todos ellos deambulando como muertos en vida por el desierto no habían servido de escarmiento para los ideólogos de semejante barbaridad. Los cuatro de la Kangoo deciden que la prioridad entonces no es peinar el desierto buscando supervivientes o cadáveres, sino averi- guar hacia adónde se dirigen los autocares y evitar más abandonos en masa. Aguantad como podáis. Estamos siguiendo a los otros para que no les vuelvan a hacer lo mismo repetían una y otra vez a los que suplicaban auxilio. Los peores presagios se confirman cuando en la mañana del domingo les empiezan a llegar llamadas desde un nuevo convoy que se ha puesto en macha desde Tánger. Estos no pertenecen a los abandonados hace días en el desierto, pero en los dos autobuses viajan mujeres, algunas embarazadas, y niños de corta edad. También todos ellos se dirigen hacia el sur. Con el paso de las horas, las intenciones de Marruecos comienzan a aclararse. El destino ahora es el Sahara Occidental, ocupado por Marruecos desde hace treinta años. La expedición de La Jefa se arriesga. Los controles se suceden y a duras penas pueden seguir a los Si hay algo que tal vez debiera erradicar la ayuda humanitaria en África es el reparto de esperanza embotellada. Quizá la utopía tenga alguna utilidad en países avanzados o con alguna oportunidad real de salir del túnel, pero no donde la vida recuerda a cada paso y con una crueldad fuera del tiempo que, como dijo el castizo, lo que no pué ser, no pué ser, y además es imposible Salvar vidas o aliviar trágicos dolores no es poco, pero quieren más. Incluso aquellas ONG que inspiraron siempre su ideario moral en un humanitarismo más realista y menos complaciente, como Médicos Sin Fronteras o Médicos del Mundo, no han logrado alejarse de la tentación de distribuir esa misma especie de optimismo reconcentrado que a través de los mass media inyectan muchos dirigentes políticos, encabezados, cómo no, por Kofi Annan con su mega aparato de dosificación de conciencia moral desde la ONU. Guiados por esa novedosa ética de la preocupación moral internacional y por las siempre respetables buenas intenciones, las ONG han asumido en la última década un papel titánico que va mucho más allá de la capacitación de sus miembros y de sus mismas estructuras: es decir, muy lejos de sus posibilidades. Cada proyecto, cada vida salvada, ha representado en estos años para los voluntariosos activistas humanitarios un escalón que, a su modo de ver, conduciría al final de todas las hecatombes. Y no es cierto. Sencillamente, no es cierto, pues por cada hilván que cose toda la ayuda humanitaria mundial, por cada pespunte legal o moral de la ONU que invitaba a la esperanza, por cada uno de los logros parciales (infinitesimales diría yo) a África se le desgarran viejas y nuevas cicatrices en forma de guerras, hambrunas, sida, racismo interno, conflictos religiosos, intereses corruptos y migraciones forzadas o forzosas que desangran al continente y derrumban todo el optimismo y la buena voluntad acumulados. Algo habrá que hacer, no obstante, y es entonces cuando muchos se sitúan de parte de la esperanza, un modo de ganar tiempo, de alimentar las utopías, de recobrar fuerzas (a veces también quienes se benefician de esa casi ciega ayuda humanitaria son los ejércitos de asesinos que perpetúan la tragedia) pero que a menudo conduce al suicidio estrepitoso. No pocos miles de africanos han muerto durante estos años alimentados por la falsa esperanza de que la ONU, el CICR, el ACNUR o las ONG habían desembarcado en el ojo del huracán de una emergencia humanitaria. L