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ABC DOMINGO 16 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL PROBLEMA DE ESPAÑA POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS La cuestión que se dilucida es más profunda y concierne a la disposición anímica y a la voluntad colectiva de mantener el impulso nacionalizador que es inclusivista frente al nacionalismo como manía o como pretexto para eludir el deber de invención y de grandes empresas como escribió Ortega... A búsqueda de hasta ocho sinónimos del concepto de nación para incrustar uno de ellos en el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, tratando de evitar así un conflicto con el artículo segundo de la Constitución, es uno de los episodios más frustrantes del devenir histórico de nuestra convivencia. En la práctica, la localización de una semántica tramposa para eludir la vigencia de los grandes principios en los que se asienta nuestro proyecto común- -y, por ello, nacional- -demuestra una grave falta de fe y de convicción en nuestras posibilidades de integración y en nuestra capacidad para, juntos, acometer grandes empresas. La nación, como escribió primero Renan y luego reformuló Ortega y Gasset, es, sobre todo un plebiscito diario que mira al futuro porque, según interpretó el filósofo madrileño, una nación no está nunca hecha Podrán aducirse cuantas singularidades históricas, culturales y territoriales se quiera para justificar la existencia de una nación, pero si falta el factor volitivo, el querer estar unidos, la construcción teórica se resiente de forma inevitable. Vuelvo a Ortega: la nación se entiende como un excelente programa para mañana porque al defender la nación defendemos nuestro mañana, no nuestro ayer Estas frases, tan lúcidas, están recogidas en el libro más insigne de Ortega, La rebelión de las masas publicado ahora hace setenta y cinco años. Cobra el gran pensador español del siglo XX una vigencia rigurosa en nuestro momento histórico justo cuando se cumplen- -el próximo martes- -los cincuenta años de su fallecimiento. Su obra y su pensamiento, como ha apuntado Francisco José Martín, nace en un contexto histórico intelectual bien preciso: el del problema de España Transcurridas tantas décadas, volvemos a situarnos en el epicentro del mismo o muy parecido problema de España L bien articuladas; probablemente porque, con cierto grado de iluminación, han descubierto no se sabe qué legitimidades preteridas en el pacto constitucional de 1978 y, con toda seguridad, porque desprecian las enseñanzas del pasado. Dice Ortega que el pasado si se le echa, vuelve, vuelve irremediablemente. Por eso su auténtica separación es no echarlo. Contar con él. Comportarse en vista de él para sortearlo, para evitarlo. En suma, vivir a la altura de los tiempos con hiperestésica conciencia de la coyuntura histórica Las advertencias de Ortega, pese a sus muchos críticos y detractores, se han convertido de nuevo en auténticas reflexiones para la contemporaneidad española. El pensador español- -para algunos sólo un gran escritor para otros un pésimo político y extraordinario inventor de metáforas- -es el más actual de los de su generación porque diseccionó filosóficamente, sin oportunismos, la naturaleza inhóspita de nuestra habitual forma de convivir, frecuentemente reñida y habitualmente yerma de las referencias intelectuales. Y aquí, en la ausencia de intérpretes de lo que nos sucede, puede estar otra de las graves causas de los males que nos aquejan. Tenemos políticos mediocres e intelectuales sectarios, de vuelo bajo, adjuntos a las pedanías del poder, alineados en editoriales y medios con estrategias que nada tienen que ver con la independencia propia del que discurre desde la competencia académica y empírica. No se dan esos intelectuales que se oponen y seducen -de nuevo, Ortega- ni elites que carguen con la responsabilidad del conocimiento y la conservación de las ideas y valores más importantes según términos del ya citado- -igualmente lúcido- -George Steiner. La política- -en su sentido menos elevado- -ha invadido el debate y ha reducido las grandes cuestiones que afectan a la arquitectura constitucional a meras piezas de un ajedrez de tactismos y ensoñaciones irresponsables. No se trata, en consecuencia, de encontrar fórmulas transaccionales en un texto jurídico; ni de probar con historia, lengua o cultura la existencia o no de una entidad nacional. La cuestión que se dilucida es más profunda y concierne a la disposición anímica y a la voluntad colectiva de mantener el impulso nacionalizador que es inclusivista frente al nacionalismo como manía o como pretexto que se ofrece para eludir el deber de invención y de grandes empresas todo ello, siguiendo a un Ortega que en La rebelión de las masas y en España invertebrada proporciona una auténtica cantera de argumentos para ir enhebrando teorías persuasivas para un debate que supere el bajo vuelo del que se plantea ahora en España. Es el momento, parece, de convocar a los intelectuales que quieran serlo de verdad a la plazuela pública que son los periódicos- -de nuevo, Ortega dixit- -para rehabilitar el debate del ínfimo nivel que registra éste. Hay intelectuales en España, algunos, pocos, que, sin embargo, entienden su función de manera endogámica creyendo que su concurrencia en los diarios trivializa su misión. Nada menos cierto. Ortega fue, no sólo un filósofo, sino, además y de manera eximia, un periodista. Ignacio Blanco Alonso, autor de un definitivo libro El periodismo de Ortega y Gasset recorre al filósofo que fue editorialista, articulista, viajero, autor de obituarios y, a la postre, un escritor cuyas obras más singulares se fraguaron en las páginas de los periódicos al hilo de lo que sucedía. Porque, y no han de doler prendas, ¿son los medios de comunicación ajenos a esta borrasca sectaria que amenaza con banalizar esta innecesaria revisión de los fundamentos del pacto constitucional? No lo son porque, inmersos como estamos en un régimen de opinión pública, los periódicos de manera primordial, se convierten en un circuito privilegiado para un recorrido fluido y amplio de las ideas y reflexiones más cualificadas que vayan empapando de raciocinio, sentido común e histórico el reiterado problema de España que reaparece cuando Ortega y Gasset se perfila en el horizonte de su doble aniversario- -de su obra más celebrada y de su fallecimiento- -con renovada e insistente actualidad. Que el autor de España invertebrada vuelva a ser una referencia inevitable en la discusión que nos traemos tiene, además de los méritos del filósofo sagaz, un regusto de anacronismo verdaderamente decepcionante. Como lo es- -decepcionante- -la irresponsabilidad, el desprecio histórico y la ignorancia de los que, desde el Gobierno y desde los intereses particularistas, han desatado de nuevo el problema de España como escribió Ortega. Le ocurre a nuestro país como George Steiner piensa le sucede a la propia Europa: que tiene un sentimiento crepuscular y de trágico final permanente, que, acaso, no se cree su propia entidad, su misma existencia y, por ello, entra en crisis de manera cíclica. Estamos ahora en uno de esos momentos en los que la doble proyección nacional- -la interna y la externa- -entra en quiebra. Desde dentro, porque se han distendido los esfuerzos constantes de cohesión que son los que hacen fuertes a las naciones y eficaces a los Estados; desde fuera, porque España vuelve a no saber dónde y cómo estar en la escena internacional. En realidad, lo segundo es consecuencia del primero de los males. ¿Por qué resurge con toda su virulencia el problema de España que tanto conmovió a los intelectuales de la generación del 98? Porque los nuevos gobernantes han orillado el derecho a la continuidad de que son titulares todas las sociedades