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20 Nacional SÁBADO 15 10 2005 ABC RAIMUNDA DE PEÑAFORT Titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 1 de Madrid La ley de violencia de género mira a las víctimas a los ojos Ha cambiado el terrorismo de las pistolas de la Audiencia Nacional por el que se fabrica entre cuatro paredes. Sostiene esta juez que el contacto con las mujeres maltratadas la emborracha de dolor Ahora lo ha plasmado en un libro que supura amargura y esperanza a partes iguales TEXTO: CRUZ MORCILLO FOTO: SIGEFREDO MADRID. Nadie me alertó del dolor que en muchas ocasiones encierra el silencio de los jueces. Lo admití resignada aunque siempre intuí que podía enmascarar una cómoda actitud pasiva Con esas palabras arranca Raimunda de Peñafort, homenaje andante a los abogados y a la Justicia, su libro Una juez frente al maltrato (Destino) Son doce historias de palizas, vejaciones y cercanía a la muerte. Y mucho más: un manual jurídico para guiar a las víctimas en el laberinto. ¿Qué mensaje quiere transmitir a las mujeres maltratadas? -Uno muy claro: el maltrato tiene salida pero el mayor esfuerzo es de la propia mujer; los demás sólo podemos ayudar. Esta violencia es una noche oscura que tiene un amanecer. -Su libro relata historias reales, pero también alecciona de forma didáctica sobre todo el proceso judicial. ¿Es un manual de autoayuda? -Algo de eso tiene. Yo quería darle un contenido jurídico y transmitir al tiempo a las mujeres que se las comprende y se las cree, que no están solas; los jueces todavía no sabemos muy bien cómo lo vamos a hacer, pero nos tienen de su parte. -En las doce historias y en el resto del libro aparece una juez muy cercana, tanto que a veces no parece juez... -Como explico al principio, este libro nace como una carta dirigida a una mujer que necesitaba respuestas. Era una víctima, en un centro de maltratadas, que se dirigió a treinta compañeros para preguntarnos si nos creíamos dioses y cuál era la justicia que administrábamos. A todos nos tocó las entrañas. Más tarde pensé que podía servir a otras mujeres en la misma situación e incluso a cualquier víctima; que podía aprovechar esas páginas para hacer un poco más cercanos los procesos judiciales. La Justicia no puede ser robotizada. A mí no me compensa ser juez para hacer estadísticas y ver papeles; estoy para resolver conflictos y sobre todo esos que tocan al reducto más sagrado de la intimidad. ¿De dónde surge este compromiso con las víctimas, en general, y con las mujeres en particular? -Si miro hacia atrás veo que no hay una fuente única. Ha sido un recorrido más genérico. Recuerdo, por ejemplo, cuando era juez en Sagunto y me ve- La juez Raimunda de Peñafort ha publicado un libro sobre el maltrato nían mujeres a las que sus maridos pegaban porque la cena estaba fría o porque no estaban en su casa a una hora determinada. Les ponía una multa y la víctima me decía ahora yo me tengo que ir a dormir con él y usted se queda aquí o debo pagar de mi propio dinero porque me peguen El olvido de las víctimas en el derecho penal siempre me llamó la atención, pero en estos casos suponía mandar a quien denunciaba al escenario del crimen, sabiendo que se iba a repetir la historia y sin poder ayudarla. Puede haber denuncias falsas en el intento de criminalizar una separación por ejemplo, pero son irrelevantes La Justicia no puede ser robotizada. A mí no me compensa ser juez para hacer estadísticas -Abandona la Audiencia Nacional para hacerse cargo de uno de los nuevos Juzgados de Violencia sobre la Mujer. Le van los retos... -Uno conoce un caso de malos tratos y ya se cree que lo sabe todo. Pero yo desconocía esta realidad y, sinceramente, la ley contra la violencia de género yo no la veía hasta que he ido empapándome de este mundo. Cuando se crearon los Juzgados ya estaba muy metida en el tema, pero no acababa de decidirme. Al final me dije que si dejaba pasar la oportunidad me lo iba a reprochar siempre. ¿El reto? Claro que sí. Era muy atractivo. Yo, además, me creo los malos tratos, sé que están generalizados y que todavía queda mucho por hacer. ¿Cree que la ley es la panacea que acabará con esta violencia? -Es quizá la más humana de todas. La ley de violencia de género mira a las víctimas a la cara y, por otra parte, ha habido una voluntad política y un consenso para poner coto al problema. Volviendo a mi cambio de destino, no puedo ocultar que la Audiencia Nacional me apasionaba, cómo nó me va a gustar si soy penalista por vocación. Esto es otra cosa. Aprendo cada día. ¿Qué balance hace a los tres meses de estos Juzgados especializados? -Están en boca de todo el mundo. Algunos han creído que iban a ser como globos que se iban a colapsar, a estallar y desaparecer, pero no va a ser así. Dicho esto, recalco que son insuficientes, pese a que el número de denuncias y casos es similar al del año pasado. Sólo en Madrid tuvimos 15.000 denuncias en 2004. Yo creo, también, que se está produciendo un cierto efecto llamada a la hora de que salgan a la luz casos. Bienvenido sea. ¿Qué es lo que más le llama la atención en su nueva tarea? -Me impacta mucho lo lejos que estamos de los malos tratos psicológicos, que alguna víctima quede desprotegida porque no se pueda probar. Eso me preocupa mucho. Está comprobado que a algunas mujeres sólo las deja salir su maltratador cuando ya no tienen marcas físicas. Puede parecer increíble, pero es así. En el plano positivo, me admira la generosidad de las víctimas que no buscan el castigo de su verdugo, sólo que las dejen de pegar. -El discurso de las posibles denuncias falsas, ¿qué le parece? -Pues que puede haberlas, pero son irrelevantes. Yo no me he encontrado más de dos o tres casos, sí alguno en el que la mujer ha intentado criminalizar una separación, por ejemplo. Ahora, a mí no me cuelan ni eso ni una frivolidad con este asunto. Una cosa es el maltrato y otra los prejuicios machistas o los conflictos matrimoniales. -Volviendo al libro queda claro que ha querido usted remover las conciencias, pero ¿qué historia la ha sacudido de una forma especial? -No tengo dudas. Es Andrea; y su madre un ejemplo de coraje. Raimunda de Peñafort dedica su libro a esta niña de siete años y a su madre. Una mujer y una hija que tuvieron que acatar el régimen de visitas impuesto por un juez. Y esa decisión le costó la vida a la pequeña. Su padre, maltratador, acabó con ella.