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ABC SÁBADO 15 10 2005 Opinión 5 MEDITACIONES LA TARARA ESPUÉS de que la vicepresidenta y el ministro de Exteriores dijesen que no, el ministro de Justicia dice que sí, que naturalmente. ¿En qué quedamos? Es probable que si al resto de los miembros del gabinete les preguntasen sobre si Zapatero pidió a Su Majestad el Rey su mediación en la crisis de la valla de Melilla se obtuvieran una decena de contestaciones distintas. La coordinación declarativa del Ejecutivo socialista propende al desbarajuste, de tal manera que la opinión pública asiste atónita al canto de la Tarara Ya saben, sí o no dependiendo de quien cante. Lo peor de todo es que da la impresión de que cada ministro dice lo primero que se le ocurre, lo que hiere de muerte a la fiabilidad del mensaje que se intenta transmitir. ¿A quién hay que hacer caso? Y a todo esto: ¿Qué dice el presidente? MARCO AURELIO D LEER Y PENSAR ADOCTRINAMIENTO DE MENORES LOS JARDINES DE MICHEL BARIDON Abada editores Madrid, 2005 641 páginas 40 euros Más allá del jardín Decía Simmel que la experiencia de la Modernidad hace posible que cada fragmento exhiba las entrañas ocultas de la totalidad. Y es cierto, aunque habría que apostillar que también en otras épocas, tal y como pone de manifiesto Michel Baridon de la mano de esta monumental obra localizada en el estudio de los jardines como exudación estética de los flujos interiores de la política y la cultura. No en balde, el jardín es un topos proyectivo: un solar desapegado e integrado- -al mismo tiempo- -en la realidad con el fin de remodelar ésta mediante el ornato y la seducción de los sentidos. El jardinero convertido en filósofo- rey que diseña un espacio significante articulado en torno a formas, colores, olores, volúmenes y sonidos puestos al servicio de quienes se ven atrapados por los anillos de una temporalidad sacada de contexto y suspendida sobre un abismo de belleza. Misterio, luminosidad, caos, ocultación, racionalidad u orden son algunos de los conceptos que tratan de envolver interpretativamente un escenario abierto a la sugerencia mientras los pasos del caminante que se asoma a él rasgan el silencio de la penumbra del tiempo. JOSÉ MARÍA LASSALLE A polvareda levantada por el Estatuto de las Ocho Fórmulas amenaza con oscurecer el debate sobre otros proyectos legislativos abracadabrantes. Me he tomado la molestia de leer en su integridad el Proyecto de Ley Orgánica de Educación, un texto que, bajo su formulación farragosa y observante de la corrección política, pisotea el derecho de los padres a elegir el modelo educativo que desean para sus hijos, según les reconoce la Constitución, a la vez que atribuye innumerables competencias a los poderes públicos, que así se convierten en una suerte de instancia suprema de la que emanan todos los derechos. He aquí el meollo de perversidad que caracteriza este proyecto de ley: lejos de erigirse en centinela o garante de los derechos que asisten a las personas por el mero hecho de serlo, el Estado se arroga la misión de crear derechos, modelándolos a su antojo y convirtiéndolos JUAN MANUEL en un instrumento de la acción polítiDE PRADA ca. El derecho a la educación deja de ser un corolario natural de la consideración de la persona como piedra angular del edificio jurídico, para convertirse en un servicio público emanado graciosamente de los poderes públicos. Este intervencionismo feroz, enmascarado de artimañas paternalistas, satisface dos propósitos convergentes: privar a los padres de su libertad de elección, reduciéndolos a la categoría de entes mostrencos; y convertir a nuestros hijos (e hijas, apostillaría el bodrio que comentamos) en dóciles destinatarios de una catequesis ideológica. En este vasto ejercicio confiscatorio (en el que el Estado ya no es un mero depositario de la voluntad paterna, sino su notorio usurpador) son innumerables las muestras de afán adoctrinante; ninguna tan burda, sin embargo, como la introducción de una disparatada asignatura llamada Educación para la Ciudadanía, difuso formato cuyo contenido se nos escamotea: Prestará especial aten- L ción a la igualdad entre hombres y mujeres se especifica en un par de ocasiones (arts. 18.3 y 24.3) que es tanto como no decir nada, pues dicha especificación se incluye obsesivamente a lo largo del bodrio que comentamos, unas cuarenta o cincuenta veces, hasta el extremo delirante de obligar a los centros privados concertados a incluir en su consejo escolar a una persona que impulse medidas educativas que fomenten la consabida igualdad. Cuando lo que debiera ser un obvio principio inspirador de toda educación humanista se convierte en muletilla machacona y estribillo contumaz es porque el Nuevo Régimen encubre alguna intención inconfesable. Sospecho que detrás de tanta milonga igualitaria se esconde su empeño de retirar el concierto a los colegios no mixtos, lo cual constituiría un atropello descarado- -otro más- -de la libertad de elección que asiste a los padres. Pero tratábamos de dirimir la naturaleza de esa críptica asignatura en la que nuestros hijos (e hijas) aprenderán los Principios Generales del Movimiento, salvo que tengamos redaños para plantarnos. A falta de descripciones más precisas, debemos deducir que el contenido de dicha asignatura se desprende de los fines y objetivos que esta ley adopta como propios. Así, por ejemplo, leemos (art. 2.1) que el sistema educativo español se orientará a la preparación para el ejercicio de la ciudadanía con capacidad de adaptación a las situaciones cambiantes de la sociedad ¿se estarán refiriendo a los experimentos de ingeniería social promovidos por el Nuevo Régimen? Y, entre los objetivos educativos, figura (art. 23) el de conocer y aceptar el funcionamiento del propio cuerpo y el de los otros, respetando las diferencias convendrán las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan que ese funcionamiento del cuerpo no suena precisamente a las tradicionales lecciones de anatomía. ¿Van entendiendo a qué se refieren cuando dicen Educación para la Ciudadanía