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ABC SÁBADO 15 10 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC FUNDAMENTALISMOS OCCIDENTALES POR ANTONIO GARRIGUES WALKER JURISTA Preparémonos, durante algún tiempo, a sufrir, con paciencia y con mucho cuidado, el nacimiento o el exacerbamiento de fundamentalismos en todas sus formas y variantes. Es algo natural e inevitable en estas épocas históricas... IVIMOS una época fascinante. Se nos están acumulando, o por decir mejor, agolpando retos intelectuales, científicos y políticos de una gran calidad y complejidad. Son retos difíciles, retos que requieren mentes vivas, mentes audaces, mentes positivas, mentes serias. No es tiempo- -por más que abunde- -para la cobardía y la vulgaridad. No es tiempo para inmovilistas ni para personas que sufran el complejo del Titanic, ni tampoco, desde luego, para irresponsables. Se trata de asumir y racionalizar cambios profundos que van a provocar la pérdida de muchos referentes y asideros mentales clásicos y el nacimiento de otros de signo distinto y aun contrario. Esos cambios girarán en torno a muchos principios y valores que parecían inmutables y que ahora están en cuestión. Algunos ejemplos: la debilitación progresiva e irreversible de la nación- estado; el desplazamiento- -también irreversible- -del eje económico desde el Atlántico al área del Pacífico (Asia USA) la triste decadencia europea; el predominio profundo de la cultura científica y tecnológica sobre la humanista; el potencial teórico- -que acabará siendo práctico- -de las investigaciones genéticas, incluida la clonación de seres humanos y saltos espectaculares en cuanto a longevidad; la dramática capacidad de acción del terrorismo de origen islámico; el nuevo papel de la mujer y el cambio general en las relaciones de convivencia; la emigración masiva; y, finalmente, y en su conjunto, una globalización galopante y avasalladora, huérfana de instituciones globales que la ordenen mínimamente y la civilicen. Demos por seguro- -debería ser obligatorio ser optimistas- -que todos los cambios que se produzcan acabarán siendo positivos y benéficos para la Humanidad, pero preparémonos, durante algún tiempo, a sufrir, con paciencia y con mucho cuidado, el nacimiento o el exacerbamiento de fundamentalismos en todas sus formas y variantes. Es algo natural e inevitable en estas épocas históricas. Vamos a volver a vivir, aunque a veces parezca otra cosa, el viejo y maravilloso debate entre relativistas y fundamentalistas, es decir, entre aquellas personas que piensan que se puede y se debe vivir aceptando que el conocimiento humano es incapaz de alcanzar verdades absolutas y universalmente válidas y aquellas otras que afirman lo contrario y defienden, por ello, una interpretación radical y una aplicación dogmática de las ideas arraigadas en la tradición. V cia de George W. Bush deriva, después del 11 S, hacia formas más concretas y más radicales. La invasión de Irak fue, en concreto, uno de los efectos de esa radicalización que se ha ido generalizando con rapidez, a otros muchos campos. Se ha generado así un auténtico fundamentalismo político dirigido por los llamados neocons (nuevos conservadores) que son, sin duda, los dueños actuales de la escena pública y cuya influencia es decisiva en todas las áreas de gobierno. Aplicando una óptica europea- -una óptica muy crítica con la que se puede no estar de acuerdo- las manifestaciones más concretas serían las siguientes: se han reforzado las tendencias al unilateralismo; se ha hecho visible un cierto americanismo orgulloso e incluso soberbio, resistente a cualquier crítica; la seguridad nacional se ha convertido en un valor absoluto e intocable por encima de cualquier otro interés, incluyendo el económico; se ha reafirmado, en este sentido, el desinterés por las instituciones globales a las que no quieren acceder (pacto de Kioto, Tribunal Penal Internacional, Convenio contra la tortura) y se ha nombrado, como representantes americanos en algunas instituciones internacionales, precisamente a las personas que más las habían descalificado (P. Wolfowitz, Banco Mundial, y J. Bolton, ONU) se ha debilitado la sensibilidad para reaccionar en materia de protección de derechos humanos (Guantánamo, torturas carcelarias) se ha polarizado, como nunca antes en su historia, la vida social americana y con ello se han reducido sustancialmente las acciones y actuaciones bipartidistas. Este fundamentalismo político tiene, sin duda, algunos aspectos inquietantes y esos aspectos se refuerzan cuando se descubre el decisivo papel de los movimientos cristianos en la evolución del fenómeno. Ya nadie tiene la más ligera duda sobre la continua influencia de estos movimientos en la acción política en general (incluyendo nombramientos públicos clave) y en concreto en muchas decisiones de la Casa Blanca. Al valorar este tema hay que tener en cuenta que los americanos, además de ser más conservadores y más patriotas que los europeos, son también más, mucho más religiosos. Baste uno de los datos publicados: el 60 por ciento de los americanos afirman que la religión es un hecho relevan- te en su vida, mientras que en Europa el promedio no llega al 20 por ciento y en varios países no supera el 10 por ciento. Lo religioso impregna- -aunque, según algunos autores, lo haga de forma superficial- -la vida privada y la vida pública americana. Temas como el aborto, la eutanasia (caso Schiavo) el matrimonio homosexual, la utilización de embriones y de células madres, la clonación e incluso- ¡todavía! -la pena de muerte están provocando fracturas sociales profundísimas con derivaciones y consecuencias concretas en muchas áreas. Dos ejemplos muy simbólicos: Peter Watson, en su reciente libro Ideas: desde el fuego hasta Freud, afirma, por ejemplo, que el liderazgo científico americano puede llegar a reducirse sustancialmente como consecuencia del impacto de las olas del fundamentalismo y ofrece datos espectaculares sobre reducción del número de patentes, de publicaciones y citaciones, y, asimismo, sobre la superioridad apabullante de Corea del Sur, Inglaterra e Italia en investigaciones genéticas clave para el progreso de la Humanidad, tema este que está revolucionando al estamento científico americano. Se alude incluso, en este libro, a una organización americana, la U. S. Fish and Wildlife Service en la que varios descubrimientos científicos fueron retirados o alterados por consideraciones puramente políticas. Un ejemplo más: se ha vuelto a abrir- -aunque desde aquí parezca increíble- -el debate sobre creacionismo y evolucionismo, ahora con argumentos más científicos. Para superar las dificultades insuperables de una interpretación literal de la Biblia sobre el origen de la vida (Dios creó físicamente el mundo y al hombre en siete días, tesis en la que por cierto creen más de 50 millones de americanos) la propuesta actual de los evangelistas es la de aceptar un cierto proceso evolutivo, pero sustituyendo el principio de selección natural darwiniano por el intelligent design (diseño inteligente) de ese proceso por parte del Dios creador, con lo cual se recupera en alguna forma el pensamiento de Teillard de Chardin, Huxley y Bergson, que en su día generó reservas de las autoridades eclesiásticas. No es éste, en todo caso, un tema teórico. En muchas escuelas y en algunas universidades se estudiarán desde este curso las dos opciones sobre el origen de la Humanidad. Hasta aquí el resumen- -el lector, con toda razón, lo calificará de incompleto, superficial y apresurado- -de la situación actual en los EE. UU. del debate entre relativistas y fundamentalistas, que afecta seriamente a las relaciones Iglesia- Estado e Iglesia- Ciencia. Por el momento, los fundamentalistas han tenido todas las de ganar. Exceptuando al estamento intelectual y al científico, que en su gran mayoría están profundamente preocupados e incluso alarmados por la actual situación, el nivel de oposición a esta tendencia por parte del Partido Demócrata y de los sectores más sensibles de la sociedad civil ha sido prácticamente nulo. Las cosas van a ir cambiando porque la Administración Bush empieza a perder apoyos como consecuencia de la situación de la guerra de Irak, la mala gestión del huracán Katrina y los graves problemas que van a generar sus crecientes déficit económicos. Será interesante observar cómo se equilibran las fuerzas y qué impacto tiene ello en este debate, un debate que también está presente en Europa. De este tema se ocupa un próximo artículo, en el que se analizará también cómo afecta todo ello a la relación atlántica y sobre todo a la capacidad para afrontar el fundamentalismo más brutal y más peligroso: el islámico. Este debate ya está en marcha, con una intensidad sorprendente, en los EE. UU. y merece la pena dedicarle este primer análisis porque puede servir de referencia para el resto del mundo libre y en concreto para Europa, y, en cualquier caso, porque se trata del país más importante de la tierra, del país que lidera y que va a liderar por mucho tiempo el proceso de globalización, de un país con grandes capacidades y talentos, de un país con profundas convicciones éticas y con una excepcional sensibilidad autocrítica. El 11 S- -Europa todavía no lo ha entendido del todo- -cambia de forma sustancial el alma americana. Ese atentado hirió hasta lo más íntimo y profundo la dignidad y el orgullo de ese gran país. Alteró seriamente, asimismo, su visión del mundo e incrementó al máximo unas sensaciones de inseguridad y de riesgo que aún perviven y se manifiestan, como ha sucedido con motivo de las últimas noticias sobre nuevos posibles atentados (metro de Nueva York) Como consecuencia de ello, el ya intenso conservadurismo de la primera presiden-