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72 VIERNES 14 10 2005 ABC FIRMAS EN ABC ÍÑIGO SÁENZ DE MIERA SOCIÓLOGO. UNIVERSIDAD FRANCISCO DE VITORIA ¿QUÉ ES UNA NACIÓN? Será fundamental saber si creen que la nación existe y si experimentan un sentido de pertenencia a ella... por medio de políticas educativas, culturales, sociales y económicas. Como ejemplo puede ser muy clarificador el hecho de que en el país vasco francés no haya nación ni objetivamente ni en la mente de sus habitantes, en contra de lo que sucede en la parte española. ¿Por qué? Si damos por buena la definición de Smith, y creo que salvo diferencias de matiz no es difícil hacerlo, Cataluña es una nación. Lo es, nos guste o no, y es así gracias al empeño que los nacionalistas han puesto en la labor de construirla, muchas veces con la indiferencia e incluso el apoyo consciente o inconsciente de los gobiernos de España. Decir hoy que Cataluña es una nación es tabú, es una especie de pecado mortal fuera de los círculos del propio nacionalismo. Y esto es así es porque, sin darnos cuenta, nos hemos dejado ganar la batalla del lenguaje y, de alguna forma, nos hemos convertido nosotros mismos en nacionalistas. Me explico. Todas las naciones, con mayor o menor fundamento histórico, son creaciones humanas. Han sido creadas, consciente o inconscientemente, en algún momento de la historia. España, Cataluña, Francia, Italia, los Estados Unidos, Polonia, Finlandia... Todas son artificiales, circunstanciales, igual que existen podrían no haber existido como las conocemos. Lo son tanto en los elementos objetivos que enumerábamos antes como en los objetivos. Pero ese no es el problema. El problema es el princi- E N un momento en que todo el mundo anda discutiendo sobre si Cataluña es o no una nación, o mejor dicho, si es lícito y ético que su nuevo estatuto la proclame como tal, aún no he tenido ocasión de presenciar un debate previo indispensable para que la discusión tenga algún sentido. ¿Qué es una nación? Sólo si nos ponemos de acuerdo sobre lo que es una nación podremos dar el paso y discutir sobre si Cataluña lo es. Todo lo demás es poco útil, creo. La universidad de Oxford dedica uno de sus famosos Readers al Nacionalismo, y las primeras 40 páginas tratan sobre la cuestión de la definición Ahí se exponen las definiciones de Renan, Stalin, Weber, Giddens... Como para hacer un par de buenas tesis. El estudio de este fenómenos ha ido avanzando, y los expertos se inclinan cada vez más por utilizar una definición realista, que contenga el menor porcentaje posible de ideología y que explique con claridad qué son las realidades que hoy llamamos naciones. Anthony Smith, en su libro La Identidad Nacional se atreve a dar una definición que agrupe al resto, un intento de ponerse de acuerdo para poder trabajar y estudiar el fenómeno de la identidad nacio- nal y el nacionalismo de nuestros días. Smith define nación como un grupo humano, designado por un gentilicio, que comparte un territorio histórico, que tiene unos recuerdo históricos- -que no Historia- -comunes, unos mitos colectivos, que establece derechos y deberes iguales para sus miembros, que comparte una cultura de masas común y que, sobre todo, comparte un sentido de pertenencia a esa nación, una identidad nacional. Nótese que hay dos tipos de elementos en esta definición: objetivos, que se pueden mirar y estudiar desde fuera, y subjetivos, que están sólo en la mente de las personas que forman la supuesta nación. Para saber si un determinado grupo humano es o no una nación habrá que estudiar hasta qué punto comparten una cultura, un idioma, a lo mejor una religión, unas tradiciones... Pero sobre todo será fundamental saber si se sienten miembros de esa nación, si creen que la nación existe y si experimentan un sentido de pertenencia a ella. Los procesos por los cuales se llega a construir una nación son muy diversos y están muy bien estudiados, no son el objeto de este artículo. Baste decir lo obvio, que es el propio nacionalismo, desde el estado o desde el poder que le da el gobierno sobre un territorio, el que la crea la nación JORGE DE ARCO ESCRITOR VIAJAR EN GLOBO H AY pequeños deseos que nos acompañan durante toda la infancia, pequeñas ilusiones que ni tan siquiera los Reyes Magos alcanzan a dejarte al lado de los zapatos. Viajar en globo ha sido una de las que me ha mantenido en las nubes de la niñez hasta hace tan solo unos días. No sé si aquel anhelo vino motivado por el intrínseco afán que a cualquier edad tiene un hombre por volar o, si tal vez, fue el impacto que me causó la lectura de las cinco inolvidables semanas que el doctor Fergusson pasó sobrevolando África, de la mano de su creador, Julio Verne. Ochenta años antes de la primera edición de esta excitante aventura, y mientras los intelectuales franceses luchaban por derrocar la Monarquía absoluta, Joseph (1740- 1810) y Étienne (1749- 1799) Montgolfier lograban su aspiración más preciada: hacer volar el primer globo aerostático. En septiembre de 1783, en los mismísimos jardines de Versalles y ante la atenta mirada del rey Luis XVI y toda su corte, una oveja- -otros cuentan que un cordero- una gallina y un pato, sobrevivieron a la primera ascensión metidos en un cesto. Un par de meses después, los intrépidos Pilâtre de Dossier y Laurente d Arlandes, ascendieron hasta los 1.000 metros, durante un vuelo de veinticinco minutos en el que recorrieron casi diez kilómetros. Los hermanos Montgolfier escribían entonces una de las páginas más importantes dentro de la historia de la invención humana. Un propósito que aunaba el viejo principio de Arquímedes- -abuelo de la teoría de los aeróstatos- las investigaciones de Leonardo da Vinci y, sobre todo, el tratado sobre gases del químico británico Priestley. Tras comprobar como el aire caliente levantaba las bolsas de papel- -Papá Montgolfier se ganaba la vida fabricándolas- sus hijos consiguieron utilizar un gas aún más ligero, que podía mantener una aeronave elevada durante más tiempo. Tres siglos después, distante y distinto ya de aquel horno de leña que se utilizara en el primer vuelo, subí a la amplia barquilla que- -recubierta de mimbre- -sería testigo de la realización de mi sueño. Es difícil explicar la sensación que tan dulcemente te arranca del suelo, la tibieza con la que comienzas a ver el mundo a tus pies, el tacto que esconden las copas de los chopos y los olivos, la mano amiga que te ofrece el viento. No es necesario ponerse a la altura de Pilâtre y d Alender, trescientos o cuatrocientos metros son suficientes para deleitarse con las luces del amanecer, El sol es un globo de fuego escribió en sus Soledades Antonio Machado- gozar de las corrientes que impulsan- -e incluso pilotan- -este noble artilugio, dejarse ganar por la admiración de las gentes que te saludan desde abajo, -entre perplejos y celosos- o admirar los serenos paisajes que se nos ofrecen desde algunos rincones nunca antes explorados. A lo largo de la travesía, recordé las palabras de la escritora decimonónica Gwyneth Peate, que en su relato Heaven s edge refería su primer viaje en globo por su Gales natal: Desde allá arriba, quise abrazar las ramas de los árboles, las aguas y sus cauces, envolverme en las llanuras de los montes, en las desnudas riberas de los ríos. Quise tocar la luz de Dios, el borde del cielo Después de tomar tierra y brindar con champán por este bautismo de cielo supe que aquella vieja ilusión infantil no era tan solo una rareza de niño caprichoso, sino una deuda celestial que aguardaba a ser saldada alguna vez. pio nacionalista, según el cual toda nación debe tener su estado, según el cual las fronteras nacionales y las fronteras políticas deben coincidir. Es lo que estamos dando por supuesto, lo que inspira el título de este artículo. Yo niego la mayor, las naciones no tienen derecho a tener un estado. Si no se compra el principio nacionalista, que durante mucho tiempo no existió y perfectamente podría dejar de tener vigencia en el futuro, las cuestiones relacionadas con la nación nada tienen que ver con las relacionadas con el Estado. Es el nacionalismo el que preexiste a la nación, el que la crea, como está más que demostrado. Y si lo hace es porque le interesa, porque da por supuesto que una vez creada la nación, la llegada del Estado será lógica y nadie podrá discutirla. Pero hay un paso sobre el que tenemos derecho a pedir explicaciones, que no tenemos porqué dar por bueno sin más, tal como venimos haciendo hasta hoy. Sin entrar en el debate a veces imposible de si un grupo humano que se autoproclama nación tiene más o menos justificación histórica para hacerlo, propongo una discusión anterior, más sencilla y creo que más útil. De acuerdo. Son ustedes una nación, y acepto no entrar en la cuestión de cómo han llegado a serlo ¿Y qué? ¿En función de qué tienen ustedes derecho a reclamar un Estado? Yo no compro el principio nacionalista, no me digan que va de suyo que es así. No trago. Yo no creo que cada nación tenga derecho a tener su estado. Yo creo que los procesos relacionados con la identidad, nacional o de otro tipo, deben de ir separados de los procesos de que configuran los estados. Al menos estoy seguro de que no tienen porqué ir de la mano, y de que cuando lo hacen las consecuencias casi nunca son buenas. Los estados son entidades que los hombres hemos creado para organizar nuestra existencia, para ordenar la vida social. En nuestro caso, el Estado Español es legítimo se mire por donde se mire, se utilice la teoría de legitimidad que se utilice. Debería darnos igual que nos tocaran la nación, si no nos tocaran el estado. Cada cual tiene derecho a sentirse de donde quiera, o de ninguna parte. A lo que nadie tiene derecho es a romper la baraja y las reglas del juego, una baraja y unas reglas sobre las que nos ha costado siglos ponernos de acuerdo. La cuestión de si Cataluña es o no es una nación sólo es importante políticamente si somos nacionalistas, si compartimos la idea de que, de serlo, y por serlo, tiene derecho a reclamar competencias, autonomía... en el fondo, un estado o pseudoestado. Esto funciona porque todos sabemos a qué atenernos, y porque sabemos que todos nos tenemos que atener a las mismas reglas. Porque nos ponemos de acuerdo en defender unos derechos individuales que garantizan nuestra libertad, porque nos ocupamos de redistribuir la riqueza para garantizar una vida digna a todos. Los derechos de las personas emanan de la dignidad que les confiere el hecho de serlo. Si alguien quiere reclamar derechos para las naciones antes deberá explicar qué dignidad qué estatus ontológico tiene la nación que la haga sujeto de derechos. Yo no acabo de encontrar esa esencia Por favor, que alguien me la descubra, y luego ya discutimos del Estatuto.