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ABC VIERNES 14 10 2005 Espectáculos 67 Transporter 2 El chófer se pasa tres pueblos EE. UU. 87 m. Director: Louis Leterrier Intérpretes: Jason Statham, Amber Valletta, Alessandro Gassman JOSÉ MANUEL CUÉLLAR S ecuela. Así que ya saben lo que significa. Más de lo primero pero ampliado por dos, tres o lo que permita la realidad circundante, o incluso si no lo permite, como es el caso. Este chófer, ex de las Fuerzas Especiales (todos los héroes son de las Fuerzas Especiales, ya podían ser guardias normales o seguratas) que transporta cosas, sorprendía por sus habilidades en la primera entrega, pero en ese afán de dar más a sus admiradores se han pasado pueblos y ciudades enteras. Ya no sólo muele a los contrarios con facilidad pasmosa, sino que hasta esquiva balas cual Keanu con Ray Ban. Quitando la acción trepidante de los que han encontrado un filón y lo explotan al máximo, eso sí, con habilidad, la película no aporta nada a la primera ni a ninguna otra obra del género. En tal caso, el carisma, relativo, de Statham (nunca llegará a estar mejor que en Cerdos y diamantes gran película de culto) y rapidez y agilidad de la historia. En suma, que Leterrier no ha sido llamado a sacar oro de las piedras. Penélope Cruz y Charlize Theron, en una escena de Juegos de mujer Las chicas con las chicas JAVIER CORTIJO Juegos de mujer Una de amor y guerra EE. UU. 132 m. Director: John Duigan Intérpretes: Charlize Theron, Penélope Cruz, Stuart Townsend ANTONIO WEINRICHTER Batalla en el cielo Sopor en la Tierra México, 98 m. Director: Carlos Reygadas Intérpretes: Marcos Hernández, Anapola Mushkadiz, Berta Ruiz FEDERICO MARÍN BELLÓN a película empieza y termina con una felación. En medio, la nada. Es cierto que el listón estaba muy alto, que entre el aperitivo y el postre era difícil encontrar un plato apropiado, pero los bocados de realidad que propone Carlos Reygadas son insípidos como una angula sin cocinar. Ni el sexo más explícito tiene sabor en su menú, desprovisto de vida, incapaz de comunicar. La vocación transgresora del director se diluye en el mar de su incompetencia para narrar. La película incluye un secuestro, un niño muerto, una joven pija que se prostituye para pasar el rato, la penitencia de un hombre atormentado en la exagerada capital de México, pero todo está tan muerto que resulta imposible recordarlo, incluso cuando se está viendo, salvo la boca golosa de Anapola Mushkadiz, claro. L En pocos lugares como en Hollywood, tanto el viejo (verde) como el moderno, encuentra el jardín de Safo un abono tan nutritivo y pestilente. Cualquiera que contemple los devaneos y mohínes entre Pé y Charlize Theron que hoy se tienden en la cartelera como enaguas perfumadas, podrá colegir que poco han cambiado las cosas desde los tiempos de Marlene y Greta: procaces aleteos de nariz y colchoneta bisexual para atenuar el impacto crudo del lesbianismo marimacho. Como si fuera una estampa setentera de David Hamilton (quien también coqueteó con el tema en Bilitis faltaría más) o el roce voyeur (o directamente bollero, con perdón) entre Susan Sarandon y Catherine Deneuve en El ansia con el Lakme de fondo. Así que a nadie le extraña que estás prácticas amatorias de serie B como piensan algunos (quizá los mismos que, hasta 1973, mantuvieron el lesbianismo como enfermedad en los manuales de medicina estadounidenses) encontraran su vergel en el cine de simila- res y subterráneas categorías: sexplotations rijosos y feroces donde las heroínas imponían su lesbos power en prisiones, concentraciones moteras, cuarteles y... castillos vampíricos. Porque no hay que olvidar que, veinte años antes del Drácula de Stoker, Sheridan Le Fanu publicó Carmilla donde descubría que el colmillo femenino avanza más voraz que el masculino en el cuello de cisne de una incauta damisela. Fruto de esta veta serían perlas como La hija de Drácula allá por los dorados años 30 o The vampire lovers y otras andanzas similares con que la legendaria Hammer se iba apagando en los 70. Y así hasta ahora, donde el temita pudo reencauzarse merced al Oscar de Hilary Swank en Boys don t cry y la confesión homo de una Anne Heche que, desde que ha vuelto al armario, se la ve menos que un papagayo en Groenlandia. Al menos, siempre nos quedarán los iconos, desde la chica de gafas de Scooby- Doo a la psycolette y guerrera Xena. Porque ellas lo valen. E sta es una película de ambición novelesca: cubre un amplio período temporal que sirve para que los personajes tengan un arco que los revele y nos dé una sensación de tiempo vivido junto a ellos; además, sus historias se cruzan con la Historia con mayúscula. Hace mucho que el nervioso, efectista cine actual ha perdido capacidad o paciencia para contar buenas novelas en este sentido decimonónico, desde David Lean por lo menos, si bien el éxito de títulos como El paciente inglés señala la añoranza del público por el género. Esta película no la satisfará: los hitos históricos que pretende revivir- -nuestra guerra civil en la sierra de Teruel o el París ocupado por los nazis- -no pasan de estampitas ilustradas, visitas turísticas a la Historia que justifican la cara torva que ponen los actores enfrentados a su destino, etcétera. Tópicos como el grupo de jazz parisino (con Django, por supuesto) el oficial nazi (villano pero refinado, por supuesto) o la angelical chica de la Resistencia sólo son pinceladas de la postalita que sirve de fondo a la historia central. Y ésta es una historia a tres bandas de un paciente inglés enamorado de una loca heredera que es o ha sido bisexual con el personaje de Penélope Cruz (doblada queda mejor: la voz neutra y su belleza antigua a lo Romero de Torres componen un fugaz pero convincente retrato) Pero es Charlize Theron quien borda el único personaje atractivo de la función, una mujer provocativa y mordaz como un aforismo de Wilde cuyo hedonismo se ve aplastado por la bota de la Historia.