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6 Opinión VIERNES 14 10 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA JESÚS ZARZALEJOS NIETO PROFESOR DE DERECHO PROCESAL DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE EL APUNTADOR DE ZAPATERO E N los tiempos republicanos que, con tanta deslealtad constitucional como temeridad política, trata de reverdecer José Luis Rodríguez Zapatero, la figura del apuntador era inseparable de la representación teatral. Como no se había descubierto todavía la bicoca de los teatros nacionales, autonómicos y municipales toda la iniciativa era privada y los empresarios, que no querían perder un solo día de taquilla y se jugaban sus propias pesetas, estrenaban sin cesar. Muchas veces, sin los ensayos necesarios para que los actores, aunque fuera con alfileres, llegaran a prender en su memoria el texto entregado por el autor. Desde la concha o entre cajas los apuntadoM. MARTÍN res trataban de suplir, y FERRAND solían conseguirlo, la desmemoria de las grandes figuras. El anecdotario suscitado por el trabajo de los apuntadores es infinito y muchos grandes de las tablas han dicho ternera cuando escuchaban el susurro de la ternura Personalmente sospecho que Zapatero, que tiene trazas, dichos e ideas de galán antiguo, que sigue anclado en los rencores viejos y que se regocija con el progresismo de los manuales caducados, tiene fallos de apuntador. Nadie, sin mediar el error, puede llegar a decir en serio muchas de las cosas que dice el presidente del Gobierno, y prefiero pensar en la falta de destreza de quien le sugiere, para su recuerdo, el texto de sus discursos que en la total irresponsabilidad que, si no media excusa, debe atribuírseles a sus salidas de pata de banco, a mitad de camino entre un monólogo de Mario Moreno y una llamada telefónica de Miguel Gila. No hago comparaciones más actuales por respeto al anacronismo esencial de Zapatero y, sobre todo, porque en el repertorio de cómicos en presencia no hay ninguno que lleve el absurdo a tan alto grado de expresión. Zapatero, inacabable, tiene ocho fórmulas -ni siete ni nueve- -para que la nación catalana, sin dejar de serlo, quepa holgada y confortablemente en la Nación española sin forzar ni en una coma el texto de la Constitución. Podríamos decir en términos teatrales que el presidente se está metiendo en un jardín, o en un berenjenal, y le será difícil salir de él. ¿Qué le habrá dicho el apuntador para que él, primer actor con voluntad de pasar a los carteles de la Historia con letras grandes, recite con parsimonia que tiene una solución que complacerá a todos ¿Se engaña o nos engaña? Al actor le cabe la licencia de la simulación porque el teatro es un género pactado entre el actor y el espectador en el que la decepción, si se trata de comedias, produce risas, y si de dramas, lágrimas; pero, llevado el fenómeno a la política, no caben las falsedades ni los trucos. En este terreno la decepción engendra la decadencia de la nación, algo que, por cierto, ya dispara sus primeros síntomas y que, lejos de las grandes formulaciones, ya se nota en las cosas de comer, en la compra de cada día. JUECES COMO DIOSES El autor analiza el complicado efecto práctico de la sentencia del TC que establece que los tribunales españoles tienen jurisdicción universal para juzgar casos de genocidio ocurridos en el extranjero y sin conexión con los intereses del Estado. España ha alumbrado la justicia placebo, concluye HORA que ya no hay duda alguna de que los tribunales españoles tienen jurisdicción universal, la siguiente cuestión que hay que resolver es cuándo vamos a dejar de engañar a las víctimas que confían en la Audiencia Nacional para el castigo de los crímenes cometidos en las montañas del Tíbet, los lagos de Ruanda, los cuarteles argentinos o las comisarías chilenas. En su reciente y difundida sentencia sobre este principio tan controvertido, el Tribunal Constitucional no ha establecido una doctrina propia: se ha ajustado a la letra de la Ley Orgánica del Poder Judicial (artículo 23.4) que no prevé ninguna condición específica para el ejercicio de la competencia extraterritorial de nuestros tribunales en la persecución de los crímenes más odiosos, como el genocidio o el terrorismo. Este es el problema: que la grandilocuencia de la ley es la causa de su inviabilidad. A arreglan los fallos legales. El Supremo dijo lo que debería ser, pero no es. El Constitucional ha dicho lo que es, pero no debería ser, y, aun así, a esto hay que atenerse. Cuando el Tribunal Supremo dispuso en la sentencia del caso Guatemala que el reconocimiento de esta jurisdicción universal estuviera condicionado a la nacionalidad española de la víctima y a la existencia de alguna conexión con el interés del Estado español, realmente estaba actuando como legislador, imponiendo restricciones a un principio de competencia formulado en la ley sin limitación alguna. Pero no es de esta forma como se Pues bien, ya hemos pasado por encima del principio de territorialidad, compitiendo o supliendo a estados soberanos- -Argentina o Chile no son precisamente estados fallidos -en el juicio a sus propios ciudadanos por delitos cometidos en su propio territorio. Hemos renunciado a las exigencias de los principios de legalidad penal y seguridad jurídica, persiguiendo determinados hechos que o bien no estaban previstos como delitos en la legislación española cuando fueron cometidos en el extranjero, o bien no estaban incorporados a la competencia internacional de los tribunales penales españoles. Recuérdese, por ejemplo, que, aplicada a la legislación inglesa, ésta fue la base de la decisión de los lores al autorizar la extradición de Augusto Pinochet únicamente por asesinato y secuestro, no por terrorismo ni genocidio, como solicitaba el juez Baltasar Garzón. Ya tenemos una jurisdicción universal formulada con una perfección teórica inigualable, pero que puede ser tan perturbadora como la virtud del juez Virata, que narró Stefan Zweig en Los ojos del hermano eterno leyenda de un hombre tan absolutamente justo que su ejemplo inalcanzable fue causa de discordia entre los ciudadanos a los que sirvió. -Gracias a nuestra lengua común, cuatrocientos millones de personas nos preguntamos en el mismo idioma qué hace España por ayudar a Iberoamérica.