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ABC JUEVES 13 10 2005 25 El ministro de Interior sirio se suicida y añade incertidumbre a la investigación del asesinato de Hariri Hugo Chávez recuerda el atropello de los españoles en América en el Día de la Resistencia Indígena El referéndum preocupa a los iraquíes bastante menos que las dificultades cotidianas en un país sin apenas electricidad, ni trabajo, ni productos de primera necesidad La lucha por la vida es lo que cuenta A. SOTILLO AFP obstante, podrían venir si es muy escaso el número de votantes o si, pese a todo, los partidarios del no rozan sus objetivos en las provincias suníes. El Parlamento iraquí convocó ayer una reunión de urgencia para respaldar los cambios negociados, a los que no se puso la menor objeción tras el compromiso acordado por los líderes. Los terroristas, por su parte, prosiguen su guerra abierta contra el referéndum. Ayer, un suicida hizo estallar su cinturón de explosivos en un centro de reclutamiento de Tal Afar, donde murieron al menos 31 personas. Tal Afar es una localidad fronteriza con Siria, donde las fuerzas norteamericanas lanzaron una potente ofensiva para intentar cerrar el paso a la insurgencia. Tras la operación, sin embargo, Tal Afar vive durante estas jornadas al ritmo de atentado casi diario. BAGDAD. El referéndum constitucional del próximo sábado decidirá, en teoría, algunas cuestiones esenciales para el futuro del Estado iraquí. Pero, para muchos, esta consulta es menos importante que el drama cotidiano de la electricidad que sigue sin llegar, de las cuatrohoras necesarias para llenar de gasolina el depósito del coche o, por supuesto, de la creciente dificultad para cumplir la misión de acabar el día con vida. Estos factores también pueden contar en el resultado de la consulta. El debate político actual viene acompañado de apasionantes intrigas entre bambalinas, insólitos acuerdos y traiciones a medianoche. Pero todo eso importa bastante menos que la prosaica lucha por la vida, en la que los iraquíes se debaten entre seguir las recomendaciones de sus líderes o dar la espalda a una controversia que consideran que no va a cambiar sus vidas. Yo quizás vaya a votar- -nos relata Abu Alí, un suní de clase media- Me gustaría votar por el no porque esta Constitución podría romper el país. Pero, si escucho muchas bombas el día del referéndum, no salgo de casa La Carta Magna puede decidir el futuro del reparto del petróleo. Pero lo que preocupa de verdad a los iraquíes es su tragedia cotidiana. Por cada dos horas de electricidad hay cinco o seis de apagones, lo que fuerza a los vecinos de cada calle a compartir un generador comunal alimentado con bidones de gasolina. Esta fórmula procura un ten con ten a las clases medias, pero apenas es accesible a las multitudes de pobres y parados que no pueden permitirse el dispendio de gastar los 30 dólares mensuales por familia que viene a costar el mantenimiento del generador compartido. Encontrar un trabajo suele ser un problema, pero a menudo las contrariedades crecen cuando al fin se consigue el ansiado empleo, porque la insurgencia se ha propuesto impedir por todos los medios posibles cual- Soldados iraquíes recibían ayer en su base de Haditha al general Jasim quier asomo de reconstrucción. Y es realmente complicado encontrar en Irak un puesto de trabajo que no tenga que ver con la reparación de un país en escombros. Electricista, albañil o funcionario se han convertido en profesiones de alto riesgo. Empleado del Ministerio del Petróleo, traductor de inglés o periodista local son menesteres extremadamente peligrosos. Y policía, soldado o miembro de cualquier tipo de fuerzas del orden son, además de una forma de ganarse la vida, una lotería suicida. Con toda naturalidad, nos cuentan cómo a un empleado en la reparación del tendido eléctrico le habían recomendado que se gestionara un permiso de armas y se comprara una pistola... por si acaso. Claro que ni siquiera hay que tener empleo para opositar a perder la vi- AFP Hasta 5.000 iraquíes han sido secuestrados por bandas que exigen entre 1.000 y 3.000 dólares por su rescate da. Los iraquíes se cuentan unos a otros historias espeluznante, pero muy creíbles, de cómo este o aquel de sus conocidos murió en un atentado o en uno de esos tiroteos esporádicos a los que casi ni se les presta atención. Y por supuesto, no hay iraquí que no tenga su pequeña historia sobre un intento de robo, asalto o secuestro en un país en el que aún está por reconstruir la autoridad del Estado. Mucho se ha hablado del secuestro de occidentales, pero ésta es una lacra que sobre todo aflige a los propios iraquíes. Se calcula que, en el último año y medio, unos 5.000 iraquíes han sido secuestrados por bandas especializadas, que exigen un rescate de 1.000, 2.000 o 3.000 dólares, según les parezcan las posibilidades adquisitivas de la familia de la víctima. En esta tragedia cotidiana, la política ha dejado de interesar a los iraquíes. Apenas dejan pasar las horas enclaustrados en sus domicilios y, tras las mil vueltas que ha dado la política en estos últimos años, aunque saben que es mucho lo que se juegan, poco confían en que una consulta electoral más o menos vaya a resolverles sus problemas.