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12 Nacional DÍA DE LA FIESTA NACIONAL JUEVES 13 10 2005 ABC El Estatuto estuvo en todas las conversaciones. El homenaje a los caídos recordó la tragedia de Afganistán La soledad de Maragall y la bronca de Aguirre TEXTO: LAURA L. CARO MADRID. Esa hora y media sin parar de hablar. Esa hora y media de conversación que Pasqual Maragall y Esperanza Aguirre pasaron vueltos el uno hacia el otro sin darse apenas un minuto de tregua, como si el Paseo de la Castellana no fuera con ellos, fue lo más interesante que pudo intuirse ayer entre las tribunas de políticos sentados en primera línea del Desfile de la Fiesta Nacional. Ella, con gafas de sol negras y moviendo las manos en explicaciones interminables; él, a veces cabizbajo, ajenos los dos a sus vecinos de asiento- -la esposa del presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, a la derecha de Maragall, y Alberto Ruiz- Gallardón, alcalde de Madrid, a la izquierda de Aguirre- acapararon, no se sabe si involuntariamente, la atención de los medios, comentarios entre las autoridades y más de una foto para hoy. ¿Que si hablaban del Estatut Cómo no. Ya se encargaron fuentes de la Comunidad de Madrid de difundir eso y más, que doña Esperanza había dedicado a su homólogo catalán un rapapolvo en toda regla, por lo malo del texto que han presentado, pero sobre todo por el intervencionismo asfixiante de sus propuestas de financiación autonómica, que según Aguirre van a ponérselo muy difícil a la emprendedora sociedad de Cataluña que no se olvide que ella tiene la mitad de la familia en esas tierras... No levantaba cabeza ante tanto verbo don Pasqual, quien- -dicen- -llegó a reconocer que sí, que podían haber mejorado la redacción antes de elevarlo al Congreso. Para el caso, el sermón no le vino del todo mal al president que ayer era desde antes de su llegada uno de los hombres del día pero ni mucho menos el más solicitado. De hecho, Maragall hizo su aparición en la tribuna de los líderes autonómicos con tiempo, a las diez y cinco de la mañana, entre los disparos lejanos de los fotógrafos, que pudieron retratarlo enseguida sentado en su sitio y a solas: sí recibió los saludos protocolarios de sus colegas, pero no tuvo cabida en las conversaciones, como la de los presidentes de los gobiernos balear y aragonés, Jaume Matas y Marcelino Iglesias, que siguieron a lo suyo, dándole la espalda. Pero para imagen esperada, el encuentro con el jefe del Ejecutivo autonómico extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Llegó de los últimos, y estrechó la mano casi uno a uno de sus homólogos, que se iban poniendo de pie para saludarlo, pero no Maragall, que permaneció sentado y con poco ánimo de dar cuartelillo a quien el martes le acusó de deslealtad hacia José Luis Rodríguez Zapatero por el Estatut Y hablando de Zapatero y (otra vez) del Estatut y de situaciones cuanto menos comprometidas, la del Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, que- -según cuentan- -recibió también su amonestación en forma de consejo de boca del presidente del Gobierno, quien, al parecer, le invitó a defender más y criticar menos el tan traído texto catalán. No todo fueron fricciones de salón y avisos a navegantes, hubo mucho más antes y durante el desfile militar: el portavoz socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, en animada charla con el jefe de la oposición, Mariano Rajoy, dicen que envueltos en un apasionan- El Rey saluda a los familiares de las víctimas de Afganistán (arriba) Junto a estas líneas, Mariano Rajoy conversa con Alfredo Pérez Rubalcaba. A la derecha, la Reina y los Príncipes de Asturias, a su llegada al desfile te debate sobre fútbol; el ministro de Defensa, José Bono, secándose el sudor- -aunque no hacía calor- -en pleno coloquio con el titular de Economía, Pedro Solbes, y eso que ya consiguió sacarle dinero para subir el sueldo a los militares, o la vicepresidenta Teresa Fernández de la Vega y el presidente del Congreso, Manuel Marín, en un largo saludo cogidos de la mano. También disfrutó en animado ambiente de la mañana festiva- -que aguantó nublada, pero sin una gota de lluvia- -el nuncio de Su Santidad, Manuel Monteiro de Castro, que ocupó asiento en la tribuna con los carteles de Autoridades de Defensa y Personalidades la misma que, a metros de distancia y varias filas más arriba, le designaron al portavoz del PP, Ángel Acebes, que al término del desfile se dejó caer entre los periodistas para describir con sorna, y un pelín escocido, que había pasado la mañana en el gallinero, donde me ha mandado Bono Quien aprovechó ayer el día para desquitarse a su manera del altercado de hace dos años, cuando un Zapatero todavía candidato a La Moncloa no se puso de pie al paso de la bandera norteamericana, fue el embajador de Estados Unidos, Eduardo Aguirre. El diplomático se abrochó en la solapa uno de esos consabidos pin con las banderas española y norteamericana cruzadas, pero, aparte- -según hizo saber él mismo- para ir a la Castellana en este día hizo colocar expresamente en su coche la insignia de las barras y las estrellas, que, según añadió, nunca luce en el vehículo oficial. Políticos aparte, en el palco de la Casa Real las miradas buscaban sin mucho éxito a Doña Letizia, que perma- Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz- Gallardón bromean con Pasqual Maragall neció sentada buena parte del tiempo dado su avanzado estado de gestación. A cambio, la imagen central era la de Su Majestad el Rey, que no descuidó atenciones con los presidentes de Chile y Honduras, Ricardo Lagos y Ricardo Maduro, respectivamente, cada vez que el programa del desfile ofrecía oportunidad. Como manda la liturgia castrense, Don Juan Carlos depositó la corona de laurel durante el Homenaje a los que dieron su vida por España, especialmente dedicada en esta ocasión a los 17 soldados fallecidos el pasado 16 de