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ABC DOMINGO 9 10 2005 Nacional 25 ÁLVARO DELGADO- GAL LA TRITURADORA a trituradora se ha puesto en marcha, y no habrá quien la detenga de aquí a un tiempo. Vayamos por partes. Zapatero ha empezado a buscar una fórmula transaccional para que el término nación sea substituido en el Estatut por otro que alarme menos al personal y no defraude por completo a los partidos catalanes. Son ganas de perder el tiempo. Ha afirmado Maragall que el Estatut no se comprendería si se quita nación del artículo número uno. Y está en lo cierto. El texto consiste en una prolija elaboración de lo que cabe llamar ya el protoestado catalán con enganches o prolongaciones cuyo propósito manifiesto no es mantener a Cataluña sujeta al resto de España, sino al resto de España tutelada por los intereses catalanes. Es rigurosamente increíble que la clase política de aquella región haya podido perpetrar semejante disparate bajo la mirada ausente, complaciente o insipiente del Gobierno. El Estatuto, en fin, no tiene arreglo. Esto plantea la pregunta elemental de por qué demonios el presidente, a última hora, ha he- L cho un esfuerzo extraordinario para que el invento saliera adelante. En mi opinión, la pregunta carece de respuesta. Zapatero ha hecho siempre cosas raras. Por ejemplo, apenas investido, reemplazar al Consejo de Ministros por un plató de televisión, desde el cual sorprendió a los suyos y a los demás anunciando la retirada súbita de la tropa de Irak. Se enajenó luego a Estados Unidos con la soflama tunecina, absolutamente innecesaria. Y así de corrido. Hace unos días convocó a Mas en otro espasmo inexplicable, con el resultado de que su equipo, su partido y él mismo se han colocado en una posición muy delicada. O el documento catalán se aprueba en lo esencial, y entonces se acaba el Estado, o se rechaza con el concurso imprescindible del PP. Lo último supondría no sólo la pérdida del apoyo de ERC en el Congreso, sino una ruptura quizá irreversible con el PSC. Resumiendo: o le entran tercianas al Estado, o le entran tercianas al Gobierno. Un cambio de alianzas radical exigiría, es claro, un relevo a la cabeza del Ejecutivo. El primero que ha entrado en la tri- turadora es, en consecuencia, Rodríguez Zapatero. Incluso en el caso de que lograra conservar el equilibrio, su autoridad quedaría muy seriamente dañada. Medio gabinete ha expresado su insatisfacción ante el modo como se ha conducido el proceso. Rodríguez Ibarra ha bramado, Chaves ha enseñado los dientes, y Felipe ha recuperado la locuacidad. Es natural. El Estatuto está específicamente dirigido contra el votante socialista. Aumenta, incontrastable, el sentimiento de que Zapatero es un pirómano que ensaya sus travesuras sin salir de casa. El segundo candidato a una trituración rápida es el PSC. A estas alturas, podemos ya asegurar con certidumbre que la intención de CiU era que el Estatuto zozobrara. Las reclamaciones maximalistas de los convergentes tenían por objeto que los socialistas dijeran que no. El sí no previsto ha dejado a CiU gratamente sorprendida... y en posición dominante. Tras la aproba- El Estatuto está dirigido específicamente contra el votante socialista. Aumenta el sentimiento de que Zapatero es un pirómano ción del documento, consumada en un ambiente de fervor casi unánime, toda complicidad del PSC con las rebajas que en Madrid se estiman necesarias sería aprovechada por Mas para poner en evidencia a Maragall y sus muchachos. Es complicado que ERC pudiera sostener la tensión. Lo más fácil, es que vuelva a las andadas de julio y se arrime otra vez a CiU. La polarización inducida forzaría al PSC a elegir. Y no podría hacerlo sin desgarrarse. El tercer elemento fungible será, si Dios no lo remedia, la propia Constitución. A menos que una intriga de palacio desmonte a corto plazo a Zapatero, lo que no parece probable, asistiremos, durante unos meses, a ejercicios hermenéuticos orientados a hacer compatible la Carta Magna con el texto de Barcelona. Un ejército de expertos se dedicará a la casuística a gran escala, buscando un punto medio entre el papel recibido y lo que se acordó en el 78. Ahora bien, existen dos tipos de casuística: la funcional y la desesperada. La primera consiste en hacer aplicable la ley a situaciones nuevas. La segunda, en demostrar que donde dice digo debía decir Diego La distancia entre el Estatut y cualquier documento viable es tan abismal, que no podrán por menos de preponderar las casuísticas desesperadas. Pasado un rato, la confusión será total, y nadie sabrá qué significa constitucional A decir verdad, nadie sabrá qué significa nada.