Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 9 10 2005 La Entrevista 11 Un valenciano entre los exilios de Burdeos Nací en Francia pero mis padres son valencianos. Le diré más, incluso. El valenciano es mi lengua materna. Pero nací en Francia, me eduqué en Francia, me considero francés, esto no cabe duda: la cultura influye mucho, la educación hace de mí un francés, aunque tenga cierto cariño a las cosas de España. Y no la lengua materna tampoco, porque la mía es el valenciano, pero me considero francés, lo cual aclara algo que yo considero fundamental: que en la formación de una nación lo que cuenta no es la biología, sino la cultura que uno recibe Joseph Pérez, hijo de exiliados que buscaban mejor trabajo en el Burdeos de los años veinte, contempla la ciudad como un aluvión de exilios españoles: empiezan a llegar los judíos huyendo de la Inquisición y la pureza de sangre en el siglo XVI. En Burdeos encuentran un lugar donde vivir con más libertad. Con la revolución se les concede la ciudadanía y comienza su proceso de asimilación. En el XVIII aún se hablaba español en las sinagogas bordelesas, pero a lo largo del XIX la asimilación se completa y el ladino desaparece. Tras la Guerra de la Independencia llega un exilio más secreto: los afrancesados huyendo de Fernando VII, y pocos años después, los liberales, como Moratín y Goya, que pasaron por Burdeos. Y en el XIX, la corriente continúa con exiliados carlistas y también bastantes al final de la Guerra Civil. Por ejemplo, Claudio Sánchez Albornoz se pasó 3 años dando clases en la Universidad, hasta que la entrada de las tropas alemanas en 1940 le obligó a salir. Pérez se siente jacobino y está de acuerdo con Azaña, que toleraba la autonomía administrativa, pero nunca la política sentido, no carece de motivos para considerar que es, hasta cierto punto, una nación con sus rasgos originales. Pero esto no impide que haya una idea superior que sea la de España, en la que entren las distintas regiones. ¿Y cómo hacerlo bien? Tal vez parecería más práctico establecer esa reforma de manera conjunta para las regiones que la precisen y con el consenso de los grandes partidos que nos representan... -Este es un problema que no veo claro porque no estoy lo suficientemente informado para terciar en este debate. -Quizá me equivoque, pero creo que las federaciones en realidad sirvieron para construir naciones nuevas, como fue el caso de EE. UU. Alemania o Italia. Tal vez sea un raro experimento utilizar la federación para deconstruir una nación... -Tiene usted mucha razón en eso. En el XIX se trataba de llegar a una unidad superior, constituir una nación que estaba dividida en varios territorios. La idea de la nación que tenemos ahora es por ello relativamente reciente. En el tratado de Versalles es el presidente Wilson el que considera que cada nación debe tener su Estado. Antes las cosas no eran tan claras. ¿No? -Mazzini, el nacionalista italiano, consideraba que una nación demasiado pequeña no puede permanecer ni es viable. Para él hay un techo bajo el cual no puede hablarse de nación. Y consideraba que Irlanda, por ejemplo, no superaba ese techo. Pero en 1919 se introduce el Estado para cada nación. -Se hace justo después de la Gran Guerra. ¿Y cuál es el resultado? -En Europa las cosas no salieron muy bien, porque lo que se produjo fue una balcanización- -y aquí el término es exacto- una separación de gentes que hasta entonces estaban integrados en una unidad política. El Imperio Austrohúngaro era el ejemplo de Estado multinacional. Todo esto se disolvería, y pasó lo mismo después con Yugoslavia, que también se ha roto y cada una de sus partes ha querido volver a su originalidad. Este proceso es el que impulsa valores como la pureza étnica, que un Estado multinacional impide que se produzcan. -Tal vez la UE no ha mejorado mucho este proceso... -No soy un gran adicto a la idea europea. A mí me gustaba más la idea de los Estados Unidos de Europa, que viene de Víctor Hugo y de la tradición liberal del XIX. La Europa de hoy tiene poco que ver con esto. En la UE cada uno va por su tema, mira sólo por sus intereses y se olvida de lo demás. -Usted admira mucho a Azaña. ¿Qué le parece su papel en el momento en que Cataluña elaboraba su Estatuto de 1932? -Tengo la idea de que, en su tiempo, Azaña tuvo ideas cercanas a los jacobinos franceses. Yo también me siento muy jacobino porque, a pesar de lo que se dice, no supone la defensa de la centralización a ultranza. Un jacobino admite la descentralización, pero la administrativa, nunca admite la división política. En la Francia jacobina contaba la ciudadanía, el hecho de que la ley era la misma para todos, uno era francés y la ley se le aplicaba al bretón igual que al alsaciano o al vasco. Cuando Azaña se muestra de acuerdo con el Estatuto de 1932 lo hace desde este punto de vista. Lo aceptaba con tal de que en el Estado que se formaba lo que contaba de verdad era la ciudadanía. -Además, la división política debilita... -Sí, pero sólo hasta cierto punto... Lo más importante a la hora de evocar o revisar la Transición es, entonces como ahora, no crear las condiciones de una guerra civil, tal vez no declarada, en los espíritus ¿La transición de 1975 es un logro que fuera de España aún se valora? -Ahora la cosa parece normal, pero en su tiempo no lo fue, porque podría haberse desarrollado de otra manera. España había cambiado mucho desde 1936 a 1975, no era la misma nación, la evolución había sido tan grande que la transición estaba hecha desde el punto de vista sociológico. Los españoles aspiraban ya a algo más. ¿Qué opina de los políticos que lo lograron? -Hubo una reacción interesante por parte de los políticos de cuidarse de no reincidir en las batallas del pasado y mirar la construcción de la España nueva, que era lo que correspondía. Pero no significa olvidar. Los hijos de los vencidos tienen derecho de recuperar la dignidad de sus padres perseguidos, pero lo más importante, entonces como ahora, es no crear las condiciones de una guerra civil, tal vez no declarada, en los espíritus.