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ABC LUNES 3 10 2005 Opinión 5 MEDITACIONES UNA DUDA UIZÁ no fuese tan buena idea Dentro de algunos sectores del PSOE comienza a correr este pensamiento respecto a la regularización masiva de inmigrantes emprendida por el Gobierno. La incesante llegada de pateras (con todo su flete de muerte y tragedia a bordo) y la crisis que se vive en Ceuta y Melilla abonan la tesis de que del Sahara hacia el sur se ha escuchado alto y claro el efecto llamada Si hay papeles, pues todos hacia España, que, aunque uno se juegue el pellejo en la valla o entre las olas del Atlántico o el Mediterráneo, si llegas te quedas. La ley Caldera que tanto ha inquietado a nuestros socios europeos, se enfrenta además a otro complicado panorama: la sequía y la insuficiente agua trasvasada pueden desemplear a muchos inmigrantes que tienen el tajo en el campo levantino. No, quizá no fuese tan buena idea. MARCO AURELIO Q LEER Y PENSAR UNA ARCADIA SIN HUMOS NACIONALIDADES HISTÓRICAS... DE ROBERTO L. BLANCO VALDÉS Alianza Editorial Madrid, 2005 231 páginas 15 euros Reinos de papel En Nacionalidades históricas y regiones sin historia, como si de un prontuario se tratara, Roberto L. Blanco Valdés desvela la clave del surgimiento de los nacionalismos catalán y vasco, así como el secreto del contencioso permanente que mantienen con España. O con el Estado español, como gustan decir. La clave del surgimiento: los nacionalismos catalán y vasco, previa invención de rasgos propios, construyen sus respectivas naciones. El secreto del contencioso: resulta indispensable para la supervivencia de ambos nacionalismos. A partir del invento nacional y del contencioso artificial, hay lo que hay. Es decir, se sostiene que España es únicamente un Estado, al tiempo que se cree que Cataluña y el País Vasco- -por el hecho de ser nación- -tienen derecho a una consideración política y jurídica especial y a un trato privilegiado distinto del que reciben las regiones españolas. Y lo que también hay es un conflicto que nunca se resolverá, porque de él vive el nacionalismo periférico. ¿Quizá el Estado federal que patrocinan algunos solucionará el conflicto? Blanco Valdés argumenta que el Estado Autonómico ya es federal y la reclamación de esos reinos de papel que son las naciones periféricos sigue ahí. La conllevancia recomendaba Ortega. MIQUEL PORTA PERALES URANTE años, han sido habituales entre nosotros esas conversaciones, perplejas y ofendidas, que glosaban las penalidades que sufre el fumador en Estados Unidos. Hermanados en el antiamericanismo (que es una pasión española tan arraigada como la maledicencia) los interlocutores se escandalizaban de que la cruzada antitabaquista hubiese adquirido perfiles tan sombríos allende el Atlántico, y calificaban con desparpajo la persecución del fumador como uno de los síntomas más evidentes de la paranoia feroz que gangrena a la sociedad americana, y también del fascismo latente que empieza a infiltrarse en su organización política. La imagen de aquellos fumadores estadounidenses que, como perros mohínos, tenían que conformarse con fumar en plena calle, porque en su oficina no se lo permitían, ha sido contemplada en una época todavía muy reciente como un emblema de JUAN MANUEL perversión social. Jamás ocurrirá DE PRADA algo parecido aquí sentenciábamos con insensato engreimiento. En apenas unos días el Parlamento español aprobará una ley que prohíbe fumar en las empresas y centros de trabajo. Los trabajadores que fumen no dispondrán siquiera de salas donde puedan prender un cigarrillo; deberán hacerlo en la calle, siempre que su patrono se lo permita. La ley, conviene resaltarlo, será aprobada por una mayoría lindante con la unanimidad (sólo Convergencia i Uniò defiende numantinamente el sentido común y postula la creación de zonas para fumadores) los mismos zascandiles incapaces de alcanzar un acuerdo en aquellas materias que, por su especial delicadeza, requieren un concurso generoso de voluntades (terrorismo, educación, etc. los mismos enconados adversarios, secuaces de las ideas fijas, que hacen de sus escaños una trinchera inamovible resulta- ¡oh milagro! -que han deci- D dido hermanarse en el hostigamiento al fumador. Nos conmueven los desvelos de nuestros diputados, esos abnegados ineptos que ahora se erigen en paladines de nuestra salud corporal, después de declararse incapaces de asegurar la salud de las instituciones. Naturalmente, en este encumbramiento de la salud como bien absoluto que conviene resguardar entre algodones subyacen querencias fascistoides que hallan su más socorrida víctima en el fumador, proscrito en esta nueva Arcadia sin humos. La prohibición de fumar en las empresas sólo servirá para aumentar la conflictividad laboral, así como para institucionalizar la discriminación a los fumadores por un hecho que no les incapacita para ejercer su labor de manera competente. Asimismo, disminuirá la productividad de aquellos trabajadores que necesiten acompañar sus tareas con un cigarrillo; pues o bien el empleador les permitirá abandonar las instalaciones laborales para calmar el gusanillo (concesión que se convertirá en un subterfugio de la holgazanería) o bien, al rechazar su petición, conseguirá que la ansiedad entorpezca su diligencia. Además, las relaciones entre compañeros se agriarán hasta hacerse irrespirables (mucho más irrespirables que cuando el humo del tabaco enturbiaba la atmósfera) Pero no nos engañemos: el propósito último de esta ley no es otro que la conversación de los fumadores en una categoría vagamente humana despojada de derechos. Bajo su fachada pomposamente benefactora, la ley que en unos pocos días se aprobará constituye una invitación tácita al empleador para que no contrate fumadores (de este modo se ahorrará los contratiempos arriba mencionados) lo que ocurra después, hasta la definitiva condena de los fumadores al ostracismo social, será uno más de los muchos episodios de segregación social que jalonan la historia de los totalitarismos. Claro que, como ha señalado el sembradísimo Zapatero, disuadir del consumo del tabaco es de izquierdas