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64 SÁBADO 1 10 2005 ABC FIRMAS EN ABC RAFAEL DE PENAGOS sus méritos- -un epítome de la literatura hispánica. A Borges le atraen, sobre todo, según confesión propia, los escritores del idioma inglés- -De Quincey, Whitman, Poe, Stevenson, Chesterton, Shaw, Faulkner, entre otros, además de los alemanes, sobre todo Schopenhauer- Y las sagas sajónicas y escandinavas y algunos idiomas antiguos. De nuestra literatura clásica, a grandes rasgos, recuerda con admiración a Fray Luis de León; la segunda parte del Quijote (en que escribe un bello ensayo sobre la muerte de Alonso Quijano) a Quevedo, a quien, sin embargo, le reprocha algún barroquismo: se mofa de Gracián; del siglo XIX, Bécquer le parece un pálido reflejo del Heine prematuro y, que yo recuerde, no cita a Larra. Modernamente, casi nadie le parece bien. Excepto don Miguel de Unamuno, a quien, a poco de morir, dedica un artículo donde afirma que es el primer escritor de nuestro idioma o Pío Baroja, cuando confiesa su influencia en una de sus primeras publicaciones. Valgan algunos ejemplos. De don Ramón del Valle- Inclán nos dice, en un libro de opiniones orales, nada menos que era un farsante y un guarango a Azorín le dedica un terminante adjetivo: deleznable se refiere a Antonio Machado sin demasiado entusiasmo; en Juan Ramón Jiménez no encuentra nada notable de Ortega y Gasset, cuyos volúmenes apenas he hojeado según declara en 1956, nos indica que su buen pensamiento queda obstruido por sus laboriosas y adventicias metáforas y, en otra parte, recomienda que debió contratar como amanuense a un buen hombre de letras, un negro para que escribiera sus libros Ramón Gómez de la Serna le parece un prosista de genio a quien, sin embargo, le perjudican sus numerosas greguerías; a García Lorca le considera un poeta menor y pintoresco, una suerte de andaluz profesional En fin, que de esta denigratoria enumeración acaso solo se salva un poeta de nuestros días: Jorge Guillén. Casi todos los escritores- -más importantes o de menor relieve- -tienen, sobre otros escritores, opiniones que consideramos desmesuradas o erróneas. Esto es lo que nos sucede a algunos, al margen de nuestra devoción, con Borges. Naturalmente, es obvio indicar que los juicios borgeanos traídos aquí como simple curiosidad anecdótica o literaria y, por supuesto, sin la menor aviesa intención, no restan un ápice a la gloria verdadera de Jorge Luis Borges, a todas luces uno de los más extraordinarios creadores con que cuenta nuestra comunal y bellísima literatura en lengua española. Borges, como es sabido, escribió unos libros magistralmente imperecederos. Y expresó lo que es un libro, lo que un libro significa, con unas palabras sencillas y extraordinarias que, como recordación, y para concluir, deseo que figuren, fulgentemente, aquí. De los diversos instrumentos del hombre- -dijo Borges- el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una existencia de la memoria y de la imaginación IMAGEN FUGAZ DE JORGE LUIS BORGES A Borges le atraen, sobre todo, según confesión propia, los escritores del idioma inglés... UE Manuel Alcántara, hace ya bastantes años, quien me introdujo en la plena lectura de aquel escritor impar llamado Jorge Luis Borges, no tan famoso entonces como lo fuera después. Y, gracias a Fernando Quiñones, el estupendo y simpático narrador gaditano, desaparecido prematuramente, tuve el honor de conocer en persona, creo que en 1973, al insigne autor bonaerense. Fue en el Instituto Argentino de Madrid, donde entonces, en breve estancia, se hospedaba Borges. Recuerdo que, al terminar la amistosa presentación que de mí le hiciera Quiñones, Borges tuvo la gentileza de decirme unas palabras que le agradecí vivamente: -No olvidaré nunca los lindos dibujos que su padre hizo para dos grandes revistas argentinas de aquella época: Caras y caretas y Cigarrillos 43 Borges iba acompañado por una señora cuyo nombre no recuerdo y que, cuando se dirigía a él, me parece que le llamaba, con amistosa cordialidad, Georgie. La visión del escritor era ya muy escasa y su titubeante andar se apoyaba en un bastón. Le condujimos a una sala donde, en la televisión, le sometieron al conocido Cuestionario Proust terminado el cual recuerdo que el escritor nos confesó, jocosamente, que le había parecido, más bien, el cuestionario del general Lanuse. Después, Fernando y yo le acompañamos a su cuarto, le ayudé a quitarse la corbata y la americana y se la colgué antes de que le dejáramos para que durmiera una breve siesta. A los pocos días volví a ver a Borges, esta vez en el Museo de América, dirigido entonces por mi amigo Carlos Martínez Barbeito. Carlos había invitado a poca gente para tener un encuentro íntimo de Mallorca, donde vivieron unos meses; a continuación se marcharon a Sevilla, ciudad en la que se inició realmente su vida literaria, y después- -como él nos cuenta- -pasamos a Madrid y allí el gran suceso había de ser mi amistad con Rafael Cansinos Asséns Sobre 1970, añade: Aún me gusta pensar en mí mismo como su discípulo Se nos ha dicho siempre que las comparaciones son odiosas, pero cuando se comparan cosas homogéneas, la comparación- -son palabras de Ortega y Gasset- -es el único modo de la comprensión. Borges, al hablar de la literatura española, digamos que la sintetiza, a menudo, abusiva y casi exclusivamente, en un nombre: Rafael Cansinos Asséns. Sabemos que Cansinos fue- -sin sentido peyorativo- -un escritor de segunda fila con indudables aciertos. Ahí están su magnífico prólogo a Las mil y unas noches El candelabro de los siete brazos sus numerosas traducciones de tantos idiomas, sus tres libros de memorias- La novela de un literato realmente interesantes. Y, sobre todo, según apuntaba Borges, su total dedicación al mundo de las Letras. Nada le importó más que eso y, contra viento y marea casi siempre, a ello dedicó toda su vida. Murió pobre, y ya que no disponía de dinero para que le construyeran una librería, los miles de libros de que era dueño, como observó el escritor argentino cuando fue a visitarle, se apilaban verticalmente, como columnas librescas, en su casa de la Avenida Menéndez Pelayo, escoltada de acacias, donde transcurrieron los primeros años de mi vida. Digamos que son generosamente emotivos los juicios de Borges sobre Cansinos. Pero insistir en su condición de discípulo resulta, según mi parecer, a la vez que notoriamente exagerado, poco creíble. Porque Borges es, por supuesto, infinitamente más importante que Cansinos. Y claro que Cansinos no representa en modo alguno- -sin rebajar, insisto, F con el autor de El hacedor Recuerdo que Barbeito me dijo a mi llegada: -Me gustaría que le preguntaras algo a Borges para animar un poco la reunión. Yo me quedé pensándolo, al tiempo que apareció Borges, rodeado de cuatro o cinco personas, entre ellas mi antigua y admirable amiga María Martos de Baeza. A un Borges casi ciego se nos presentaba a través de un micrófono. (Todo esto se grabó y confió en que esté en alguna parte. Cuando llegó mi turno, le dije a Borges casi literalmente: -He leído, hace unos días, admirado Jorge Luis Borges, que en unos apuntes autobiográficos aparecidos en el diario ABC, usted dice que es un escritor que piensa en inglés y que escribe en español. Y se me ha ocurrido que los que efectivamente le admiramos tanto hemos tenido la inmensa fortuna de que un Borges que piensa en inglés haya encontrado un Borges egregio que escribe en español. A Borges le hizo gracia la pregunta y replicó enseguida, con su vacilante acento: -Eso que dije fue algo así como una divertida ocurrencia mía. Yo pienso y escribo siempre en español, aunque conozca bien el inglés, y he hablado desde niño con mi abuela paterna, que era inglesa, y he dado cursos en varias universidades sobre esa literatura empleando aquella lengua. Y terminó recalcándolo: -No quiero que haya dudas. Mi lenguaje de escritor es sin duda el español. La primera vez que Borges puso el pie en España, con su familia, fue en Barcelona, en 1919. Era un muchacho entonces. Enseguida se trasladaron a Palma JAVIER TOMEO ESCRITOR EL RELOJ CANGREJO ÍA diez de agosto, festividad de San Lorenzo, a quien quemaron los romanos. Cuentan que cuando consideró que ya estaba quemado por un lado, el propio San Lorenzo le pidió a su verdugo que ya podía darle la vuelta en la parrilla. Ayer noche, pensando en San Lorenzo- -que es el patrón de mi pueblo- -me acosté con la mejilla izquierda apoyada sobre el brazo izquierdo y el brazo derecho pegado a lo largo el cuerpo, pe- D ro ni siquiera esa postura me ayudó a conciliar el sueño, así que durante un buen rato estuve sin pegar ojo, contemplando como daba vueltas y más vueltas el minutero del reloj que tengo encima de la mesita de noche. Por fin, cuando estaba a punto de quedarme traspuesto me sobresaltaron los chillidos de la vecina loca del cuarto segundo. En aquel momento las saetas del reloj marcaban las dos y media de la madrugada. Estuve un buen rato con los ojos cerrados y cuando volví a abrirlos ya no se oían los gritos de la vecina y el reloj señalaba la una y cuarto. Aquí pasa algo raro, me dije. Y en aquel momento me pareció que mi madre entraba en el cuarto echándose el batín por encima de los hombros. Le dije que las saetas del reloj iban hacia atrás, como lo cangrejos y me dio un beso en la frente. -Si eso es verdad- -dijo mi madre- -mañana seremos más jóvenes. Luego me desperté y vi que todo había sido una ilusión, que mi madre no había vuelto del otro mundo y que las manecillas del reloj continuaba avanzando hacia delante. -Mala suerte- -pensé.