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ABC SÁBADO 1 10 2005 Nacional 19 LA MARCHA NEGRA REDADAS JUNTO A CEUTA Momento en que los agentes marroquíes detienen a medio centenar de subsaharianos en el campamento de Beliones, junto a la frontera de Ceuta LUIS DE VEGA Medio centenar de subsaharianos se dan por vencidos y se entregan a las Fuerzas de Seguridad de Marruecos en el campamento de Beliones, que horas después fue arrasado La rendición de Beliones TEXTO Y FOTO: LUIS DE VEGA BELIONES (MARRUECOS) Amanece en el bosque de Beliones y una niebla espesa da a los pocos subsaharianos que se pasean entre las chabolas un aspecto de fantasmas. La avalancha de la noche del miércoles- -pasaron a Ceuta 215- -y las últimas detenciones- -más de 150 entre jueves y viernes- -han dejado el campamento de inmigrantes muy mermado de población. Hundidos y desesperados los jóvenes que salen al paso explican a este corresponsal que han decidido tirar la toalla. Europa está bien, pero no es el paraíso comenta uno de los que lleva meses habitando en el monte. Otros, viejos conocidos del lugar, aseguran que llevan hasta tres años de intentos frustrados por quedarse en España. Algunos aseguran que las veces que han saltado la valla han sido devueltos al lado marroquí por agentes españoles sin que se pusiera en marcha el procedimiento de expulsión. El colmo para muchos ha sido no entrar en el cupo de los 215 agraciados por el último súper ataque al muro de alambre. Muestran sus ropas manchadas por la sangre de otros camaradas en esa madrugada infausta. Insis- ten, como han hecho ya otras veces, que sólo les queda esperar a la próxima redada de las Fuerzas de Seguridad marroquíes para no correr y dejarse atrapar. Suleimán, abatido, da cuenta de su currículum sin certificado académico. Dos entradas a Melilla y tres a Ceuta. Pero en esta ocasión la promesa de no huir se cumple. Algunos de los subsaharianos aparecen entre la maleza a la carrera. Son las siete y media de la mañana del viernes- -dos horas más en España- ¡Ahí vienen, ahí bajan ya! Sólo unos cuantos optan por poner pies en polvorosa. Una gran mayoría se quedan como si nada. Charlando o comiendo arroz a mano de una barreño comido por la mugre. Los que surgen ahora de la bruma y las ramas son decenas de miembros de la Gendarmería y las Fuerzas Auxiliares. ¡Tranquilos, no os vamos a hacer nada! gritan. Algunos de los chavales levantan los brazos en son de paz. Incluso se medio abrazan a los hombres de uniforme. Ni medio porrazo. Ni media persecución. Ni medio lamento... ¿Qué está pasando? Beliones se rinde. O al menos una parte impor- tante de los que aguantan en este mítico gueto de la emigración clandestina. De dos en dos, por favor ordena un capitán de las Fuerzas Auxiliares, que coloca en fila a los subsaharianos y los hace sentarse en el suelo para poner un poco de orden y contarlos. Son 54. El primero de la cola abre un pequeño saco de tela con sus pertenencias y empieza a hacer limpia. Arroja al suelo los auriculares de un walkman unos cuantos naipes y un cortaúñas. Guarda, por si aún hace falta, medio Algunos de los chavales levantan los brazos en son de paz. Incluso se medio abrazan a los hombres de uniforme Horas después de la rendición los agentes marroquíes recibieron la orden de arrasar el campamento paquete de arroz. Me voy a ir a Australia. -comenta en tono ácido- -Allí sí que es fácil llegar Los agentes y sus colegas de rendición no pueden contener la risa. Montaña arriba, en el cruce de la carretera, el coronel Taounza, jefe de la Gendarmería en Tánger, manda la operación. Hasta allí se dirigen desde el campamento la comitiva de agentes y detenidos. Minutos después de tomar el camino dos se arrepienten y saltan sobre las matas campo a través. Tras un amago de persecución los agentes los dejan. Viendo el resultado, unos metros más allá otros dos hacen lo mismo. Quedan cincuenta, todos hombres, a los que unos minutos después se sumará una desconsolada joven de Gana. Fate, embarazada, no se ha entregado, pero estaba a mala hora en el sitio equivocado. Todos estarán ya camino de la frontera de Argelia, a unos 700 kilómetros. La simbólica rendición no impidió que a primeras horas de la tarde, tras realizar algunas detenciones más de subsaharianos y argelinos, los agentes marroquíes recibieran la orden de arrasar a patadas el campamento de Beliones. El sueño español está a sólo unos metros de allí. Unos metros... y una doble verja guardada por guardias civiles y militares, que no es poco. Una doble verja donde unos cuantos hombres acaban de dejarse el pellejo. Una doble verja que, aunque al alcance de la mano, sienten en estos momentos más lejana que la antípoda. Más lejana que Australia. Por eso se rinde Beliones, el bastión de los inmigrantes clandestinos.