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ABC SÁBADO 1 10 2005 Opinión 5 MEDITACIONES EL VENTRÍLOCUO E está pronunciando mucha gente, y Felipe González, que ha estado gobernando España casi 14 años, creo que algo tendría que decir La frase, referida a la propuesta estatutaria salida del Parlamento de Cataluña, es de un diputado socialista al que también le llama la atención el mutismo que al respecto está guardando el ex presidente del Gobierno. Entre la nostalgia y el no me fío de ZP, transita el ánimo de una parte sustancial de la bancada socialista. Los exégetas del felipismo creen que un silencio tan prolongado en alguien tan locuaz es bastante explícito de que no le gusta un pelo el cariz que ha tomado la situación. ¿González más callado que en misa? No cuadra. Hay quien asegura que, cual ventrílocuo, busca muñeco para habla por boca de otro. MARCO AURELIO S LEER Y PENSAR ¿QUÉ HACEMOS? LITERATURA Y CIBERCULTURA DE DOMINGO SÁNCHEZ- MESA Arco Libros Madrid, 2004 373 páginas 15,81 euros La tercera revolución Era impensable hace tan solo quince años (para muchos hace menos) la revolución que internet habría de imprimir en la vida de todos. Modos de comunicarse, de comprar, de informarse, de hablar y de leer, de opinar y de discrepar, al momento y en un mundo en el que aquella metáfora de MacLuhan de la aldea global aumenta su vigencia. ¿Y qué pasará con los libros? ¿y con la literatura? En esto hay apocalípticos e integrados, igual que ante la llamada cultura de masas predijo Umberto Eco hace años. Domingo Sánchez- Mesa ha reunido una serie de estudios de intelectuales de todo el mundo, en una antología teórica que tiene la virtud de no ser apocalíptica, pero tampoco ignorar lo que la literatura puede obtener de este nuevo desafío. En vez de asustarse, de proclamar, de aventurar, lo que hay que hacer es estudiar con atención cómo el cambio de medio y de canal puede influir en el campo literario. Una vez, el paso de la oralidad a la escritura revolucionó la Literatura, luego la imprenta forzó otra gran modificación. Se trata ahora de estudiar cómo este tercer gran desafío, el cibernético, modificará los géneros literarios. Sin duda ocurrirá. ¿Cómo? Lean el libro y perderán miedos. JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS SA marea humana incontenible que se despelleja las manos en una alambrada de espino y arremete contra los baluartes de la prosperidad provoca en estos días una polvareda de orden político. Podemos, en efecto, preguntarnos si el proceso de regularización de inmigrantes iniciado por el Gobierno español no habrá actuado como reclamo o acicate para esas legiones famélicas. Podemos también preguntarnos si al legislar tan alegremente sobre asuntos migratorios sin contar con la anuencia de la Unión Europea nuestro Gobierno no obraría a la ligera. Podemos, en fin, censurar el comportamiento de Marruecos, que quizá propicie o siquiera consienta remolonamente estos asaltos multitudinarios a las verjas de Ceuta y Melilla, para debilitar la posición española en estas plazas. Pero todas estas cuestiones de orden político palidecen frente a otra cuestión de orden moral mucho más JUAN MANUEL perentoria que el estrépito de la reDE PRADA friega política ensordece. Quizá, incluso, el estrépito de la refriega política no sea sino la excusa para evitar responder a esa otra cuestión que interpela a nuestras conciencias. Esos negros llegados de los arrabales del atlas son depositarios de un derecho anterior a cualquier legislación nacional o internacional, que es el derecho a defender su vida con uñas y dientes, el derecho sagrado a la supervivencia que con frecuencia solemos olvidar, enfrascados en otras consideraciones de orden más práctico. Y puesto que los ampara ese derecho inalienable, nos obliga un deber de tratarlos humanamente, procurándoles los medios que garanticen su subsistencia. Contra esta consideración de Derecho Natural no valen otras consideraciones de derecho positivo: antes que ilegales, o apátridas, o sin papeles o como queramos designarlos, son sujetos de un derecho que no conoce fronteras ni procedimientos administrativos, un derecho previo a toda E forma de organización política que nos exige afrontar el problema desde presupuestos más elevados. Probablemente una verja más alta o punzante, una legislación más severa o una cooperación menos remolona del Gobierno marroquí nos evitarían los episodios tremebundos que en estos días asaltan los titulares. ¿Y qué? Si mañana esa marea humana se tropezase con obstáculos insalvables en Ceuta y Melilla, probaría otra vía de acceso más descuidada, en España o en cualquier otro lugar que sirva para escapar de la miseria que los ahoga. Un dique puede actuar durante más o menos tiempo contra la marea; pero el dique acabará agrietándose, cediendo y provocando una inundación arrasadora. Convirtiéndonos en una fortaleza inexpugnable no lograremos nada, salvo postergar la inminencia del cataclismo; y, mientras tanto, resonarán en nuestra conciencia los aldabonazos de quienes llaman a la puerta, sin obtener respuesta. Los africanos que en estos días alcanzan territorio español quedan encerrados en una suerte de limbo jurídico. No pueden ser regularizados, tampoco devueltos a sus países de origen, y acaban arrumbados en los arrabales de la mendicidad, la marginación o la delincuencia, como ayer nos contaba Cruz Morcillo en un estremecedor reportaje. Allá donde la ley positiva no alcanza, se impone un criterio de justicia y humanidad. Y lo que nos dictan la justicia y la humanidad es que esos hombres reclaman una actuación que reconozca su derecho más inalienable, muy anterior a sus derechos de ciudadanía. Pero mientras los países prósperos no afronten el problema de la inmigración como una cuestión de orden moral, mientras los organismos internacionales y también las sociedades occidentales- -que tendrán que renunciar a una porción de su prosperidad- -no se decidan a considerar la lucha contra la miseria una obligación natural, mientras nos aferremos a soluciones de matiz político, no haremos sino dilatar el naufragio.