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74 VIERNES 30 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC JUAN JOSÉ RODRÍGUEZ PONCE JESUITA. PÁRROCO DE SAN FRANCISCO DE BORJA Y SUPERIOR DE LA RESIDENCIA EL PADRE LLANOS LLEGÓ AL POZO CON TRES HERIDAS Tuvo gran sensibilidad pastoral para responder a las necesidades religiosas de aquella barriada madrileña... STAMOS celebrando el cincuenta aniversario de la llegada del P. Llanos y los jesuitas al populoso barrio del Pozo del Tío Raimundo. El 24 de septiembre de 1955 se instalaba en el barrio el padre Llanos en una chabola que, con la ayuda de algunos jóvenes universitarios, construyeron clandestina e ilegalmente. ¿Qué motivos le pudieron llevar a tomar esta decisión de retirada del mundo universitario y de sus brillantes e influyentes relaciones con los intelectuales y políticos de aquella época? Gran creyente, sacerdote entregado y jesuita cabal como lo definió a su muerte don Vicente Enrique y Tarancón, entonces cardenal arzobispo emérito de Madrid (Revista Ecclesia 22 de febrero de 1992) no ocultaba sin embargo que fuera un hombre radicalmente insatisfecho y que estuviera marcado constantemente por la huida de una soledad manifestada de manera palpable, con altibajos depresivos, en la búsqueda de la felicidad y de colmar sus muchos deseos de afecto. Altibajos que le llevaban tanto a fundar con gran ilusión un centro educativo, como la Escuela Profesional 1 de Mayo, o a retirarse desanimado como miembro activo del Patronato de la Fundación Santa María del Pozo, para volver al día siguiente. Los jesuitas que después tuvimos la suerte de ser destinados por nuestros superiores a trabajar pastoralmente en la parroquia del barrio del Pozo, podemos constatar que al P. Llanos le acompañaba siempre lo que parecía ser y algunos llamaron dolor de estrellas Los que vivimos con él, podemos afirmar que fue un hombre fundamentalmente tocado por Dios- -por la Gracia, y dirá él en sus Memorias: la Gracia me tocó inesperadamente, de golpe. Me da vergüenza confesarlo: tuve mis experiencias místicas como besos de Dios -y seducido totalmente por Él. Esta profunda y radical experiencia, le hace vivirse siempre como un hombre herido como también en su día dijera de sí mismo el joven poeta Miguel Hernández: Llegó con tres heridas: Con tres heridas viene: la del amor, la de la vida, la de la muerte, la del amor, la de la vida. la de la muerte De cada una de estas heridas, que en el fondo son también las nuestras, las de todo hombre, quiso curarse este jesuita llegando al Pozo a los 49 años, de vuelta ya de muchas correrías apostólicas que le dejaron claramente insatisfecho y con un sabor agridulce. Ante la herida del amor va a reaccionar haciéndose un buen samaritano en E medio de los necesitados, de los pobres, de los emigrantes llegados por aquel entonces de Andalucía, de Extremadura y de la Mancha. Quería en el suburbio, como él tantas veces decía servir al pueblo incluso llegaba a decir que quería purgar el pecado de haber servido a la burguesía. Jesucristo, su primer Amor, le llevaba a servirle en los necesitados, porque las palabras tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber (Mt. 25, 35) las llevaba grabadas en lo más profundo de su corazón desde la continua experiencia de los Ejercicios Espirituales que tanto le marcaron y configuraron año tras año para ser un hombre para- los- demás y que siempre expresaba o manifestaba su amor a su manera, es decir, exageradamente. En el camino del amor, los que convivimos con él, nunca le detectamos ni miedo para nada ni peligro de instalarse en la mediocridad. Lo que dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, que el amor no tiene límites lo vimos en él reflejado, pues su arco de relaciones humanas abarcaba desde el ex presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo; el ministro, Javier Solana; el alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano; Marcelino Camacho... etc. hasta cada uno de los vecinos más sencillos del barrio, como el señor Tomás, Daniel, Isabel, el Lele, etc. De noche y a cualquier hora de la madrugada, los vecinos acudían a él despertándole ante cualquier enfermedad o para que pusiera orden en los conflictos familiares. Y de día, solicitaban su ayuda ante cualquier necesidad, como cuando de la Gerencia de Urbanismo venían a derribar las chabolas que los últimos que habían llegado al barrio habían levantado ilegalmente durante la noche. El padre Llanos de la primera época del Pozo se ganó así, de entrada, el apoyo, el afecto, el respeto y la credibilidad de toda la vecindad. Tuvo entonces gran sensibilidad pastoral para responder a las necesidades religiosas de aquella barriada madrileña de raíces y tradiciones cristianas claramente arraigadas en ellos. Fue el cura popular, escritor, poeta e intelectual, que igualmente organizaba la salida de la procesión del Viernes Santo, o escribía semanalmente en el diario Ya o en Mundo Obrero. Su historia de amor la quiso vivir como él mismo expresó en el verso grabado en el monumento a él dedicado en la actual Plaza del Pozo: Entre Dios y los hombres reparto mi amor A la herida de la vida, responde poéti- camente y soñando. Él mismo escribirá soñamos como un mundo unido sin otra soberanía que la del Pueblo Universal Este modo tan idealista y utópico de colocarse ante la realidad y pisar tierra le llevaba a chocar con frecuencia, antes o después, con las personas y las instituciones que él mismo había fundado anteriormente. Imaginaba una humanidad distinta a la que encontraba cada día, tantas veces tan torpe, tan quebradiza y tan frágil. Incluso en su vida comunitaria como jesuita, unas veces era el que más ilusión ponía en los proyectos emprendidos y tiraba de nosotros, y otras el que nos influía con su retirada y desánimo. Debido a su fuerte personalidad y capacidad de soñar, era difícil, a nivel comunitario, seguir su ritmo, y a más de uno le sobrepasaba. Le deprimía profundamente una humanidad peleada, en guerra, hiriéndose unos a los otros de palabra o de obra, de tal manera que se preguntaba si podríamos afirmar de verdad el tan cacareado progreso de la humanidad, cuando en ella se seguía todavía repitiendo la lucha fratricida de Caín y Abel. Alguna vez repetía aquello de que paren el mundo, que me quiero bajar Su esperanza, su vida, su persona, su trabajo, sus sueños, sus idealismos, sus proyectos, su utopía, llegó a sostenerlos ya en sus últimos años sólo en su fe cristiana, que cuidaba y alimentaba en la celebración diaria de la Fracción del pan En la celebración constante de la Eucaristía hacía girar todo su quehacer, quedando marcado por las enseñanzas del Maestro. Su programa de vida quedó también grabado poéticamente en el monumento levantado en su memoria por el barrio: No hacer daño jamás, jamás a nadie, que ya no sé amar de otra manera, ni hablar nunca de nadie malo, ni de mi nada bueno tan siquiera, defendiendo al ausente, sea quien sea, profesando el callar Este mensaje que brota de un corazón rendido, dolorido, arrepentido y convertido, pretendió llevarlo a los lugares nucleares de nuestra sociedad, donde se juega la suerte y el bienestar de la humanidad, especialmente de los más desheredados de la tierra. No tuvo otra finalidad ni intención su notable presencia y participación, siempre tan discutidas, en el mundo del sindicalismo y la política. Estando rodeado por unos vecinos tan lacerados por la penuria, por la incultura, y tan sin futuro, se le revolvían las entrañas tan hondamente que no podía por menos que salir a gritar y a defender, a tiempo y a destiempo, los derechos de sus convecinos. Sin embargo, en sus Memorias, Confidencias y confesiones nos dirá de sí mismo: He vivido posiblemente huyendo del dolor, he vivido deprisa, insensatamente deprisa. He sido y soy un insoportable egoísta A la herida de la muerte nunca rehusó hacerle frente. Como creyente cabal, siempre la miraba como hermana. Saboreará aquellos versos de su hermano Manuel, antes de ser fusilado: Hermana muerte, ¿por qué temerte? La sorpresa que me traes es a Dios Lloré sobre el lecho horas y horas; Manuel era para mí el Nobel de la juventud cristiana y avanzada Nunca gozó de buena salud. Podríamos aplicarle aquello de que tenía una mala salud de hierro Se califica de ulceroso, caprichoso y voluntarioso En sus idas y venidas al hospital, en alguna ocasión recuerdo que reunió a la comunidad de jesuitas como para despedirse, pensando, y en el fondo deseando, cansado ya de pelear en esta vida, marchar de este mundo a la Casa del Padre. Él siempre creyó, y así lo escribió, que su fe en Jesús le conduce al Dios del misterio, y no al revés. Antes de acostarse, al rezo de Completas, recitaba la plegaria: Gracias porque sumé un día a mi cita con la muerte, gracias por no conocerte, y mendigar la alegría, ni maldecirme la suerte. Gracias, no puedo ni entiendo, mas sabes que voy yendo, tan perplejo y tan cansado a rendirme aquí creyendo porque Tú me has alcanzado... El día de su entierro y funeral, el P. Provincial, P. Elías Royón, en la homilía le definiría acertadamente: Fue un hombre de todos y nadie puede pretender monopolizarlo. Buscó a Dios y lo encontró en las chabolas de los pobres Lo definió como una persona de fe que creyó en Jesús, en su Evangelio y que entregó su vida por su Reino. Y reveló las últimas palabras del P. Llanos momentos antes de morir: Rezad por mí Moría con la conciencia de no haber acertado en su vida: No supe, no, transmitir la fe. Supe hacer la capilla, hacerle las obras, las escuelas, pero eso no era ser cristiano... El P. José María de Llanos, nació en Madrid el 26 de abril de 1906. Quedó huérfano de madre a la edad de cuatro años. En 1927 ingresó en la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote el 30 de julio de 1939. Murió en la Residencia de los Jesuitas de Alcalá de Henares el 10 de febrero de 1992. Quizás, al celebrar ahora el cincuenta aniversario de su llegada al barrio del Pozo del Tío Raimundo, ante una vida como la del P. Llanos, con tantas encrucijadas, pero con más aciertos que fracasos, bien podríamos dedicarle como mejor recuerdo y homenaje los versos del profeta Isaías (60,19) Ya no será el Sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la Luna, será el Señor tu luz perpetua y tu Dios será tu esplendor