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ABC VIERNES 30 9 2005 Opinión 5 MEDITACIONES MÁS TILA RAS el chorreo a Elena Salgado y la amonestación verbal (a la siguiente, amarilla) a José Bono, la bancada azul clama venganza. O sea, que ya no pueden más, que no le aguantan. A Manuel Marín se la tienen jurada. La minuciosidad extrema con la que el presidente del Congreso se ciñe al Reglamento los tiene descompuestos, hasta el punto de que Carmen Chacón se ve obligada a hacer de apagafuegos. Si la vieran correr por los pasillos detrás de Caldera- -que departía tranquilamente con un grupo de periodistas- -reclamándole con urgencia su presencia en el hemiciclo; si vieran a Rubalcaba terciando en la polémica... Torturados por la precisión de relojero suizo de Marín, dicen que ya no queda tila en la cafetería del Congreso. MARCO AURELIO T LEER Y PENSAR UN OFICIO DEL SIGLO XX DE GUILLERMO CABRERA INFANTE Alfaguara Madrid, 2005 550 páginas 22,50 euros LOS TÚNELES DEL ESTATUT El cine, la realidad del siglo XX Sin el cine, la realidad del siglo XX, la realidad de verdad, habría sido otra. El cine inventó las maneras contemporáneas de relacionarse, de hablar, de besar, de mirar y de soñar, y algunas cosas más. Fue el oficio del siglo XX. Y el XXI no le irá a la zaga. Hoy se ve más cine- -como se leen más libros- -que en cualquier otro momento de la historia más reciente. Hoy, cada cual busca formarse una pequeña videoteca o dvdteca de las películas de su vida, que es la de todos. Guillermo Cabrera Infante, uno de los grandes, entre los más grandes, escritores en español dedicó buena parte de su vida, tan maltratada por la tiranía castrista y la corte de correveidiles que la jalean, al cine. En sus críticas de las películas unía a una erudición apabullante una escritura tan ligera y sugestiva que cada comentario se convirtió en una pequeña obra de arte. En sus textos hacía ver no sólo la película sino todos los perfiles posibles de las imágenes, todas las líneas invisibles de los diálogos, todas las genealogías ocultas de la historia. Este libro memorable (1963) es una enciclopedia del cine, una enciclopedia a la ilustre manera del bendito siglo XVIII. Una enciclopedia sin engolamientos ni palabros. Y además, ¿quién no leería unas críticas firmadas por tan inquietante seudónimo- -que no lo era- -como el de G. Caín? FERNANDO R. LAFUENTE I NCLUSO de astronomía se habló ayer en el debate sobre el nuevo Estatuto de autonomía catalán, antes de suspender la sesión del parlamento autonómico en busca de una fórmula cabalística para el sistema de financiación. Se habló también de seducir España, como si la vieja Sepharad anduviera por ahí en minifalda, a la espera de un guiño. No es ese uno de los aspectos más inocuos de todo el debate y de la razón misma del ser catalanista: la absurda negación- -eufemística o frontal- -de las consecuencias que dimanan de la existencia de un todo que es España y de una parte, una de las partes, que es Cataluña. De ahí la abigarrada abundancia- -más retórica que conceptual- -de entelequias como blindaje de competencias bilateralidad o perpetua deslealtad del Estado hacia Cataluña. Sin tan siquiera haber concluido el debate de un nuevo Estatuto, vigente aún el anterior, CiU ya dijo que no renuncia al VALENTÍ Estado plurinacional, el PSC arguPUIG mentó que más allá está el objetivo del Estado federal y ERC insistió en que eso sólo sería un paso hacia la plena soberanía nacional. En consecuencia, nuevo Estatuto cada cuándo, según y cómo, ad infinitum Lo más asombroso, hasta dimensiones apabullantes, es que los datos de la opinión pública no varían: la indiferencia del electorado catalán ante los horizontes del nuevo Estatuto es estratosférica. Tanta improvisación aturde. Daba grima ver a políticos generalmente sensatos contribuyendo a generar un tsumani doméstico, de despacho en despacho, cambiando cromos. De modo tosco y precipitado se ha recurrido a la vieja añagaza de la pre- negociación, tan usada en diplomacia. Se trata de hallar el modo de enmarcar una cuestión a la que es imposible decir no, de modo que haya un hipotético acuerdo que atraiga incluso a la parte más reluctante, en este caso con efectos de reciprocidad. Ayer los pasillos del par- lamento autonómico catalán se correspondían- -al modo de los arcos y escalinatas que en los dibujos de Escher no tienen salida- -con los túneles de un Estatut que con poco esfuerzo logrará ser la vía muerta del catalanismo, salga o no salga en la votación de hoy en Barcelona, para luego ser debatido en Madrid y, en su caso, asido a la prueba definitiva de un referéndum. Creyendo garantizar su propia duración política, Maragall ha interpuesto toda una grave incontinencia política en el camino de Rodríguez Zapatero, quien urdía estrategias imaginarias para ser el pacificador final del País Vasco y perpetuarse en La Moncloa. Quién sabe cómo el presidente del Gobierno gestualizará el abrazo con la nación catalana que llegue al registro de la Carrera de San Jerónimo. Quién sabe cómo le querrán secundar las viejas glorias jacobinas del PSOE. Quién sabe a qué concepción del consenso responden los logros antojadizos de Pasqual Maragall, aunque desde luego choca con los modos de la transición que llevaron a la Constitución y al Estatuto vigente, deseado entonces por las gentes catalanas precisamente porque llenaba un hueco histórico que hoy no existe. Son empresas sin sentido las que generan prolongadas melancolías. Un proyecto estatutario carente de demos real ha sido conjurado en una burbuja virtual por el Establishment político del catalanismo y una copiosa complicidad mediática. Algo ha culminado, corra o no el cava. Una sociedad civil tan poco auscultada pasa fácilmente a la indiferencia. En su día, habrá que ver los resultados del referéndum. La conjura ha sido partidista, profundamente partidista, vulgarmente partidista. Unos apelaban a la modernización, otros a un profundizar en la identidad, algunos amenazaron con una guerra civil entrecomillada: parecía una hora punta en el metro de Tokio, cuando los acomodadores ubican el pasaje a empellones. En este caso, lo sensacional es que los vagones iban casi vacíos. vpuig abc. es