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ABC JUEVES 29 9 2005 Cultura 59 POP Magic Numbers Concierto de Magic Numbers. Lugar: Moby Dick Club (Madrid) Fecha: 27- 9- 2005. CLÁSICA Juventudes Musicales de Madrid Programa Mozart. Anne- Sophie Mutter (violín) y Lambert Orkis (piano) Lugar: Auditorio Nacional. Madrid. Fecha: 26- IX- 2005 TEATRO ÓPERA La voz humana Cocteau Poulenc: La voz humana Int. Cecilia Roth, Felicity Lott, orquesta de la Comunidad de Madrid. Dir. escena: Gerardo Vera. Dir. José Ramón Encinar. Lugar: Teatro de la Zarzuela. Fecha: 23- 09- 05 DE TODO CORAZÓN JESÚS LILLO MUTTER- ORKIS, DÚO EXTRAORDINARIO ANTONIO IGLESIAS MORIR DE AMOR ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE C on sólo un álbum en el mercado, los Magic Numbers parecen llevar toda la vida cantando y componiendo. Se han protegido contra las radiaciones que el potente foco musical de los años ochenta emite sobre el último pop británico para sintonizar de lejos una frecuencia- -aún nítida, afinadísima- -en la que suenan viejos éxitos de la Motown, amables melodías californianas y baladas de guitarra, corazón y palmas. Los Magic Numbers han evitado la congestionada vía que conduce, todo recto, a la rotonda de la Nueva Ola para darse una vuelta por los años sesenta más accesibles y complacientes. Viajan en furgoneta y celebran, cantando, la simplicidad del pop. No hay artificios en el repertorio de un cuarteto que sonríe mientras interpreta una colección de baladas, aún breve, que suena a vinilo, huele a pandilla y admite, en su tramo final, licencias como el Crazy Love de Beyoncé, transformado en una juguetona canción de excursión. Para comérselos. Romeo Stodart y su hermana Michele se criaron en un entorno familiar en el que sonaban piezas de Bacharach y Jimmy Webb. Tras mudarse a Londres, el núcleo duro y norteamericano de los Magic Numbers enredó a los también hermanos Gannon para poner en marcha uno de los proyectos revisionistas más creíbles del pop actual. Las penúltimas y aseadas estrellas del rock británico suelen vender tormentos y muecas de salón, pero los Magic Numbers- -obesos y desaliñados- -no dejan de sonreírle a la cámara y al público para transmitir, sin filtros, el espíritu de un sonido que han logrado reproducir desde el conocimiento y la inspiración. En vivo, los Magic Numbers son tan feos como anuncian los carteles y su música resulta tan sencilla- -no actúan, se limitan a cantar- -como promete su delicioso álbum de debut. Han compartido escenario con Brian Wilson y vendido más de 100.000 discos, pero podrían estar en el campo, sentados en corro y coreando a tres voces esas viejas canciones que ya nadie escribe y, de memoria, casi todos tararean. Romeo Stodart ha hecho de su pasión por el eco de una época el argumento de una obra que, como cualquier manifestación de amor sin reservas, vibra y emociona. Sus canciones son réplicas horteras y desmelenadas, pero suenan nuevas por la verdad que transmiten los chiflados que todavía sienten lo que cantan. N o es aventurado afirmar que el dúo constituido por la famosa violinista Anne- Sophie Mutter y el pianista Lambert Orkis, se acerca a una perfección mozartiana. Las Sonatas para violín y piano de Wolfgang Amadeus Mozart, son por ellos interpretadas con increíble naturalidad, ofreciéndonos sus partituras con esa fidelidad que tantos confunden con una resultante sequedad: les basta una retención del tempo corta y en todo momento leve, o un acento intencional, para obtener esa personalidad que todos buscan y, las más de las veces, es dañina dentro de la estilística. Su discurso total se halla inmerso en la propia personalidad del genial salzburgués, las ornamentaciones temáticas jamás se fuerzan y se traducen dentro del lógico discurso (algo excepcional en verdad, porque suelen violentarse con el aumento de la velocidad mecánica) y ese casi imposible equilibrio en estas bellas composiciones, se logra maravillosamente. Otra circunstancia altamente positiva, ha de ser admirada en los dos músicos: la de que el piano quede totalmente abierto: no me cansaré de decir que, así, es como suena el gran cola de nuestros días; se obtiene la resultante sonora con aumentados valores porque, además, ello obliga a lograr la más coti- E zada suma tímbrica, aportando el maravilloso mundo sonoro del Mozart singularísimo, difícil, casi imposible de otra manera. Los momentos a señalar del recital que, en la tarde del lunes, abrió el ciclo mozartiano organizado por las Juventudes Musicales de Madrid, aquí plenamente incluido en sus titulados Concierto y Solistas Extraordinarios, conformado por tres sesiones en días sucesivos, con las Sonatas que Mozart escribió para los dos instrumentos, el piano básico con el violín participando en la más ideal conversación a dúo, nos dejó realmente asombrados por un cúmulo de perfecciones interpretativas que resultaron memorables. Sería interminable señalar momentos, porque aquí o acullá su todo impide una cabal referencia. Así, las Sonatas KV 305, 303, 380, 301 y 378 son así, tal y como las dicta el dúo Mutter- Orkis o también Orkis- Mutter. ¿Pudo el punto afectuoso de la última de ellas resultar un algo excesivo? Estas consideraciones, nos sumergen ya en el añadido lógico de la personalidad del intérprete. CLÁSICA La Jonde en el Auditorio Obras de P. Boulez, R. López y A. Dvorak. Intérpretes: Jonde (Directora invitada: G. I. Ramos Triano) Lugar: Sala Sinfónica del Auditorio Nacional. Fecha: 20- IX- 2005 UNA MODÉLICA ACTITUD ANTONIO IGLESIAS ealmente volcada hacia una actualidad musical, la Joven Orquesta Nacional de España (Jonde) con su concierto de la tarde del martes, suma un evidente interés programador a su función de cantera de nuestros profesores, en límites de apriorístico aplauso muy sincero. Abrió su programa con obra difícil y de sobresaliente interés: Rituel in Memorian Bruno Maderna de uno de los más importantes renovadores del lenguaje musical, Pierre Boulez. R Tras esta compleja interpretación, la Jonde, bajo el mando extrovertido aunque eficacísimo en sus logros, de la joven Gloria Isabel Ramos, estrenó Gen del alicantino Roberto López, obra que en una duración de media hora, repite procedimientos varios con una orquesta distribuida sobre el escenario, lados y diversas alturas en la sala, buscando evidentemente una estereofonía que así se percibe, sinceramente, creo que Gen ganaría no poco dentro de una reducción de su ahora demostración exagerada. Ovaciones para las piezas de López y Boulez y exceso de aplauso al final de cada uno de los tiempos de la Séptima Sinfonía de Antonin Dvorak, pieza exponente de la altura ganada por la Jonde, siempre bien llevada por Gloria Isabel Ramos, quien se preocupa del logro de la línea expresiva de las obras, descuidando en algo esa perfección en el ajuste, que hoy parece presidir el todo de los conjuntos instrumentales. ¿Por qué vino tanto a mi memoria la figura del inolvidable Enrique Jordá? n La voz humana retumba el pleonasmo porque la voz es la de una mujer, que ha sido abandonada y habla por teléfono, quizá por última vez, con su amante. Así lo escribió Cocteau, Poulenc lo puso en música. Ahora se ofrecen ambas versiones en el Teatro de la Zarzuela, sin continuidad, uniendo el monólogo y la ópera. Primero con Cecilia Roth en escena, partiendo desde lo más difícil, apareciendo sobrecargada de una tensión que debe sostener durante toda la obra. Se deja la piel y el alma, y añade verismo, lo cual dice mucho de su trabajo. Tras ella se presenta Felicity Lott, para cantar de la sutileza al abandono, tal y como guía la partitura, pronunciando bellamente e imponiendo estilo. En el teatro se observa que hay pasión sobre el silencio, en la ópera otra emoción interiorizada, sobre el colchón de una música que José Ramón Encinar dirige con especial ductilidad, disfrutando, haciendo un sonido que trata de ser verdaderamente hedonista y embriagador. Pero en La voz humana es tan importante la palabra como el silencio, la ausencia, la mitad del diálogo que se intuye al otro lado del callado teléfono. Gerardo Vera lo ha entendido proponiendo una escena elegante, habitada por lo imprescindible. Y que se siente vacía, como la protagonista y como ese armario de perchas colgadas que centra la habitación. Ha tenido el acierto de prologar las obras con unas imágenes cinematográficas en blanco y negro, proyectadas sobre una cortina que luego atravesarán los músicos de la orquesta, y que se cargan de intensidad mientras se deja ver a las actrices absorber el personaje durante el maquillaje. Pero hay un cierto temor a lo ausente. Vera lo salva poniendo música grabada a la obra teatral de Cocteau, como acompañando la soledad. Luego funde la megafonía y el sonido en vivo de la orquesta en un continuo heterogéneo, y aún en el cambio del teatro a la ópera, transforma el escenario añadiendo algunos elementos y diapositivas que crean un innecesario barroquismo. Quizá ahí ese miedo inconsciente al silencio, es el miedo a la música, a su capacidad para explicar todo allí donde la voz deja de ser humana para parecer inanimada. Como la del teléfono al que no se escucha pero que se entiende, que se desprecia y que se desea muerto. Tanto como esa mujer que si lo está es de amor.