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6 Opinión MARTES 27 9 2005 ABC AD LIBUM TRIBUNA ABIERTA EUGENIO M. RECIO PROFESOR HONORARIO DE ESADE LA MINIEXPO DE ZARAGOZA UNQUE hoy menos que ayer, cuando una Exposición Universal era capaz de levantar una Torre Eiffel en París o crear un paisaje urbano como el barcelonés de Montjuich, este tipo de encuentros internacionales han servido de espuela para que muchas grandes ciudades del mundo, de Chicago a Londres pasando por Bruselas u Osaka, se pusieran al día y trataran de deslumbrar a sus equivalentes. Seguramente fue Sevilla, en el 92, el broche de oro que cerró un ciclo que ha durado siglo y medio, desde la Expo de Londres de 1851, y que ahora, en un mundo globalizado y televisual tiene, de tener alguno, mucho menos sentido. Al hilo de aquel gran inM. MARTÍN vento de las Expo surFERRAND gieron, con distintos formatos y con ánimo de lucro para sus promotores, remedos voluntariosos como, por ejemplo, las Exposiciones Internacionales: más de lo mismo, pero con el límite de las monografías y del tiempo que, de los seis meses de las Universales, pasa al trimestre de las Internacionales. Zaragoza será, en 2008, una muestra de estas últimas, aunque las informaciones que, promovidas por su ayuntamiento, inundan las redacciones informativas de medio mundo favorezcan el equívoco y utilicen indistintamente lo de Universal e Internacional dos dimensiones muy diferentes. Los grandes expositores en este tipo de eventos trabajan ya, clausurada la Exposición Universal de Aichi, Japón- -con un balance cortito de visitantes extranjeros- en la también Universal de Shanghai, que dadas las circunstancias políticas, económicas y sociales por las que atraviesa la China inventora del comunismo de mercado será un acontecimiento grande. Algo que, en principio, no beneficiará la miniexpo- -Internacional- -que Juan Alberto Belloch prepara para su ciudad, centrándola en el agua que los aragoneses racanean al resto de los españoles y en el desarrollo sostenible. Es fácil entender que los políticos, sea cual fuere su ámbito de actuación, no dejen de buscar medallas que prenderse en la pechera para mejorar su imagen de cara a los próximos comicios a los que deberán someterse; pero eso, también, debiera tener su límite. En este caso, el de la rentabilidad y el aprovechamiento ciudadano de las elefantiásicas inversiones que suponen para una ciudad este tipo de acontecimientos. Belloch quiere poner a Zaragoza en el mapa del mundo y eso está muy bien; pero cuando Belloch proyecta- -piénsese en la reforma de Código Penal- -hay que echarse a temblar. Zaragoza es, desde antes de su actual alcalde, una de las grandes ciudades españolas. La duda es si puede permitirse el lujo de una descomunal inversión para sólo una Exposición Internacional. La respuesta nos la dará el resultado del invento; pero, con una inversión equivalente, ¿no habrá en la capital del Ebro otros proyectos de mayor interés económico y social? A SUSPENSO EN COMPETITIVIDAD El último informe del Banco de España refleja la pérdida de competitividad de la economía española Para cambiar esto, no basta- -afirma el autor- -mejorar la productividad si esa mejora no se traduce en una reducción de precios L deterioro de la Balanza Exterior, que ha situado en niveles históricos sus déficits en 2004 y continúa aumentándolos en los cuatro primeros meses de 2005, según el reciente Informe mensual del BE, refleja la pérdida de competitividad de la economía española y justifica que se convierta su mejora en uno de los objetivos prioritarios de la política económica. La realidad de esta situación está corroborada por el último Informe anual sobre la competitividad mundial (IMD World Competitiveness Yearbook 2005) que elabora el Instituto para el Desarrollo del Management con sede en Lausana. Según sus datos, en una lista de sesenta países, España ha descendido en 2004 del puesto 31 al 38 en el ranking mundial de competitividad. Los problemas de competitividad en la economía española no son nuevos, aunque en política económica es muy frecuente la amnesia histórica y se presenta como actual lo que, podríamos decir, viene ocurriendo desde tiempos remotos. Las que sí pueden tener aspectos novedosos son las manifestaciones de esa falta de competitividad y los medios disponibles para mejorarla, cuando ha cambiado el entorno. Como es frecuente la confusión de conceptos cuando se habla de competitividad, es importante tener claro que hay dos elementos básicos y permanentes, alrededor de los cuales gira toda su problemática: el producto, incluida la forma cómo se ofrece en el mercado, y el precio. En el producto influye la innovación tecnológica, que determina su utilidad, calidad y novedad, y en esta materia tenemos una asignatura pendiente desde siempre y, dados los planteamien- E tos que se están haciendo para la reforma del sistema educativo, hay motivos para dudar de que la podamos aprobar en poco tiempo a pesar del Programa INGENIO 2010, presentado a finales de junio al empresariado por el presidente del Gobierno- ¡la auténtica sociedad del conocimiento no es la especialidad de nuestra cultura! El retraso que sufre nuestro país en I+ D no es tampoco algo exclusivo de nuestros días, aunque quizás ahora, y por el influjo de la Cumbre de Lisboa, hayamos tomado más conciencia y estemos dispuestos a poner los medios para superarlo, con tal de que no se olvide que sus efectos exigen un período más bien largo de maduración. En cambio, por lo que se refiere a la forma de ofrecer los productos- -lo que podríamos llamar el marketing internacional -las perspectivas son más favorables, porque en esta materia tenemos un buen nivel y, sobre todo, estamos bien capacitados para conseguir el grado de excelencia. La determinación de un precio para competir es un proceso complejo, que puede ser muy afectado por los cambios del entorno en cuanto a la selección de los medios para gestionarlo. Tampoco en los precios hemos conseguido muchos aprobados a lo largo de nuestra historia económica y nuestra integración en la zona euro nos plantea nuevos problemas. Cuando teníamos nuestra propia moneda, el frecuente recurso a la devaluación de la peseta compensaba el diferencial de inflación de nuestros productos en relación con el de nuestros potenciales compradores y, de esta manera, podía-