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ABC LUNES 26 9 2005 Economía 79 JUAN VELARDE FUERTES LA AGRICULTURA, COMO LUJO POSIBLE ería estúpido pretender ignorar que la actual agricultura española está a punto de sufrir una acometida fortísima. La que se denominó con justeza agricultura tradicional española por el profesor Santiago Roldán, duró desde la desamortización y los proteccionismos agudizados por Cánovas del Castillo, hasta devenir en el resultado de intervencionismos excluyentes de productos extranjeros, aparte de incluir subvenciones del Sector Público para determinadas producciones, hasta que la industrialización del periodo 1950- 1960 lo desbarató todo. La fuerte subida de los salarios obligó a una sustitución de factores productivos que obligó a una mucho mayor capitalización del campo, y simultáneamente, a la aparición de un excelente conjunto empresarial al frente de las explotaciones; a la aparición de economías de escala, a causa de la ampliación de la parcela media; a la racionalización, a través, esencialmente, del Forpa, del Senpa y del Iryda de las ayudas estatales; a la creación de un orden financiero agrario, sobre todo con el Banco de Crédito Agrícola y la red cooperativa del crédito de las Cajas Rurales, y a la creación de un orden jurídico especial, sobre todo en relación con los arrendamientos. Esta nueva agricultura se cambió radicalmente con el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, a partir de 1985. Pronto el impacto de la Política Agrícola Común se dejó sentir muy favorablemente sobre nuestros campesinos en sus rentas. Las investigaciones que no mucho después hizo el profesor Pena Trapero sobre sus ingresos, dejaban las cosas claras en este sentido. Pero el sistema existente no era estable, a pesar del notable éxito diplomático de Aznar en la cumbre de Berlín, que me parece que no fue valorada por la opinión española de acuerdo con lo que supuso. Existían varios nubarrones importantes. El profesor Jaime Lamo de Espinosa señaló rápida y agudamente lo que iba a significar la apertura al Este, con la incorporación al ámbito de la Unión Europea de los nuevos Estados miembros. Por un lado, significaba la aparición de competidores hasta entonces inexistentes dentro del propio ámbito comunitario. Por otro, se aprecia una pugna con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, porque se exigía una severa política presupuestaria a una serie de países contribuyentes netos- -también por el lado de la Política Agrícola Común- -que se encontraban con que, a causa de la ayuda a labradores polacos o españoles, tenían que reducir las prestaciones del propio Estado de Bienestar. Añádase que Gran Bretaña, que había logrado, por la S energía de la señora Thatcher, recibir la contraprestación de su cheque, no iba a renunciar a él. Si este nubarrón endógeno era muy serio, no lo era menor el exógeno. Los países en vías de desarrollo y la política básica de la Organización Mundial de Comercio, como heredera del GATT (Acuerdo General de Tarifas y Comercio) coadyuvaban a crear tres frentes antiPAC. Por una parte, con toda su formidable capacidad de presión- -yo la contemplé en un despacho anejo a un Congreso de una de nuestras grandes organizaciones agrarias- -se encontraban los Estados Unidos. No se puede despreciar el papel de los grupos de presión rurales de este país. Mucho menos el que el comercio exterior norteamericano tiene un déficit formidable, 723.400 millones de dólares es el soportado en los doce meses que concluyen en junio de 2005, y busca aliviarlo por todos los medios. Por otro lado, está el grupo exportador iberoamericano- anglosajón, con asimismo bastante capacidad de presión. Brasileños, argentinos, australianos, neozelandeses, canadienses, están al asalto de la fortaleza europea. Finalmente, están los tradicionales países subdesarro- El esfuerzo de la economía española a lo largo del siglo XX nos puede permitir el lujo de ayudar a una agricultura bastante parecida a la actual llados, desde Ecuador a Camerún, pasando por Indonesia o Birmania. Echan por delante a sus pobres, y consideran que el egoísmo europeo es intolerable y desde la ronda de Doha, es evidente que han abierto una brecha importante e irreversible en el castillo de la política agraria de la Unión Europea. Si esto es así, ¿se debe abandonar toda esperanza para nuestra agricultura? Porque su porcentaje en el año 2004 fue el 2,79 a precios de mercado, del PIB, ¿debe comenzar a tender a cero? Sería un disparate. En primer lugar, existe un efecto precaución ante un conflicto, que, con todo lo remoto que pueda parecer, no debe ser olvidado. Pero, aun si eliminamos eso- -con la nota de que la ley de King castiga las buenas cosechas, con lo que es preciso algún tipo de ayuda para que si se logran, no se abandone la producción rural- queda otro argumento. Una economía, con más de 20.000 dólares de PIB por habitante, en paridad de poder de compra, como es la española, aceptablemente bien distribuida además, ha de poder de permitirse lujos. Estos suponen, siempre, abandonar óptimos económicos. Se trata de una política que hay que calificar de habitual. Para equilibrar el presupuesto ningún político- -salvo Castro, que ha liquidado la riqueza pictórica cubana- -haría almoneda de las Meninas velazqueñas, de las Majas de Goya, o de la Dama de Elche. Pues lo mismo sucede con el campo. Basta recordar los trigales castellanos a la luz de Unamuno; los olivares jienenses a la de Antonio Machado; las praderías del País Vasco a la de Baroja, y así sucesivamente. Por otro lado, ¿qué supuso, desde el punto de vista del equilibrio social español, el freno a la desertización del campo, como expuso Benjamín García Sanz en sus luminosos trabajos? Röpke ha hablado de por qué el mercado puro y simple no debe actuar en la agricultura. Lisa y llanamente, el esfuerzo de la economía española a lo largo del siglo XX nos puede permitir una fiesta, un lujo. Este debe ser el de ayudar a una agricultura bastante parecida a la actual. No se alcanza así, por supuesto, nuestro máximo PIB. Además, molesta a otros países. Pero, ¿hasta dónde debe llegar la solidaridad con pueblos, con Administraciones radicalmente corruptas, ineptas y demagógicas? ¿Hasta eliminar esa fiesta que es contemplar desde las plataneras canarias hasta las pomaradas asturianas, desde la ganadería brava, que no sólo vive de las corridas de toros, a las huertas levantinas, porque también los agrios están amenazados? Por otro lado, la liquidación del mundo campesino, significa borrar un acervo riquísimo de tradiciones, de cosas, de valores que aun perduran en él. De ahí que la Iglesia católica, en su Doctrina Social, defienda la persistencia del mundo agrario a partir de Pío XII y su Al vivo compiacimento donde se lee que el campo sigue siendo hoy una de las reservas más valiosas de energías físicas y espirituales Liquidar, o no, al campo; aceptar, o no, el lujo de tenerlo: he ahí una gran opción nacional.