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ABC DOMINGO 25 9 2005 Los domingos 55 El Ángel de la muerte Hacía tiempo que no hablaba de él pero Simón Wiesenthal vivió gran parte de su vida obsesionado con la captura de Josef Mengele, el Ángel de la muerte del campo de concentración de Auschwitz. Le persiguió, le rodeó pero no pudo dar con el doctor que seleccionaba a los detenidos del campo no aptos para el trabajo y sí para ser asesinados en las cámaras de gas. Mengele se me aparece en sueños, he de reconocerlo, y nunca he superado el fracaso de no haberle podido capturar antes de su muerte reconocía una y otra vez Wiesenthal, quien se sentía profundamente culpable de no haber respondido a los deseos de miles y miles de familiares de víctimas del Holocausto. El doctor Mengele se escapó de todos los acosos judiciales a que fue sometido. Saltó de Italia a Argentina, pasando por España; de Argentina a Paraguay, de Paraguay a Brasil. Siempre con identidad falsa, siempre disfrazado, maquillado, retocado. Wiesenthal encontraba una pista aquí; seguía un detalle allí; intuía un camino por allá; se perdía en un atajo por acá. No pudo dar con él. Y nunca se ha tenido certeza absoluta de la suerte final que corrió el Ángel de la muerte convertido en un fantasma sin cadenas para el cazador de nazis. La teoría más manida es que murió ahogado en Brasil, donde fue enterrado con el nombre de Wolfgang Gerhard, uno de los muchos que utilizó a diestro y siniestro durante su prolongada huida de la Justicia internacional. No será fácil tampoco que Wiesenthal pueda dar ahora con él. Y es que no se sabe a ciencia cierta cómo está el tráfico en las sinuosas carreteras que llevan del cielo, donde descansa uno, al infierno, donde arderá el otro eternamente. La esposa de Wiesenthal fue clave en su trabajo AFP pado en 1948 de una cárcel austríaca y pasó por Italia y Siria hasta llegar a Brasil en 1952, fue capturado en este último país y llevado a Alemania en 1967, donde murió en la cárcel tras haber sido condenado por un Tribunal a cadena perpetua por el homicidio colectivo de 4.000 personas. Lyon tampoco se libró de la tenacidad de Wiesenthal. Condenado a muerte en ausencia en 1954 por una Corte marcial de Lyon por sus crímenes como jefe de la Gestapo entre 1942 y 1944, escapó en 1951, bajo el nombre de Klaus Altmann, para refugiarse en La Paz. Las pesquisas de Wiesenthal le delataron, pese a su nacionalidad boliviana. Fue extraditado en 1983 a Francia, y condenado por crímenes contra la humanidad a cadena perpetua. Murió en 1991. No descansó tampoco Wiesenthal hasta dar, en los años 70, con los huesos, bajo el Puente de los Inválidos en Berlín, de Martin Bormann, uno de los más estrechos colaboradores de Hitler y responsable de la aplicación de la eutanasia masiva en el programa de selección racial de los nazis. Borman fue condenado a muerte en el juicio de Nuremberg pero logró vivir huido varias décadas en Europa y América. Acosado y sin más capacidad para aguantar la presión, Borman ingirió cianuro. Los he encontrado y he sobrevivido a todos dijo con el tiempo Wiesenthal cuando el paso de los años hacía casi imposible localizar a más criminales de guerra nazis vivos, por otra parte demasiado viejos ya para poder siquiera ser llevados a juicio. Valerian Trifa Valerian Trifa, uno de los máximos responsables de la Guardia de Hierro fascista de Bucarest, quien fomentó la masacre de judíos en Rumanía, fue otra de sus capturas más sonadas. Trifa se refugió en Estados Unidos, donde vivía de manera plácida como arzobispo del Episcopado Ortodoxo rumano en Michigan hasta que fue localizado por la lupa del detective austríaco de origen ucraniano. La Justicia norteamericana tomó cartas en el asunto: los artículos publicados en The New York Times parecieron suficientes para a detener primero y deportar después a Trifa a Portugal, donde fue encarcelado en 1984 y murió tres años después. Wiesenthal siempre tuvo a la Prensa como aliada, lo que le hizo más popular de lo que en un principio él nunca había imaginado. Todo, en cualquier caso, por su noble causa. Aribert Heim El caso más notable, sin duda, el de Aribert Heim, médico del campo de Mauthausen, el mismo del que sería por fin liberado Wiesenthal en 1945. Heim, que según fuentes del Centro Wiesenthal en Israel, podría haber permanecido refugiado en España bajo identidad falsa, asesinó a centenares de personas en experimentos para mejorar la raza Con la muerte de Wiesenthal esta semana no ha desaparecido una persona cualquiera. Este judío vivió cada día de su existencia, tras la II Guerra Mundial, con una misión que llevó adelante a cabo con creces. Algunos detractores le tacharon de oportunista; criticaron su afán de protagonismo; le señalaron con el dedo por prestarse a series de televisión, pero ninguno, ni siquiera ellos, olvidarán en el futuro la lucha infatigable contra la pérdida de memoria y la impunidad de este cazador solitario, con el talego lleno de presas. Pedía una cosa, dinero. Mucho, 25.000 dólares de la época, a cambio de información preciosa para capturar a Franz comandante de los campos de concentración de Treblinka y Sobibor. Wiesenthal no supo qué hacer. Por un lado, no disponía de esa suma, a lo más que podía llegar era a 7.000 dólares. Por otro, se trataba de dar dinero a un informador que en su día había colaborado con los nazis. Tenía tres opciones: reunirme con él sólo para mirarle a la cara y poder decirle que no; estrangularle o negociar con él. Escogí la tercera porque pensé que la captura de un criminal de guerra como justificaba el pago confesaría Wiesenthal años después. La información se demostró tan fehaciente y concreta que el comandante del campo de la muerte de Treblinka, quien había esca- Klaus Barbie Klaus Barbie, el carnicero de Karl Silberbauer: ordenó la detención de Anna Frank Aribert Heim, médico del aterrador campo de Mauthausen Josef Mengele, el Ángel de la muerte de Auschwitz