Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
32 Internacional UN NUEVO HURACÁN CONTRA EE. UU. DOMINGO 25 9 2005 ABC Tras una traumática estancia en el estadio Superdome donde más de 10.000 pesonas permanecieron hacinadas durante días, las escenas del gimnasio del instituto Waltrip resucitan los fantasmas de aquella experiencia Memorias recientes de Nueva Orleáns TEXTO: MERCEDES GALLEGO. CORRESPONSAL HOUSTON. ¡Buenos días Vietnam! La voz retumbó fantasmagórica en el silencio de la madrugada. La mayor parte de las 300 personas que habían encontrado refugio en el gimnasio del instituto Waltrip apenas acaban de conciliar el sueño. No es fácil hacerlo en el suelo pelado, rodeado de vagabundos y drogadictos, con las imágenes del Superdome rondando en la memoria de todos. Afuera, los vientos huracanados del Rita que al final resultó ser benevolente con la ciudad de Houston, habían tumbado los postes de la luz. John Andrew, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, seguía contando en voz alta y a toda velocidad sus estremecedoras historias, ahora sobre la guerra de Corea. Serpientes en el cuello, el tío Louis que ha perdido una pierna, el machete en la mano. ¡Cállate! le gritó alguien malhumorado. ¡Cállate tú o te mato! le respondió agresivamente. El murmullo de los que se iban despertando con el vociferio se apagó de golpe, y su voz volvió a retumbar en un silencio tan tenso que se podía cortar a cuchillo. ¡Os voy a matar a todos! Se encendió una linterna y alguien escapó del gimnasio. ¡Eso, vé a avisarles, no pueden hacer nada! Ellos me han dejado entrar y ahora van a tener que lidiar conmigo siguió la voz. La luz de emergencia se encendía y apagaba intermitentemente. Esperábamos ver entrar en cualquier momento a los agentes de Policía que custodiaban el refugio para llevarse al desequilibrado que nos atemorizaba a todos, pero no entró nadie. Dos agentes aguardaban al otro lado de la puerta sin tomar parte en la escena. Poco a poco, la voz de John Andrew, un joven de 31 años con síndrome bipolar que nunca ha estado en Vietnam ni en Corea, fue bajando de volumen, como a una radio a la que se le van acabando las pilas. ¿Cuándo fue la última vez que te tomaste tu medicación? le preguntaría después uno de los agentes, en cuyas manos resultó ser un corderillo. No me acuerdo El vagabundo al que le faltaba un brazo y una pierna se tiró un sonoro pedo, pero nadie se rió. Ni siquiera la drogadicta a la que el crack ha dejado sin dientes, y que se pasea medio desnuda ofertando su cuerpo para pagar la próxima dosis. La galería de este museo del horror que llegó al anochecer en uno de los autobuses de evacuación, acompañados de los que se quedaron sin coche o sin gasolina para huir, es sólo una pequeña muestra de lo que ocurrió en el Superdome de Nueva Orleáns. Al cabo de dos días sin medicinas ni drogas, los pandilleros y vagabundos se tornaron en animales que violaron a niñas frente a sus madres y golpearon a ancianos hasta la muerte. Nada que uno quiera recordar dice con dureza una mujer de color, sentada en una esquina junto con otros refugiados de Nueva Orleáns. Al principio Houston fue una buena opción para ellos. Las autoridades resultaron aquí más eficaces en la distribución de ayuda entre los damnificados, pero la estampida que desató el jueves la llegada del huracán Rita les hizo lamentar su decisión. La mujer, que no quiere dar su nombre, admite que dudó mucho antes de volver a meterse en un albergue, temerosa de revivir el infierno. Una vez dentro no se puede salir. A ratos los policías anuncian a gritos diez minutos para acompañar a los fumadores al porche, y algunos aprovechan para librarse por unos minutos del pestilente olor que acarrean otros. Nos vamos a Austin No armas, drogas, alcohol, navajas ni objetos punzantes, ¿entendido? La agente de Policía, con los brazos en jarra y las manos en las cartucheras, repetía la advertencia a voz en grito la tarde antes, frente a la cola de entrada. Sus compañeros apuntaban a mano los datos de quienes allí ingresaban y los registraban concienzudamente. ¿Pero no nos iban a llevar a Austin? preguntaban asombrados los que se acababan de bajar de un autobús. El agente Humberto Arjona contaba divertido que a algunos los habían traído engañados. Los conductores tenían órdenes de llevarse a los que quedaban por los barrios relataba. La gente les preguntaba: ¿A dónde nos va a llevar? Y ellos les contestaban: ¿A dónde quieren ir? A Austin le dijeron los primeros. ¡Pues súbanse que nos vamos a Austin! Así es cómo se corrió la voz El detective reconvertido a patrullero por una noche admite que casi no hay comida. No nos han alimentado ni a nosotros en todo el día Las provisiones por cabeza son una colcha blanca, una caja de zumo de mango, una manzana, galletas saladas y un botellín de agua. Guarden el envase para No armas, drogas, alcohol, navajas ni objetos punzantes, ¿entendido? advertía una agente de Policía rellenarlo advierte el que los reparte. Algunos de los refugiados vienen del aeropuerto, cerrado por la tormenta. Otros son los últimos de Galveston, el condado costero donde inicialmente los meteorólogos situaban el impacto directo del huracán. Es el caso de Judy Davis, que se define como parte del grupo de necesidades especiales que requería asistencia para evacuar. Su problema, como el de toda su familia, incluyendo a su sobrina de ocho años, es una obesidad descomunal que no les deja ni moverse. Ésta es su segunda estancia en un albergue, y la experiencia le ha enseñado a llenar los maletones que les acompañan con todo lo que quieran conservar en la vida, porque cuando vuelvan, como en 1981 tras el huracán Carla puede que no quede nada. Desde entonces no tenemos casa. Vivimos un tiempo de prestado y ahora de alquiler dice. Esta vez todo parece indicar que sus cuatro paredes seguirán en pie, pero las autoridades les han recomendado que no se apresuren a volver hasta que no logren restablecer los servicios básicos de agua y electricidad. No ayudarán a la ciudad si lo intentan advirtió. Un grupo de residentes de Luisiana, evacuados ayer por las inundaciones provocadas por Rita