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96 Los sábados de ABC SÁBADO 24 9 2005 ABC DIARIO DE UNA TRAVESÍA La cubierta de proa del CanMar Pride desde el puente de mando (Viene de página anterior) neos como las calles y avenidas. Un Manhattan portátil. Para completar el efecto, un rumor constante de tenedores y turbinas. ciente combustible para cruzar el Atlántico y volver a Montreal. A toda máquina, el CanMar Pride consume ochenta toneladas al día. Lleva una carga de 1.657 contenedores. DÍA 2 Viernes Del quinto puente, donde se encuentra nuestro camarote, junto al capitán, bajo al primero a buscar agua fresca. No se ve un alma. Son casi las tres de la madrugada y aunque no se puede decir que el barco duerma (la actividad es febril en el muelle y las bodegas) en esta zona de recámaras reina la tranquilidad, las escaleras, con su simbiosis de linóleo, acero, goma y metal, en tonos de un gris acerado, marítimo, de finales de los años cincuenta, recuerda a un astillero y a la ONU. El olor es una combinación de gasoil, salitre, cabrestante y dril, óxido, estopa y viento marino. DÍA 4 Domingo Zarpar. Parece que será por fin de madrugada. Hay puertas azarosas, plagadas de advertencias de peligro en seis idiomas. Como si tras ellas se ocultara una muerte segura. Pero la frase más convincente es la que ordena que nunca se entre a solas. Tras volver de Montreal, la sensación de estar en casa se acentúa cuando atravesamos la primera puerta estanca y nos limpiamos las suelas en un saco de yuca. El olor es una combinación de gasoil, salitre, cabrestante, dril, óxido, estopa y viento marino DÍA 3 Sábado Seguimos sin soltar amarras. Pero hoy hemos cargado más de un millón de toneladas de fuel. Un barco cisterna abarloado a estribor nos dejó sufi- DÍA 5 En medio de la corriente del río San Lorenzo, entre Quebec y el mar. Lunes Todavía no hemos llegado a mar abierto, pero ya sabemos por qué prácticamente todo a bordo está atornillado y para abrir los 19 cajones del camarote hay que vencer un tope en su base: todo vibra. Hasta el punto de que en una estancia sin ventanas uno podría llegar a pensar que se encuentra en un tren. Un fabuloso tren de mercancías. Seguimos las operaciones como niños de excursión. Sin perder detalle. Vimos cómo plegaban la escalerilla que nos mantenía ligados a puerto: a tierra firme. A América. Y cómo en el último minuto embarcaron dos hombres con el único equipaje de una mochila. Pensamos que eran pasajeros de última hora. Hasta que los vimos en el puente de mando. Eran los prácticos. Dos nos guiaron hasta las cinco de la tarde, entre Montreal y Quebec, donde fueron reemplazados por George y François. Fue George el que puso sobreaviso a un amigo que vive en la ribera y suele saludar a los navíos con la bandera e himno mediante altavoces orientados a la corriente del anchuroso San Lo- renzo. Después de la enseña india y su himno, vimos cómo izaba la bandera española y sonaba a todo trapo una insólita versión cantada del himno nacional que parecía un canto legionario. Al sexto puente, el de mando, se sube por un tramo iluminado por un fluorescente rojo: luz de revelado. Como si fuéramos a asistir a un descubrimiento. La puesta de sol nos alcanza antes de avistar Quebec. El sol se tinta de violetas y cadmios que enfrían el río. Es un astro del norte que recuerda a los atardeceres que solía pintar Edvard Munch: como un signo de admiración. Como si quisiera alertar sobre los enigmas de la noche. Hacia ella nos deslizamos. Navegar es necesario. DÍA 6 Canal de Anticosti, 49 50 Norte, 060 56 Oeste. Martes A las doce de la noche tenemos que adelantar los relojes una hora. Sesenta minutos más cerca de Europa. Y dentro de unas horas, al amanecer, saldremos por fin a mar abierto, después de atravesar el último estrecho, el de la isla Bella, entre la península del Labrador y el norte de Terranova. Esta vía sólo está expedita en la primavera y verano: los hielos la bloquean durante buena parte del invierno. Debido a la curvatura de la Tierra es el camino más corto a Europa. A popa, en la distancia, vislumbramos lo que parece un fuego en el mar: una humareda rojiza. Preguntamos al oficial de guardia: Es nuestro propio humo. Apenas hay viento y el humo de nuestra chimenea se acumula en el horizonte Al atardecer el mar adquiere una textura entre mineral y oleaginosa, de basalto, hule, petróleo. Al menguar la luz y apagarse la gran pantalla reflectora del cielo, el mar acentúa su lomo de toro, su negrura. Los días parecen largos, pero no lo son. Entre comidas, exploraciones, lectura, puente de mando, partidas de ping- pong, preguntas a oficiales y marineros y escudriñar cada sonido y todo horizonte, es como si en realidad no hubiera tiempo para nada. DÍA 7 Atlántico Norte (cuenca del Labrador) 52 42 Norte, 049 15 Oeste. Miércoles El río. El estrecho. Mar abierto. ¿Cuál es el próximo hito en medio del océano que se extiende infinito y curvo en todas direcciones? La óptica no resuelve el enigma. Pero sí un