Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
58 Cultura SÁBADO 24 9 2005 ABC TEATRO Flor de otoño Autor: José María Rodríguez Méndez. Dirección: Ignacio García. Versión: María José García. Escenografía: Cecilia Hernández Molano y Natalia de la Torre. Vestuario: Rafael Garrigós. Iluminación: Mario Gas y Paco Ariza. Intérpretes: Fele Martínez, Jeannine Mestre, Roberto Mori, Trinidad Iglesias, Vicente Díez, Cesáreo Estébanez, Pep Sais, Paco Maestre, Francisco Piquer y Juan Calot, entre otros. Lugar: Teatro María Guerrero. Madrid. CLÁSICA Orquesta de Extremadura Obras de Glinka, Rachmaninov, Marco y Braga Santos. Intérpretes: Jorge Luis Prats, piano. Orquesta de Extremadura. Director: Jesús Amigo. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid. Fecha: 22- IX ALTERNATIVA ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE SOMBRAS Y NIEBLA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN eintisiete años después de que el Centro Dramático Nacional levantara por primera vez el telón con Bodas que fueron famosas del Pingajo y la Fandanga vuelve al escenario del María Guerrero una obra de José María Rodríguez Méndez. Demasiado tiempo para un autor tan estimable y cuya producción ha continuado creciendo desde aquella ya lejana fecha. Para este regreso se ha escogido una de sus mejores obras, ese abigarrado retablo de lo canalla, la libertad y la muerte que Pedro Olea llevó al cine, también en 1978, con el título de Un hombre llamado Flor de Otoño y que se representó en el Teatro Español en 1982; su más reciente revisitación se había producido en 2003, en el barcelonés Teatro Artenbrut. El argumento sumamente sugestivo mezcla la Barcelona burguesa de los años 30, el mundo de los sórdidos cabarés y los violentos ambientes anarquistas, tres estratos unidos por las puntadas vitales de un gran personaje que aúna aquel binomio tan recurrente de libertad y libertinaje: el del joven abogado aristócrata que se traviste en el mundo de la noche- -donde es aplaudido como Flor de Otoño- -y que también siembra de panfletos libertarios el patio de butacas del Liceo. Una singular confrontación entre el esclerotizado orden V Fele Martínez y Paco Maestre, en uno de los ensayos establecido, la transgresión sexual y la subversión política, que Rodríguez Méndez aborda en un soberbio ejercicio de escritura dramática, uno de cuyos méritos no menores es el de no idealizar ninguna de las esferas que visita: los burgueses son ridículos y feos; los pobladores de la noche, canallas peligrosos, y los anarquistas, brutales y sombríos. Un turbulento y explosivo friso de contrastes sociales. Para presentar este bullente universo, Ignacio García ha elegido un solemne, frío y lentísimo tempo operístico que aniquila la frescura convulsa del texto, en una adaptación que, salvo la lluvia de panfletos del comienzo, no aporta datos sobre el tránsito del protagonista de los zapatos de tacón y el liguero a la concienciación ácrata. La Barcelona retratada parece en Londres victoriano de Jack el Destripador, pues la profusión de niebla es tal que las toses del público acompañan determinados momentos de la función. La luz de Gas (discúlpenme y que me perdone el aquí iluminador por no haber podido evitar el chiste fácil) es ABC luz que agoniza, muy tenue, un delicado juego de penumbras; brillante, por su parte, el vestuario diseñado por Rafael Garrigós. La mejor baza del montaje es la de la estupenda interpretación de todo el reparto. Fele Martínez realiza una gran creación, perfecto en los cambios de voz con que marca cada ambiente, de la varonil neutra a la acanallada, matizando el intencionado deje queer sin, para entendernos, arrevistar la pluma; lástima que no cante todo lo bien que sería de desear su Cocaína del Bataclán, tal vez la tesitura escogida no case con su voz. A destacar sobre todos esa maravillosa actriz llamada Jeannine Mestre, que encarna a la entregada madre del abogado de triple vida manteniendo un dificilísimo equilibrio entre lo grotesco del personaje y la inmensa ternura que desprende, un gran trabajo que sabe comunicar la emoción superando la caricatura de digna dama burguesa. Trinidad Iglesias, que interpreta con gracia e intención varios cuplés de tránsito entre escenas, fue también muy aplaudida. FLAMENCO Paco de Lucía Guitarra: Paco de Lucía. Segunda guitarra: Niño Josele. Cante: Duquende, La Tana y Montse Cortés. Bajo eléctrico: Alain Pérez. Armónica: Antonio Serrano. Percusión: Piraña. Lugar: Plaza de Toros de Las Ventas LA MÚSICA MÁGICA DE PACO DE LUCÍA MANUEL RÍOS RUIZ U na vez más Paco de Lucía ha triunfado rotundamente. Nunca tuvo un artista flamenco mayor número de seguidores y jamás una popularidad tan grande a medida internacional en el ámbito del género estuvo tan justificada. La magia de su guitarra es tan sugestiva, tan sugestionadora, que toda sensibilidad propicia a la buena música, se siente atraída escuchándola. Al margen de su técnica, de su virtuosismo interpretativo, cualidades tan importantes en su quehacer gustoso, y tan cautivadoras por descontado, la originalidad de sus creaciones, su sonido, la forma de armonizar los estilos, sumerge al escuchante en una sensación un tanto inefable, entre el gozo y la ansiedad. Gozo, porque realmente satisface percibirlas, y ansiedad, porque en cierto sentido nos envila el ánimo, porque nos sentimos un tanto deseosos de asumirla en toda su dimensión, para que no se nos escape ni un arpegio. Su concierto, basado en el repertorio de su último disco, adornado con algunos de sus temas más emblemáticos, ha sido triunfal como de costumbre. Los estilos, aunque se repitan, ofrecen siempre un aire distinto, una variante que los distingue, sobre todo en los más festeros, en los tangos y las bulerías. Lo cual deja patente que la capacidad de Paco de Lucía, para enriquecer a la música flamenca es asombrosa. Aparte de que no deja de improvisar, de crear sobre lo creado y sobre la marcha. Por lo que aunque el programa sea, sobre el papel, igual que en actuaciones anteriores, en realidad continuamente se nos ofrece una falseta nueva, un trémolo inusitado, un acorde maravillante. Y con Paco de Lucía un elenco especial, formado con artistas de valía, desde la segunda guitarra, la de Niño Josele, hasta la percusión a cargo de Piraña, pasando por las voces cantaoras y los instrumentistas. Y todos sus componentes, tienen ocasión de lucirse, porque el maestro, en el pasaje oportuno, les da sitio, como debe ser. Una vez más, repetimos, Paco de Lucía ha triunfado rotundamente con su mágica música flamenca. El clamor del público lo atestiguaba. uede sentirse orgullosa la Comunidad extremeña con su flamante orquesta. De hecho, se siente. Lo ha demostrado con la presencia de muchos oriundos de la región en su primer concierto madrileño, y más aún con su contagioso entusiasmo. Se aplaudió, se hicieron fotos y se disfrutó con la música hecha por quienes tan sólo tienen cinco añitos aunque manifiesten empaque y atributos propios de la madurez. Hay gordura en su sonido, unidad en la cuerda, voluntad de protagonismo de todas las familias instrumentales y una peculiar presencia del viento. También deseos de emular a las orquestas de renombre que salen de gira dispuestas a apabullar. De ahí el eclecticismo de un programa que se remató con las inevitables danzas húngaras y que partía de la brillante obertura de Ruslan y Ludmilla de Glinka. En ambos casos dichas con autoridad, coherencia narrativa y comprimida textura sonora. Un resultado que mucho debe a su director, Jesús Amigo, siempre riguroso en las formas, seguro en el podio y severo con el resultado. No bajó el listón a la hora de acompañar al pianista cubano Jorge Luis Prats el segundo concierto de Rachmaninov. Ahí, orquesta y solista procuraron caminar juntos y buscar una respiración común preocupándose por la continuidad antes que por soltar alas imprimiendo anchura a la embaucadora expresividad de la composición. Prats, que se emborrachó de música ofreciendo fuera de programa obras de Cervantes y Lecuona, demostró ser más virtuoso que comunicador, mejor ejecutante que fino estilista. Es verdad que estuvo ante un piano impropiamente afinado. Se presentaba también en la capital la Sinfonietta núm. 2 de Tomás Marco, Curvas del Guadiana en donde, emulando el título, el autor se afianza a su habitual atematismo para dejar asomar modelos musicales de procedencia popular al tiempo que se contiene en cierta voluntad minimalista que tiñe un continuo de pequeñas secciones que se encadenan sobre el colchón constante y abundante de la percusión. Todo antes de volcarse en un movimiento final de peculiar ingenuismo formal, eficaz resolución sonora y aún más alegre presencia de lo percutido. Tras ella el ballet Encruzilhada de Braga Santos, ahora recuperado por la Orquesta de Extremadura. El remate de una tarde alegre y novedosa. P