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68 VIERNES 23 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC vaya firmado con un pseudónimo. Es fruto de una conversación, de una llamada telefónica, de una carta o un mail y, a menudo, de textos enviados ad hoc por los lectores. Si hubiera que publicar la firma de tan plural autoría, la firma podría ser casi más larga que la sección. Por lo mismo, supongo, desde mucho antes de que pseudónimos como Tácito se hicieran famosos, en todos los periódicos ha habido, hay, y habrá alguna sección, columna, recuadro firmado con pseudónimo; sin ir más lejos, Marco Aurelio firma uno en el mismo ABC del domingo pasado, e invito cordialmente al señor Iwasaki a que me encuentre algún periódico, nacional o extranjero, donde esa praxis no haya sido o no sea habitual. De modo que no hay ninguna necesidad de esconderse, ni nadie se esconde, ni Alfa y Omega se caracteriza precisamente por esconderse de nadie ni de nada. Y, en todo caso, yo como director de la publicación firmo cada número en la mancheta. Tampoco presume de estar en la verdad simplemente dice que tal cosa, o tal otra, no es verdad. Es falso que el escribidor la emprende con tal persona, o tal otra. Decir que una cosa no es verdad no significa, al menos a mi modesto entender, emprenderla con las personas; ¿para el señor Iwasaki, sí? Una cosa son las personas, siempre respetables, y otra, las ideas. Lo que, en especial, parece haberle molestado al señor Iwasaki es que haya descalificado a la enciclopedia escolar de un medio de la competencia por asegurar que la Tierra, el sol y los otros astros del sistema solar se formaron a partir de una nebulosa de gas y polvo. ¿Qué debería decir entonces? se pregunta el señor Iwasaki, ¿lo mismo que dice el Génesis? Pues verá usted: si de verdad es, o quiere ser, una enciclopedia escolar, no debería decir sólo lo que dice el Génesis, pero también debería decir lo que el Génesis dice: que hubo un Creador. Usted es muy dueño de pensar y de escribir lo que quiera; pero no lo es menos, desde luego, Gonzalo de Berceo, convencido como está de que a una gran mayoría de lectores, entre ellos, a la inmensa mayoría de los de ABC, les parecería francamente más honrado y hasta más científico leer que el Universo fue formado que el Universo se formó Lo único que a eso apostillaba Gonzalo de Berceo era que si se formó él solito... Seguro que don Gonzalo no se sentirá precisamente denigrado por que alguien le llame al pan, pan y al vino, vino. Caridad, ha dicho Benedicto XVI, es comunicar la verdad. Y, lo que más me interesa. Dice Iwasaki que de sus maestros jesuitas aprendió que la fe no debe temerle jamás a la razón, ni al conocimiento, ni a las evidencias científicas. Magnífico: pudo haber aprendido también, porque los jesuitas también lo enseñaban, que la razón no tiene que temer a la fe ni tratar de ocultarla. Fe y razón, lo dijo muy bien Juan Pablo II, en la Fides et ratio son las dos alas del espíritu. Se ve que el espíritu es víctima hoy de una creciente aridez de reflexión y conocimiento ¡Qué pena... MIGUEL ÁNGEL VELASCO DIRECTOR DE ALFA Y OMEGA FE Y RAZÓN Decir que una cosa no es verdad no significa, al menos a mi modesto entender, emprenderla con las personas; ¿para el señor Iwasaki, sí? Una cosa son las personas, siempre respetables, y otra, las ideas... N O puedo estar más de acuerdo con Fernando Iwasaki cuando, en la página 65 de ABC del domingo pasado, y bajo el título Razón y Fe afirma que no corren buenos tiempos para la defensa de la fe y de los valores propugnados por la Iglesia católica A la hostilidad manifiesta de ciertos sectores políticos y gubernamentales, añade, habría que sumar la progresiva secularización de una vida individual árida de reflexión y conocimiento Así es, efectivamente; pero columnas como la que firma en ABC no parecen la mejor manera de contribuir a acabar con la aridez de reflexión y de conocimiento. Por mucho que se empeñe, no me ganará Fernando Iwasaki ni en admiración a las muchas cosas que hacen grande a ABC, ni a lo que en ABC firman Juan Manuel de Prada e Ignacio Sánchez Cámara. Sin embargo, como director de Alfa y Omega el semanario católico de información editado por el Arzobispa- do de Madrid, cuya presencia en los kioskos de toda España hace posible, cada jueves, la sensibilidad de ABC, no puedo estar de acuerdo y no lo estoy con sus apreciaciones, aunque tengo que empezar por agradecerle- -y lo hago con la mayor sinceridad- -que lea y siga tan a menudo y tan atentamente Alfa y Omega Según él, existe un recuadro apócrifo fabuloso, supuesto o fingido dice la Real Academia) que le hace un flaco favor a cuantos defienden con su firma los valores de la Iglesia católica, denigrando de paso la memoria del poeta Gonzalo de Berceo Puedo asegurarle, sin temor a equivocarme, que no piensan eso, desde luego, sino todo lo contrario, la inmensa mayoría de nuestros lectores. En justicia, podría llevar la firma Fuenteovejuna esa sección habitual del semanario titulada No es verdad firmada con el pseudónimo Gonzalo de Berceo Para la correcta información del señor Iwasaki y para tratar de evitar, en los lectores de ABC, eventuales injustos equívocos, conviene que sepan que lo publicado en esa sección no es fruto de alguien en concreto y en exclusiva; de ahí que, a diferencia de todo lo demás que se publica en Alfa y Omega HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITOR DESDE EL CAMPO DEL SUR SCRIBO desde Cádiz en la hora indefinida en que la tarde ha dejado de serlo y la noche no lo es todavía. Me asomo al mar desde la Alameda Apodaca. Alcanzo a ver las luces del Puerto de Santa María. Más lejos aún, las de Rota. He venido caminando desde las Puertas de Tierra, como si lo hubiera hecho por el Malecón habanero. Es verdad que el Malecón guarda algo del Campo del Sur, como es verdad que el Campo del Sur tiene algo de Malecón. Aunque los colores de las fachadas no sean tan vivos. Y aunque al Malecón le falte un cartel que señale el barrio de La Viña. Estoy en Cádiz y miro el Atlántico. Me dejo caer sobre el deseo de que hubiera un saliente en el muro, un tronco de palma o un regazo en que recostarme. En que apurar la tarde y gastar el papel y las ganas de escritura. Otras veces he querido subir hasta el extremo del Malecón donde se abre la entrada de la bahía de La Habana. E Enfrente- -me recuerdo ahora- -tiemblan las luces de la Divina Pastora, más cercanas de las que se adivinan desde el Parque Genovés. No se columpian las barcas, como en la Caleta. En un pequeño muelle sólo espera la lanchita de Regla. Más lejos, en el puerto, se recortan las grúas. Regla y Casablanca son dos repartos de casas bajas, que casi pueden tocarse con los dedos. He vivido estos años entre conceptos falseados de espacio y de tiempo. Ya no sirven las categorías de entonces. Las circunstancias- -los adverbios- -terminan por alterarse. También se alteran los colores del día hasta que nos quedamos sólo con la luz distante. Qué distintas suenan las voces en esta hora: Lejos tarde cerca pronto Y, por encima de todos los adverbios, la premura, la necesidad, la urgencia de reestablecer las referencias. Los anclajes. Los puntos de apoyo. Tal vez porque Cádiz nunca fuera el final del trayecto- -Jerez, primero y, más tarde, el Puerto. Tal vez porque Cádiz fuera uno de los puntos cardinales en las caminatas sobre la arena de Santa Catalina. Lo que hasta ahora- -hasta ayer, apenas- -nos parecía lejano estaba a media hora de tren, tan sólo. Pasa el tiempo Es de noche y apenas se distinguen las olas. Puedo adivinar las linternas mínimas de los barcos de pesca que se afanan a lo lejos. De Matagorda nos llega un rumor ronco de máquinas y motores. De estiba y desestiba. De gente a punto de partir. Huele a mar y huele a llanto. Huele a fuel- oil y huele a astillero. Esto es Cádiz y estoy sentado en el muro que se asoma a la bahía. Pasa un barco y hace sonar la sirena. Pienso que es el Adriano el vapor- -el último vapor- -que regresa al Puerto de Santa María. Tal vez quisiera estar sobre la popa del vapor. Para contemplar desde el mar de Cádiz el muro sobre el que me apoyo. Para contemplar a quienes contemplan el mar desde el otro lado. Para revisar otra vez los adverbios y las categorías. Para renovar los puntos de referencia. Los asideros. Para levar anclas. Y regresar, tal vez, a la tarde que fue. A todas las tardes que han sido.