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ABC VIERNES 23 9 2005 Sociedad 53 Ciencia Mañana se cumple el centenario del nacimiento de Severo Ochoa. Su trabajo, su capacidad para aprender y enseñar y de amoldarse a las difíciles circunstancias de su época, le convierten en un personaje clave de la historia de la ciencia en España Severo Ochoa: aprender y enseñar TEXTO: MARÍA JESÚS SANTESMASES INVESTIGADORA DEL CSIC MADRID. La importancia de Severo Ochoa está en cómo vivió su tiempo, en cómo aprendió de otros y en cómo logró hacer aportaciones al saber biológico. Está en sus viajes, en sus mudanzas, en sus traslados en periodos bélicos- -la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial- Se halla en sus esfuerzos por ir siempre adelante, trabajar mucho sin que su talante lo reflejara. Y se encuentra también en las influencias muy variadas y complejas que recibió de sus contemporáneos: con ellos aprendió a leer y a pensar en la fisiología y en la biología, a buscar y a encontrar apoyos para sacar adelante sus proyectos. Esa comunidad que le enseñó, junto a la que aprendió a experimentar y a preguntar a los experimentos, fue la que pudo premiarle. Sus maestros, sus inspiradores y sus colegas de más edad bien podrían haber querido devolverle, al proponerle para el premio Nobel de Medicina que recibió en 1959, la atención que de él habían recibido. Lo que aprendió de ellos generó investigaciones que llegaron a ser productivas y respetadas en América, en buena parte porque procedían del brillo científico europeo del periodo de entreguerras. Aprender de lo imprevisto Si se había dejado enseñar, había sabido aprender, y el aprendizaje fue la principal actividad de su vida. Aprendió a hacer experimentos y se dejó enseñar por esos mismos experimentos y así pudo descifrar el ciclo de Krebs, en el corazón de la bioquímica de segunda posguerra mundial. Enseñó a sus estudiantes y dejó que éstos le mostraran a él novedades imprevistas. Imprevisto fue el enzima por el que se le otorgó el Nobel; parecía capaz de sintetizar ácidos nucleicos. Que luego resultara ser otra la actividad de esta enzima, no llegó a arrebatarle su carácter pionero. Si la polinucleótido fosforilasa- -ese fue el nombre que Ochoa y Marianne Grunberg- Manago le pusieron- -resultó no ser responsable de la síntesis de ARN, fue herramienta principal en el desciframiento del código genético a partir de 1961. Con él se obtuvieron productos básicos para averiguar de qué forma la secuencia de ADN eran instrucciones para sintetizar proteínas, esenciales para la vida y la reproducción celulares. Tras los resultados de Marshall Nirenberg y Heinrich Matthaei, precursores en esos trabajos, Ochoa se implicó en las investigaciones sobre el código del ADN, en competencia permanente con ellos. Con lo que llegó a saber del código genético continuó investigando sobre los mecanismos que iniciaban la Severo Ochoa, durante la ceremonia en la que le fue entregado el Premio Nobel de Medicina en 1959 síntesis de proteínas. Otra becaria de su laboratorio, Margarita Salas, contribuyó bajo su dirección a responder a esas preguntas, y el laboratorio de Ochoa volvió a protagonizar el desarrollo de la investigación biológica al describir la existencia de factores de iniciación de esa síntesis, factores que desde mediados de la década de 1960 fueron tema principal de sus trabajos. nejo. La relevancia de la química de las enzimas contaba con algunos defensores ardientes en Nueva York hacia 1945, no muy numerosos pero enérgicos, y Ochoa pertenecía a ese grupo. En su traslado a los ácidos nucleicos, al código genético y a la biosíntesis de proteínas, las enzimas le acompañaron. La segunda posguerra mundial le vio establecerse en el que se convertiría en país poderoso e influyente. Estados Unidos le dio subvenciones, privadas y públicas, autoridad y reconocimiento académico. No había sido ningún joven cuando pudo atravesar la frontera para instalarse temporalmente junto a Carl y Gerty Cori. Parecía ABC Escala molecular El protagonismo de Ochoa está tanto en sus trabajos de investigación como en la capacidad que mostró para incorporar nuevos datos que modificaban su manera de trabajar y de pensar sobre los fenómenos biológicos. Había dejado de trabajar con el músculo entero y comenzó a hacerlo con extractos a la búsqueda de sustancias que permitieran comprender a escala molecular los actos fisiológicos de los seres vivos. Eso fue en los años 30. Para alejarse de la España en guerra civil, sus mudanzas le habían llevado a Alemania, a Gran Bretaña y finalmente a Estados Unidos. En este, que fue su país de adopción, se mantuvo dedicado a las enzimas- -catalizadores biológicos- a la comprensión de su actividad y a su ma- La comunidad que le enseñó, y junto a la que aprendió a ensayar, fue la que pudo premiarle Su valor está en su investigación y su capacidad para variar su forma de trabajar más interesado en investigar que en ser profesor de universidad y pudo ser ambas cosas. Para cuando en Estados Unidos había logrado respeto, distinciones y premios, volvió su vista a España. Reclamado por jóvenes científicos deseosos de contar con su apoyo, Ochoa se mantuvo en contacto con bioquímicos e investigadores dedicados a la biología y la medicina, para los que fue la inspiración y el soporte que para él habían sido sus maestros. Los científicos españoles que le rodearon bien pueden considerarse receptores principales, herederos en España, de lo que Ochoa había aprendido, con ellos pudiera haber saldado la deuda que todo investigador contrae con sus mentores. Parece haber sabido que la ciencia, contra la famosa expresión de Louis Pasteur, sí tiene nación: llegó a ver muchas ciencias en muchas naciones. La última fue España, a cuyos científicos acompañó con un apoyo permanente que hizo posible superar muchas dificultades. Todo lo cual pertenece a la memoria histórica de la comunidad española dedicada a la bioquímica y a la biología molecular. Es autora del libro Severo Ochoa: de músculos a proteínas