Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 23 9 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC SEVERO OCHOA EN SUS ENCRUCIJADAS POR CÉSAR NOMBELA PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN CARMEN Y SEVERO OCHOA En la celebración de su centenario, mostremos al Ochoa ciudadano del mundo, científico profundamente racional, pero admirador de la creación artística que llega al corazón humano; agnóstico convencido, pero honradamente capaz de entender a quienes se abren a la trascendencia de la vida humana... T ODA trayectoria humana está sembrada de instantes en que la bifurcación de caminos obliga a elegir, a optar por una entre varias oportunidades. El recorrido vital de Severo Ochoa, tan plagado de ocasiones para escoger, tan lleno de aciertos trascendentes, se iniciaba hace exactamente cien años, junto a las laderas cantábricas de Luarca, en el concejo asturiano del Villar. Cuando en 1972 me incorporé a trabajar en su laboratorio de Nueva York, un Ochoa ya cercano a la setentena conservaba energía, motivación y vigor para investigar seis días por semana, para centrar a diario la atención en los nuevos resultados, para formular preguntas y reformular hipótesis creativas. Investigar es comenzar cada día con el interrogante adecuado, el que pueda conducir a una respuesta racional- ¡a veces al hallazgo fundamental que permanece! -en medio de esa sucesión de verdades provisionales que comporta el avance de la ciencia. Esa es la lección que hemos aprendido de Ochoa, que sólo quiso ser científico, y que siéndolo, tuvo un notable impacto como español y como ciudadano del mundo. la búsqueda de un puesto como científico independiente. Claro que hacía años que otra de sus elecciones, la de Carmen, su esposa, impulsaba sus pasos. Siempre guiado por una pregunta: ¿qué es la vida? buscando las respuestas en la química de los componentes fundamentales que integran la materia viviente. Salir de España, definitivamente, para investigar, esa fue una decisión trascendental para un Ochoa que ya encarnaba una cultura, un talante, profundamente enraizados en la visión de una España llena de posibilidades, pero deudora de aportaciones al progreso del conocimiento científico. El ejemplo de Cajal, paradigma de la superación de limitaciones a base de esfuerzo y constancia- -también de talento y genialidad en la visión del propio Ochoa- muestra clara de hasta dónde puede llegar el patriotismo científico en una España necesitada de regeneración, le inspira e impulsa. Desde muy joven opta por la dedicación a la ciencia, pero también empezando por beber en las fuentes del magisterio de los mejores de Europa (el Nobel Meyerhof, en especial) Su marcha de España, hay que insistir en ello, no es un exilio político, a pesar del desgarro de la contienda civil española. Es la firme decisión de que su sitio, irrenunciable, estaba en donde pudiera hacer ciencia de verdad. Al inicio de los cuarenta llegará el momento de dejar también una Europa que se desangra, para acogerse al apoyo del país americano que sabe importar el talento. De nuevo es capaz de encontrar allí un núcleo bioquímico creativo, destacado, el que había creado el matrimonio Cori, también laureado con el Nobel. A su lado, precisamente, hubo de aprender que las respuestas científicas a veces se resisten, que las cosas muchas veces no salen, es como si la naturaleza se negara a mostrar su secreto al experimentador más dedicado. Mucho debemos los científicos a esos momentos de oscuridad, porque enseñan mucho de las claves de la investigación. La nueva encrucijada en la vida de Severo Ochoa se resolverá con Se sigue configurando un Ochoa autoridad científica, docenas de enzimas que catalizan las reacciones químico- biológicas son descifrados a través del trabajo paciente de quien consigue una posición de líder científico y alcanza las puertas del ansiado galardón que viene de Suecia. Pero nada es estático en el mundo del conocimiento, la tensión creadora de quienes experimentan se cruza con la reflexión de quienes integran ese conocimiento en una auténtica síntesis. Ochoa fue más de los primeros, por eso no dudó en concentrar su atención en una observación casual: buscaba un intermedio energético y se dio cuenta de que era posible sintetizar ácido ribonucleico en el tubo de ensayo. Largo era el camino para establecer el alcance de ese hallazgo tan intrigante, los procesos fundamentales de la célula se hacían accesibles a su manejo fuera de ella. Pero un Ochoa Nobel en 1959 se decidía finalmente por la nueva búsqueda de esa visión integrada de los fenómenos biológicos, en función de la información de los ácidos nucleicos y su materialización en la actividad de las proteínas. Pergeñaba sobre el lenguaje químico universal de los vivientes, contribuía al nacimiento de la Biología Molecular materializando lo que he llamado el triunfo de la Biología Experimental Muchos habían teorizado sobre estas cuestiones, algo muy importante; Ochoa aportaba experimentación, hechos demostrables. Una vez más resolvía Ochoa su encrucijada en favor de un camino extraordinariamente productivo, que le siguió manteniendo en vanguardia durante muchos años. España, su futuro político y social, la organización de su sistema de educación superior y de ciencia, también aportaron encrucijadas importantes en la vida de Severo Ochoa, que supo resolver como un español comprometido. Nos admira la naturalidad con la que acertó a conectar con la sociedad y los ambientes científicos que recabaron su asesoramiento, cuando ya era una figura consagrada. Pero nada es comparable a la aceptación de un papel de figura pública, dispuesto a apoyar a sus colegas en todo tiempo, capaz de dialogar y colaborar con autoridades ministeriales y del CSIC, sin la menor concesión a ser utilizado por la propaganda del régimen. Ya en los setenta cristaliza como proyecto la creación de un Instituto de Biología Molecular, para su regreso. Sus contactos con las autoridades suponen poner a su disposición ideas y prestigio; la propia creación de un Curso de Orientación Universitaria (COU) es fruto de su inspiración, como testimonia Díez Hotchleiner. Hay una foto, poco divulgada, en la que el Nobel cordialmente conversa con Don Juan Carlos, todavía Príncipe de España, en la embajada española en Washington. El científico cariñosamente apoya su brazo en el del joven Príncipe. La instantánea muestra lo mejor de la fotogenia de ambos personajes. Para mí esa foto representó una muestra de las esperanzas con las que en España construíamos un futuro en el que algunos habrían de asumir su liderazgo con decisión. En un país en plena transformación de estructuras y mentalidades, en el que la decisión de evolucionar (con distintos grados de intensidad, según de quien se tratara) se considera imprescindible. ¿Hacia adónde? Hacia un modelo de vida y de organización social propia de una democracia occidental, de un Occidente europeo al que teníamos acceso y por el que nos movíamos ya con facilidad una buena parte de la juventud de entonces. La visión de Ochoa sobre su país de origen fue sin duda una notable aportación, poco reconocida aún, pero esencial para entender, como ya asumimos plenamente, que la ciencia y la tecnología están entre las grandes prioridades de nuestro país. En la celebración de su centenario, mostremos al Ochoa ciudadano del mundo, pero español comprometido; contrario al régimen autoritario, pero que apostaba por la sociedad en la que se asentaban sus raíces; científico profundamente racional, pero admirador de la creación artística que llega al corazón humano; agnóstico convencido, pero honradamente capaz de entender a quienes se abren a la trascendencia de la vida humana. Y tantas otras facetas de quien representó una rica personalidad que acertó en sus elecciones.