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62 MARTES 20 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC ser, como advierten los críticos de un proceso ante el que lo preocupante sería no estar serenamente preocupados, es un pretexto encubierto para la mercantilización del servicio educativo ni para una privatización que más bien parece combatirse al reintegrar al sistema universitario el segmento de los estudios de Master que, en buena medida, se encuentran ahora fuera de él. Ya comprendo que la elaboración del catálogo de titulaciones puede acaparar toda la atención y, para centrar ese ineludible debate, habría que decir que deben importar más las enseñanzas que las titulaciones, que éstas han de concebirse como un territorio con trayectorias flexibles y no como un listado, que será posible establecer denominaciones específicas y recorridos diferenciados en ellas y que cabría otorgar cualificaciones intermedias en los títulos de Grado. Habría que decir también que no se trata de recortar sino de reordenar y que, puestos a desmitificar números, el problema no está en las titulaciones que existen (unas 150) sino en las que se imparten (más de 2.600 en toda España) con el balance de un paradójico desequilibrio en que se registran simultáneamente déficit y excesos, plazas sin cubrir y demandas sin atender. Y habría que añadir que, metidos en reformas, no valen soluciones salomónicas a gusto de todos para dejar las cosas como están y que, en tal caso, sería mejor bajarse en marcha de ese viaje a ninguna parte. Por Bolonia habría que hacer un esfuerzo serio de acercamiento de las titulaciones a las necesidades sociales y productivas, centrar más la atención en los perfiles que en las disputas sobre las competencias profesionales, recabar más la opinión de los empleadores que de los reguladores profesionales, engarzar mejor los niveles educativos, en particular la FP superior, y evitar el riesgo de disociación entre títulos académicos y profesionales. No hay reforma posible sin recursos y Bolonia los requiere especialmente. Avanzamos en el proceso sin una estimación clara de costes y necesidades, aunque con la sospecha de que no serán menores, y con interrogantes como el del postgrado donde, para no caer en el autoengaño, debe garantizarse la cobertura de la brecha entre unos precios que habrán de ser públicos y unos costes que no dejarán de ser de mercado. Cabe por Bolonia, finalmente, despejar incertidumbres para evitar a los gestores la sensación de conducir mirando por el retrovisor y a los estudiantes la inquietud acerca de las condiciones de transición desde el actual sistema. Cabe pasar ya del diseño a la ejecución y del laboratorio al campo de prácticas, apurando todas las interlocuciones pero con una determinación clara para adoptar decisiones, no vaya a ser que lo que parece cosa de todos acabe por convertirse en cosa de nadie. Y cabe, sobre todo, implicar ilusionadamente a la comunidad universitaria en este proceso generando apoyos y confianza, porque transmitir seguridad e incentivos, y hacer que éstos sean percibidos, es el mejor modo para conseguir que triunfen las reformas. JUAN A. VÁZQUEZ PRESIDENTE DE LA CRUE. RECTOR DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO UN CURSO CON DEBERES Convendría, además, concebir la política educativa como un ámbito de amplio consenso y estabilidad, para no contar las leyes por ministros... cuestiones pendientes está, desde luego, el impulso del proceso de convergencia universitaria europea. Desde el kilómetro cero de la Declaración de Bolonia se ha hecho camino al andar y se han dado pasos muy importantes, pero queda mucho trecho todavía por delante y, tal como han ido las cosas con el nuevo catálogo de titulaciones, bien podría parecer que estamos ante una encrucijada (que es todo menos un callejón sin salida) en la que habrá que acertar con el camino. En eso se ha puesto a trabajar una comisión de expertos (que lo son verdaderamente) que han tenido el buen criterio de empezar por establecer criterios, mientras que desde dentro y fuera de las universidades se contempla entre la expectación y la inquietud el desenlace de un proceso que promete emociones en el nuevo curso. No es que quede mucho por decir aunque sí muchas cosas que hacer por Bolonia. Creo que es el momento de confiar e impulsar la convergencia europea y para ello habrá que empezar admitiendo algunos daños, evitando imágenes de perdedores, separando el acierto en los objetivos de los errores en el manejo de los instrumentos y haciendo mucha pedagogía para explicar tanto lo que Bolonia es como lo que no puede llegar a ser. Bolonia, como es sabido, supone una apuesta por la calidad, la movilidad, los programas conjuntos, la comparabilidad de los títulos y su acercamiento a las necesidades sociales y profesionales. Pero tiene que servir igualmente para resolver dos importantes debilidades de nuestro sistema universitario: la rigidez, los desajustes y la inadecuación de la actual estructura de titulaciones; y la renovación de los sistemas de enseñanza, dignificando el reconocimiento de la función docente y afrontando el grave problema de los abandonos y retardos de nuestros estudiantes. Y lo que Bolonia no puede llegar a entre el bien y el mal, y borra toda huella de lo que se decía que era malo. Igual que digo que Dios no cree en el bien y el mal, porque Dios es todo perdón y el perdón borra el mal y no lo conoce, también digo que en Dios no existe la propiedad, porque el Evangelio habla de entregarlo todo a quien lo pida o a quien lo necesite, y aunque la magnificencia presupone la propiedad, como el perdón presupone el mal, la magnificencia acaba por suprimir la propiedad, pues si todos lo entregáramos todo, la propiedad ya no tendría sentido, y si lo perdonáramos todo, el mal dejaría de existir. Y ya lo he dicho, pero nadie parece darse cuenta de que tengo toda la razón del mundo: y así va el mundo, que no me hace caso. Aun así estoy contento de tener razón. P ASADO el verano, llega el tiempo de la vuelta a las aulas y se abre un curso cargado de deberes para afrontar asignaturas pendientes en la educación universitaria. Éste debería ser el curso de la Universidad y, sin posponerlo más, habría que despejar inquietudes e incertidumbres, al menos, en cuatro cuestiones fundamentales. La primera es una reforma de la Ley Orgánica de Universidades (LOU) que, a base de demorar, puede acabar llegando tarde y resultando más compleja. La reforma ha de servir, desde luego, para resolver disfunciones en las que existe tan amplio consenso como diversidad de alternativas, pero lo más distintivo y esencial estará en su capacidad para dar flexibilidad y estabilidad al marco legislativo universitario. En un país en que se piensa que todo debe estar en el Boletín Oficial del Estado, me parece que hemos dedicado más esfuerzos al debate normativo que al pensamiento reflexivo sobre la universidad que queremos para el futuro y, por eso, espero de las leyes que más que arreglar todo no impidan nada, que en vez de marcar un único camino permitan que cada cuál encuentre el suyo y que fomenten la diversidad, la diferenciación y la autonomía de las universidades, frente a la tentación de una excesiva regulación. Convendría, además, concebir la política educativa como un ámbito de amplio consenso y estabilidad, para no contar las leyes por ministros, para evitar vaivenes, acabar con el empacho normativo y permitir a las universidades centrar sus esfuerzos en los as- pectos académicos y los objetivos de mejora de gestión. En segundo lugar, es éste un curso fundamental para consolidar el comprometido impulso a la investigación y celebro que se haya incluido en la agenda de la Conferencia de Presidentes recientemente celebrada en Madrid. El inicial aumento de recursos ha de ampliarse en el próximo presupuesto y confirmar con hechos las intenciones en programas como el Ingenio 2010 que convendría difundir en los campus con el mismo despliegue de su puesta de largo en La Moncloa. Pero se trata no sólo de contar con más recursos sino de acertar con el mejor modo de disponerlos y gestionarlos, de conseguir que los investigadores perciban nuevos apoyos y reconocimientos, de establecer condiciones claras y estimulantes para la carrera científica, de fomentar el desarrollo de nuevas estructuras y garantizar la eficacia de los mecanismos de conexión con la sociedad. Ha llegado, en tercer lugar, también el momento de echar las cuentas y abordar con la voluntad política que se expresa en los presupuestos el serio problema de la financiación universitaria, si se quiere que los objetivos de calidad no se conviertan en retórica y que, a base de legislar barato las reformas se queden en una simple cosmética sobre la superficie. Es éste un curso decisivo para culminar el trabajo de la comisión de estudio constituida en el Consejo de Coordinación Universitaria y para avanzar hacia un pacto de financiación educativa y de corresponsabilidad entre las Administraciones, como venimos proponiendo desde la CRUE. Y entre las más fundamentales SANTIAGO TENA POETA MÁS RAZÓN QUE UN SANTO Y aunque no me lo digan, sé que no he matado del todo el mal que hay en mí. Hay una novela preciosa, escrita por Ursula Le Guin, creo, que se llama Un mago de Terramar. Me la recomendó mi terapeuta hace más de diez años, y en ella el protagonista, el mago, se separa de su parte mala y luego la persigue hasta que la alcanza. Y la parte mala huye, pero según va huyendo va haciéndose más débil, hasta que se deja alcanzar, cuando apenas es sombra y ya no es tiniebla, y vuelve a la luz de la parte buena del mago. Y hay algo de esto en San Juan, cuando se dice que el que es bueno se aproxima a la luz para que se vea que sus obras son buenas, y que el malo se aleja de la luz para que no se descubra su maldad y no se le castigue. Y hay algo de esto también en mi teoría, que quisiera llevar a la práctica, de que el mal no se vence con la violencia ni con el castigo, sino sólo con el perdón, que elimina toda diferencia