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ABC MARTES 20 9 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC TRAS LAS ELECCIONES: LA ECONOMÍA ALEMANA SIN COMPÁS POLÍTICO POR JUERGEN B. DONGES DIRECTOR DEL INSTITUTO DE POLÍTICA ECONÓMICA. UNIVERSIDAD DE COLONIA (ALEMANIA) Los partidos en materia de política económica son demasiado dispares como para que pueda configurarse una estrategia coherente de reformas estructurales. En el mejor de los casos, la economía alemana avanzará a paso de tortuga... L A población alemana ha sido llamada el domingo a las urnas un año antes de que expirara la XV legislatura del parlamento federal para decidir si quiere o no que se continúen haciendo reformas estructurales de la economía y del Estado de Bienestar. La política económica ha sido el tema central de la campaña electoral. A la política exterior (Irak) y europea (ingreso de Turquía en la UE) y a la política de seguridad (terrorismo islamista) apenas se le ha prestado atención, a pesar de que en estos campos existen discrepancias importantes entre el gobierno rojiverde y la oposición conservadora. La presidenta del CDU y aspirante a la cancillería, Angela Merkel, ha buscado el voto de apoyo para una política dura de saneamiento y no ha dejado lugar a dudas de que todos tendríamos que sacrificarnos y renunciar a muchas cosas placenteras, pero demasiado costosas, a las que nos habíamos acostumbrado durante las últimas décadas. El Canciller, por su parte, que sabe perfectamente que no hay operación de saneamiento sin sufrimientos, ha optado por callárselo e infundir a los votantes alemanes el miedo ante una política de reformas desde el centro- derecha, mientras que él se autorrecomendaba como guardián de la justicia distributiva y de la solidaridad. Se conoce que la sociedad alemana (todavía) no está preparada para asumir el reto del cambio económico- social. En estas elecciones, el gobierno rojiverde ha perdido en el parlamento la mayoría absoluta, pero la pretendida coalición conservadora- liberal no la ha ganado. El que ha contrariado todos los planes es el recién creado Partido de la Izquierda, una extraña alianza entre los poscomunistas de la antigua RDA y disidentes socialdemócratas occidentales liderados por Oskar Lafontaine, que fue presidente del SPD y ministro de Hacienda en el primer gobierno de Schröder. Si ambas formaciones se hubieran presentado por separado, posiblemente no hubieran conseguido el 5 por ciento de los votos que en Alemania un partido necesita para poder ocupar escaños en el parlamento. Los votos obtenidos hubieran sido votos perdidos. Entonces, la señora Merkel sí hubiera podido formar un gobierno estable. Pero conjuntamente han llegado al 8,7 por ciento de los votos. Las fórmulas populistas izquierdistas, prometiendo a los votantes una reducción de la jornada laboral, la implantación de un salario mínimo elevado, la ampliación del sector público, nuevos aumentos de las pensiones, la subida de los impuestos para los perceptores de ingresos altos etc. han hecho mella en determinados sectores de la población. Los dirigentes de los principales partidos políticos habían subrayado, durante la campaña electoral, que estos comicios serían determinantes para el destino económico y social de Alemania. Se han enfrentado duramente dos conceptos fundamentales, que en cierto modo dividen la sociedad alemana (y creo que también la europea continental) y que incluso abren grietas en el seno de las dos grandes formaciones políticas, la democristiana y la socialdemócrata, y dentro del Partido Liberal y el de Los Verdes: por un lado, muchos alemanes piensan que el país va bien, que se puede seguir adelante con calma y sin sobresaltos y que la creación del Estado de Bienestar ha sido la mayor hazaña de siglo XX y no debe ser puesto en tela de juicio bajo ningún pretexto. Esta parte de la población se aferra al statu quo y está obstinada por defender las conquistas sociales y los derechos adquiridos en cada caso. Por otro lado, están otros tantos alemanes que son conscientes de que la prosperidad no cae de las nubes, sino que hay que labrársela día a día, con trabajo, creatividad y la asunción de riesgos en un ambiente de incertidumbre. Aquí los cambios del entorno, y concretamente la globalización de los mercados, no asustan y se perciben como nuevas oportunidades para conservar el nivel de vida alcanzado y aumentarlo. De momento, estos dos planteamientos se bloquean mutuamente. Sea cual fuere el color del próximo gobierno, no le envidio su suerte. Se encontrará con un cuadro macroeconómico que es a todas luces decepcionante. Desde hace años, la economía apenas crece y constituye el farolillo rojo en la Unión Europea; en este ejercicio el producto interior bruto aumentará en menos de un punto porcentual, y eso gracias a las exportaciones que son las que hasta ahora han evitado el estancamiento completo de la economía. En vez de crearse empleo, se pierden continuamente puestos de trabajo con afiliación a la Seguridad Social (unos 550 al día) y la tasa de paro laboral viene batiendo un récord histórico tras otro; actualmente, se sitúa alrededor del 13 por ciento, lo que supera claramente la media europea, con la agravante de que una tercera parte de los desempleados lo son de larga duración (están un año y más sin encontrar trabajo) Las finanzas públicas están totalmente fuera de control y desde 2002 es ya habitual que Alemania infrinja mediante déficit pú- blicos excesivos las normas del Pacto de Estabilidad de la UE; en este año, el déficit será del 3,6 por ciento del PIB y la deuda pública acumulada del 65 por ciento del PIB. La Seguridad Social está al borde de la quiebra financiera, a pesar de que las cotizaciones sociales, que ascienden al 41,9 por ciento del salario bruto (pagado a medias por la empresa y el empleado) son altas y sin menoscabo de que suponen un impuesto sobre el factor trabajo y, por ende, penalizan el empleo. Los economistas le diremos al nuevo gobierno lo mismo que ya le aconsejábamos al anterior: tenemos que cambiar de modelo, demasiado estatista, y revitalizar la economía social de mercado pilotada por la libertad empresarial, la iniciativa privada y la responsabilidad individual. No podemos conformarnos con las reformas realizadas y desde luego no debemos echar marcha atrás, sino que es ineludible emplearse a fondo y afrontar también tabúes. Sobre todo, en el mercado de trabajo. El mercado de trabajo alemán está hiperregulado, a pesar de ciertas correciones hechas recientemente con la Agenda 2010 Es indispensable una mayor flexibilización tanto con respecto a las estructuras de salarios (por regiones, sectores y cualificaciones profesionales) y las jornadas laborales como con referencia a los procesos de negociación colectiva (hacia una mayor descentralización) y a las regulaciones de adaptación de plantillas (hacia una reducción del coste de despido) Todo ello, por supuesto, tiene que estar arropado por la moderación salarial, a lo cual los sindicatos más radicales (el de la industria del metal y el de los servicios) todavía se niegan. El objetivo no sólo es asegurar los empleos existentes y crear nuevos. Sino que además, con la ampliación de la UE al Este, Alemania tiene que asumir el gran desafío de que los nuevos socios vecinos tienen una población activa con un buen nivel de formación profesional y de cualificación y una población asalariada a un coste muy inferior al existente en Alemania. Los incentivos para trasladar una parte de la producción y de los empleos al este europeo son evidentes. Cuanto mayor sea la flexibilidad del mercado de trabajo alemán, gracias a haber realizado las reformas estructurales pertinentes, tanto menor será la propensión de deslocalización por parte de las empresas; y al mismo tiempo se atraerían nuevas inversiones extranjeras. Ninguna de la coaliciones para formar gobierno que se barajan ahora- -una gran coalición entre democristianos y socialdemócratas, o coaliciones en las que los liberales y los verdes se asocian o bien con el CDU CSU o bien con el SPD, o incluso una coalición rojiverde con el Partido de la Izquierda- -sacará Alemania de la crisis económica. A juzgar por los programas electorales los planteamientos de los partidos en materia de política económica son demasiado dispares como para que pueda configurarse una estrategia coherente de reformas estructurales. En el mejor de los casos, la economía alemana avanzará a paso de tortuga.