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62 LUNES 19 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC terminan por amparar al fuerte frente al débil, al que hace apología del terrorismo frente a la víctima del terrorismo. Es necesaria una revisión que asegure que quienes de verdad resultan acreedores de la protección jurídica no se quedan sin ella y que no se ampara a quienes no lo merecen. En tercer lugar, se ha producido un triunfo del relativismo. Al mismo tiempo que se multiplicaba su número y se hacía más confuso su contenido, los derechos fundamentales se han convertido en un arma arrojadiza que ciertos grupos utilizan para imponer su ideología. Es lo que sucedió, por ejemplo, con la (afortunadamente derogada) Constitución de 1964 de la URSS, cuyo artículo 12 establecía que nadie salvo los trabajadores tiene derecho a comer; o con la (desafortunadamente en vigor) Constitución Cubana de 1992, cuyo artículo 38 consagra el derecho fundamental de los hijos a recibir una educación socialista. Inspirado en esa misma idea de que es el gobernante el que define la verdad y no la verdad la que define al gobernante, el presidente Rodríguez Zapatero hablaba hace poco del derecho fundamental de los homosexuales a casarse. Sin embargo, su afirmación resultó fuertemente contestada en diversos sectores sociales, que no consideran que ése sea un derecho fundamental. El fenómeno no es nuevo. Atrás ha quedado la época en la que se podía decir, como hizo la Declaración de Independencia Norteamericana, que los derechos fundamentales son verdades evidentes por sí mismas En nuestros días hay demasiados derechos que, aunque reciben el calificativo de fundamentales, no son unánimemente aceptados como tales, y parecen más bien fruto del interés político o la coyuntura histórica. Como consecuencia, los derechos fundamentales han perdido su antiguo carácter unificador de la sociedad y, con él, parte de su sentido. Para evitar que este problema se agrave es preciso volver a la esencia etimológica del concepto y afirmar con rotundidad que los verdaderos derechos fundamentales son únicamente aquellos quince o veinte derechos de los que se derivan todos los demás y sin los que la convivencia sería imposible. Finalmente, en cuarto lugar, existe una peligrosa (y poco reconocida) tendencia a no exigir el cumplimiento de los derechos fundamentales. Como si se pudiera aceptar una cosa y no sus consecuencias, algunos gobiernos, con el español a la cabeza, hablan de la necesidad de aplicar los derechos fundamentales, pero no tienen inconveniente en aliarse con regímenes totalitarios que los quebrantan. Esto ha llevado a una especie de mercadeo legal en el que se transige con los derechos fundamentales sin advertir que su existencia depende directamente del rigor con el que se exige su cumplimiento. El escritor inglés Gilbert Keith Chesterton dijo que el progreso no consiste en que el hombre cambie de objetivos, sino en que el hombre se cambie a sí mismo, para lograr mejor los objetivos que siempre ha perseguido. De eso mismo se trata ahora: no de modificar lo que son en su origen los derechos fundamentales, sino de mejorar el modo en el que nos aproximamos a ellos. ANÍBAL SABATER MARTÍN JURISTA LOS DERECHOS FUNDAMENTALES HOY Los derechos fundamentales han perdido su antiguo carácter unificador de la sociedad y, con él, parte de su sentido... A raíz de los últimos atentados en Londres, la prensa británica se ha planteado la posibilidad de que su país deje de ser parte en la Convención Europea de Derechos Humanos. Aunque este debate es complejo y admite muchos matices, es claro que en algunos sectores de la sociedad existe la sospecha de que las garantías jurídicas más esenciales son un obstáculo en la lucha contra el terrorismo. Esta desconfianza en los derechos humanos (o más bien en los derechos fundamentales pues todos los derechos son humanos por naturaleza) no es exclusiva del Reino Unido y merece una doble valoración. Desde el punto de vista del nuevo orden internacional (o sea, del orden internacional que se basa en el trato justo y equitativo a nacionales y extranjeros, y no en pomposas alianzas de civilizaciones) es de lamentar cualquier restricción de los derechos fundamentales. La utilidad de estos derechos reside precisamente en que son unas reglas de juego compartidas por un gran número de países. Cuando alguien se sale de ellas, las pone bajo sospecha y debilita a los que las siguen aceptando. Sin embargo, desde el punto de vista de la efectividad y contenido real de los derechos fundamentales, es cierto que quedan bastantes aspectos por mejorar. Surgidos en un contexto histórico muy concreto (ilustración, liberalismo, antiescolasticismo, etc. los derechos fundamentales se enfrentan hoy a un mundo que algunas veces no los reconoce y algunas otras los instrumentaliza. Las recetas contra este aprisionamiento de los derechos fundamentales son variadas y su análisis en detalle no resulta posible en este breve artículo, que sólo pretende apuntar algunas causas de la situación actual. La primera de esas causas es el ataque a la ley y al sentido común que se ha producido en tiempos modernos. De acuerdo con el pensamiento jacobino que se ha impuesto en gran parte de Occidente y especialmente en Europa, el ser humano es primordialmente un titular de derechos. Esta visión amputada de la realidad ha llevado a que las nociones de deber y responsabilidad desaparezcan del lenguaje público. La persona recibe, pero no hace; disfruta, pero no construye. A la persona se le garantiza mucho y no se le exige nada. Eso ha diluido su compromiso social y ha disminuido su dignidad. El derecho es una retribución por algo (normalmente por el cumplimiento de una prestación) Si no se pide nada a cambio del derecho, si no se toma conciencia de los deberes cívicos y éticos que van asociados a él, se lo vacía de contenido. Una segunda causa de la crisis que ahora padecen los derechos fundamentales es que se ha olvidado su finalidad. Los derechos fundamentales fueron pensados como un mecanismo para la protección de los individuos débiles frente a los fuertes. Así, la libertad de expresión constituyó al principio una medida para garantizar que el gobierno (el sujeto fuerte no silenciara a los ciudadanos que lo criticaban (los sujetos débiles Sin embargo, en tiempos recientes la tendencia se ha invertido, de suerte que la libertad de expresión y otros derechos ÁNGEL DE FRUTOS SALVADOR PSICOANALISTA FREUD ANTE UN CIPIÓN SILENCIOSO V ETE a la lengua, que en ella consisten los mayores daños de la humana vida dice el perro cervantino Cipión, precediendo una vez más el escritor, en su saber, al practicante psicoanalítico. Pronto supo esto Freud, según escribe en una carta al novelista, a quien considera su doble, Arthur Schnitzler: Desde hace muchos años me he dado cuenta de la conformidad profunda que hay en nuestras concepciones referidas a varios problemas tanto psicológicos como eróticos. Me he preguntado a menudo, con asombro, cómo ha llegado Ud. al conocimiento de tal o cual punto enrevesado, cuando yo mismo no lo he conquistado sino después de un trabajosa tarea de investigación; esto me lleva a envidiar al escritor a quien ya admiraba El creador llega a la escritura acaso porque algo se le ha roto, o porque se siente roto por el dolor de existir, por la carne, por el habla, por alguien muerto. Causa el habla estropicios, malentendidos (Lacan) y... nadie escucha. Para eso hace acto de presencia la escritura: escucha. Alguien escucha. Y responde. Sólo hay que confiarse a ella, siguiendo a Unamuno, y a lo que saliere... con forma. Guía la invención, el trauma, el Otro, la vida de la letra. Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza encomia el discurso Berganza. Unos perros hablantes es el artificio cervantino para encarecer el valor del habla, que se le viene a considerar como soplo de aire que no deja traza. Otro artificio inventa el genio de la lengua castellana en la misma novela ejemplar, El Coloquio de los perros, para tratar de lo intratable: la madre. El artificio consiste en presentarla en una figura antitética, la de la bruja: si bruja, entonces algo se podrá decir de la madre. Mas, al final, Cipión y Ber- ganza no quieren saber de la bruja Montiela, nada quieren saber de la falta de la madre. Resonancia de la ficción en la realidad, de la realidad en la ficción. Freud, como el Cipión que fue en su mocedad (1871- 1881) tampoco quiere saber mucho de la madre. De hecho, apenas si aparece en alguno de los cinco grandes casos clínicos que escribe. Sólo al final de su vida, después de cumplir setenta y cuatro años, y con más de cuarenta años de práctica clínica, puede escribir más de este ser de deseo. Su madre acaba de fallecer. Cuando llega a la última década de su vida (1930- 1939) Freud apenas habla, acorralado por la diosa silenciosa. En este tiempo, se hace acompañar en su consulta por su perro, que le acoge en este tiempo final. Allí se acurruca en el suelo, mientras Freud escucha a sus analizantes. De suerte que, ante sus enemigos, los de la práctica analítica, quienes le recriminan que el artilugio analítico no admita la presencia de un tercero- -y con razón- de pronto hay aquí un tercero. Tercero, u Otro, atípico: un perro, el nuevo Cipión, psicoanalista supremo, puesto que escucha al analizante y al psicoanalista Freud. Es todo él escucha: una ascesis sobrehumana. El Cipión hablante escuchante de su mocedad se transfigura ahora en un Cipión de avaro saber.