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40 Madrid LUNES 19 9 2005 ABC En un lugar de Madrid... existió una imprenta en la que se editó el primer Quijote Madrid era entonces mucho más pequeño, sucio y caótico. El Ayuntamiento ha editado un libro en que cuenta cómo eran su mercado inmobiliario y la vida de sus vecinos El Madrid que vio El Quijote TEXTO: SARA MEDIALDEA FOTO: MANUEL CAPILLA En un lugar que entonces era La Mancha, y ahora es Madrid, se imprimió por primera vez El Quijote en el año 1605. Concretamente, en la calle Atocha esquina a Costanilla de los Desamparados. Aún quedan en la capital edificios y calles que podían pasearse y verse al mismo tiempo que la vida del ingenioso hidalgo se trasladaba al papel. Así lo recuerda el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz- Gallardón, en el prólogo del libro La vivienda en Madrid en tiempos del Quijote un texto editado por el área de Vivienda- -que aún dirige el concejal Sigfrido Herráez- -y elaborado por Esther Borrego. El libro explica cómo era Madrid entonces, en qué casas vivían los madrileños, cómo era el tráfico -de coches de caballo y con algún comportamiento no tan ajeno a la actualidad- y qué queda de entonces, visible y paseable, en las calles. Desde esa imprenta del corazón de Madrid, salió la primera edición del Quijote, en 1605. Madrid vivía entonces, casi coincidiendo en el tiempo, su transformación más profunda: el paso de poblacho manchego a capital del imperio. Las aguas sucias se vertían a la calle, y los desperdicios los recogía la Marea un carro municipal Eran pocas las viviendas en propiedad, y más frecuentes los alquileres de piezas pequeñas o de cuevas 1557, la hambruna en 1570, un catarro letal en 1580... la esperanza de vida a comienzos del siglo XVII no superaba los 32 años para los varones y los 46 para las mujeres. ¿Cómo se vivía entonces? Desde luego, con menos comodidades. Muchos vecinos de laVilla habitaban en cuevas o agujeros subterráneos, sin que por ello se consideraran pobres. Las viviendas eran muy pequeñas; prácticamente, sólo se usaban para dormir. Más población, más problemas El traslado de la Corte se había producido sólo unos años antes, en 1561, y siguió así salvo un pequeño lapsus, de 1601 a 1606, un paréntesis que dejó sin aliento a la floreciente capital y a quienes en ella vivían de y por la Corte. A medida que Madrid ganaba en protagonismo, aumentaban también sus habitantes y su influencia, y con ellos sus problemas. La necesidad de crecer se hizo acuciante. Los límites de la ciudad estaban en la Puerta del Sol, la plaza de la Cebada y la de Callao: la expansión lógica era hacia el este. En 1542, un incendio destruyó la puerta de Guadalajara. Su desaparición permitió ensanchar la calle Guadalajara, hoy calle Mayor. El mercado inmobiliario La vida en la corrala se articulaba en torno a un patio central La situación no tardó en desbordar al Ayuntamiento, mientras la ciudad seguía creciendo de forma desordenada y caótica, por los caminos de acceso a la ciudad: Alcalá, la carrera de San Jerónimo, Atocha, Embajadores, Toledo... Y por los alrededores: calles de Segovia, Leganitos, San Bernardo, Hortaleza o Fuencarral. En los tiempos en que se editó El Quijote, en Madrid no existía como tal un mercado inmobiliario: ni promotores ni constructores. De hecho, los conventos- -grandes propietarios en muchos casos- -obtenían más ingresos por arrendar sus tierras o por las limosnas que por alquilar sus propiedades. Las familias no eran muy numerosas: eran raros los matrimonios de más de tres hijos. Ni las condiciones económicas ni las sociales ni las sanitarias lo favorecían. En las calles, plazas y escalinatas de grandes monumentos se hacía mucha vida. Era frecuente utilizar los inmuebles, cuando se poseían, como avales para préstamos. Y había casas sobre las que pesaban más de diez hipotecas Lo que sí había era una amplia oferta de alquileres En las casas crecían los tabiques para ofrecer cuartos baratos. Y el moderno fenómeno de las camas calientes -utilizadas por turnos a lo largo del día por varias personas- -no es tan actual como se piensa: ya en el siglo XVI, se arrendaban camas en Madrid. Otra particularidad de los tiempos: las casas a la malicia diseñadas para saltarse la obligación legal de ceder parte de la misma a quien de- Poca esperanza de vida La muerte de uno de los cónyuges era muy frecuente: el libro, basándose en datos de demógrafos, afirma que no era raro contraer matrimonio hasta tres o cuatro veces. Y también abundaban en la época los episodios de la llamada mortalidad catastrófica por epidemias: la peste en 1507, el tifus en El agua y el aire Madrid se hizo corte por un cúmulo de circunstancias: para compensar la autoridad que ejercía el cardenal de Toledo; por las posibilidades de expansión sobre terrenos llanos que permitían amplias avenidas; por su situación en el centro del país, todo un símbolo. Y también por su excelente agua y su aire limpio. Así fue como la ciudad creció, y creció, y creció: ocupaba 72 hectáreas en 1535, y 134 en 1565; tenía 2.520 inmuebles en 1563, y 7.590 al final del siglo XVI; cada año se construían 150 viviendas, una auténtica barbaridad para la época. De ahí que sus habitantes pasaran de 12.700 en el año 1561, a 90.000 en 1597. En 50 años, se multiplicaron casi por cinco. Mal tráfico y peor limpieza en la Villa y Corte Las calles de Madrid no tuvieron nombre oficial hasta mediados del siglo XIX. Hasta entonces, se las conocía por algo que llamara la atención en ellas. De ahí que hubiera dos vías conocidas por el mismo nombre, o dos nombres para la misma calle. Este hecho, unido a la- -mala- -costumbre de no admitir nunca que no conocen una dirección, llevaba a muchas confusiones y a extravíos. Pero no sólo tenían problemas los peatones: también los conductores de la época sufrían, como ahora, por la mala circulación. El libro editado por el Ayuntamiento sobre el Madrid en tiempos del Quijote recoge datos sobre el volumen exagerado del tráfico -de coches de caballos- -que ya entonces sufría la capital. Y otro capítulo con tradición es el de la limpieza de las calles: ya en el siglo XVI se hablaba de la suciedad de Madrid, causada entonces por la inexistencia de red de alcantarillado que obligaba a desaguar las aguas negras en la mismísima calle: cien mil libras de desperdicios humanos se vertían cada día. Luego, llegaba la marea e intentaba adecentarlo: era un carro municipal de caballos que arrastraba un grueso tablón, que a su paso se iba llevando la porquería. O por lo menos parte de ella: otra mucha se quedaba incrustada ente el empedrado del suelo. Tan serio llegó a ser el problema, que un bando de septiembre de 1639 ordenaba no tirar porquería por la ventana bajo pena de multa, azote o hasta destierro.