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52 Los domingos DOMINGO 18 9 2005 ABC MUJERES DE ALTO RIESGO (Viene de la página anterior) llas que han tenido el coraje de procurarse los permisos familiares, y de desafiar de paso nada más y nada menos que los castrantes convencionalismos sociales que las condenan al papel de fantasmas. Ataques, advertencias, secuestros, extorsiones, robos o persecuciones han servido además de aviso a navegantes para disuadir a otras de emprender el camino hacia la esfera de lo público. A pesar del eco que capítulos de esta naturaleza han tenido en los medios de comunicación, no hay noticias de que la Comisión Electoral de Quejas (ECC, en sus siglas en inglés) creada por el máximo órgano de gestión de estos comicios (JEMB) para resolver reclamaciones, haya contestado ninguna de las pocas denuncias que se le han planteado. La callada por respuesta, sostiene una empleada del JEMB que prefiere no ser identificada, es lo habitual, de modo que las mujeres han perdido toda esperanza de amparo en este órgano, demasiado ocupado en absolver a las docenas de delincuentes que infectan las listas- -eso sí, muy poderosos- -de los cargos que muchos ciudadanos han presentado contra ellos. Talibanes y otros enemigos La mayor presión contra las candidatas y colaboradoras electorales, como era de prever, se está registrando en el este y el sureste afgano: los tradicionales feudos talibanes, no sólo contrarios al menor avance de los roles femeninos, sino también a las elecciones en sí. Porque, aunque se crea que la barbarie de los invencibles soldados de Dios terminó con la intervención de Estados Unidos, la muerte de una campesina asesinada el pasado 10 de agosto, acusada de ser espía americana en la provincia de Kandahar, es buen reflejo de que su perverso dominio sigue en pie. Más allá, donde la presencia talibán no es tan acusada, están las facciones armadas, especialmente activas en las zonas rurales, y que no incluyen entre sus planes la presencia política de la mujer. Frente a todos ellos, la acción policial ha resultado, simplemente, insuficiente. Pero el aplastamiento a sangre y fuego no es la única herramienta de combate que amenaza la presencia femenina en estos comicios: una artillería de barreras, si se quiere más sutiles, ha dinamitado cualquier viso de igualdad, por remoto que fuera, en este proceso, empezando por las reticencias culturales de muchas a dejarse fotografiar para aparecer en los pósters de campaña, impensables allí donde la regla sigue siendo el burka, y la excepción el pañuelo. La foto significa también exponerse, identificarse como candidatas a los ojos del gran público, algo que, sobran más ejemplos, resulta muy peligroso. El altísimo grado de analfabetismo fe- menino- -que afecta al 86 por 100 de las mayores de 15 años, según Unicef- -y la consecuente incapacidad para acceder por sí mismas a la información, sus limitadísimos recursos financieros, muy por debajo de los de los hombres, la ausencia de libertad de movimientos para viajar y los impedimentos para poder hablar en público han hecho el resto. Los números de estas elecciones hablan con elocuencia de la eficacia de esta estrategia directa e indirecta de acoso y derribo. De forma particular, en lo que se refiere a las cifras de candidatas presentadas a los Consejos Provinciales, las cámaras de representación germen de un futuro Senado que funcionarán no en Kabul, en la arena nacional, sino en cada una de las 34 capitales de provincia afganas, en las que sus entre 9 y 29 miembros tendrán que trabajar de forma estrecha viéndose las caras. Y eso significa sentarse con el enemigo, caciques locales y secuaces de señores de la guerra que rechazan cualquier participación política de la mujer. Así, aunque la Constitución afgana reserva al menos el 25 por ciento de los escaños en estos órganos para ellas, las aspirantes a ocupar estos asientos apenas llegan al 8 por ciento: suman 247 candidaturas del total de 3.025. Por si la visión de conjunto hace perder la óptica terriblemente dramática de esta situación, provincias como la convulsa Uruzgan, donde los cinco asientos guardados para mujeres en el Consejo Provincial se quedarán vacíos porque no se ha presentado ni una sola aspirante, ilustran la realidad en toda su crudeza. Tampoco se quedan atrás las de Zabul o Nangahar, donde concurren respectivamente tres y cuatro candidatas para cubrir igual cuota de escaños, con lo que las expectativas legales habrán fracasado. Malaly Ishaqzee en el último día de campaña, en Kandahar, y en un mitin a domicilio Vistazo a las listas Un vistazo a las listas para la Wolesi Jirga, la Cámara Baja de la Asamblea Nacional que se constituirá a imagen de un Congreso de los Diputados, no es mucho más esperanzador. Al igual que en los órganos provinciales, la ley prevé que esta llamada Casa del Pueblo con 249 representantes integre en sus filas al menos una cuarta parte de mujeres. Pero de las 2.707 candidaturas registradas en todo el territorio, sólo 328- -apenas un exiguo 12 por ciento- -pertenecen a ellas. Paralelamente, en determinadas zonas también va a ser complicado que las mujeres voten hoy: la organización electoral no ha podido reclutar suficientes colaboradoras para atender sus urnas en este país, donde hombres y mujeres acceden a los colegios por puertas separadas para depositar sus papeletas sólo ante personal acreditado de su mismo género. Hasta el punto de que las autoridades electorales han tenido que di- Una mujer barre en una calle de Kabul, empapelada con carteles de Sharifa Najib rigirse a algunas shuras, consejos locales, para explicar la situación y rogar que se permita a las mujeres ejercer su derecho en estaciones atendidas por hombres. Sintomático es también que, en el periodo previo a la confección final de las listas el pasado mes de julio, 51 de las 281 retiradas voluntarias tuviern nombre de mujer. Un volumen desproporcionadamente alto, que muchas justificaron argumentando la complejidad procedimental de la presentación de la candidatura; que sus familiares ya estaban colaborando en las elecciones; las menos, que preferían seguir entregadas a sus trabajos... Aunque después confesaron amenazas, barreras en las AP Fotografiarse para un cartel electoral ha sido imposible para algunas mujeres, por el peso de la tradición zonas rurales y la falta de dinero. Porque los partidos afganos, que son los que tienen caudales para imprimir los pósters, organizar los mítines- -primitivos, pero mítines al fin y al cabo- -que se estilan en este país y para dar la tan ambiciada seguridad que requiere la condición de candidato no quieren mujeres dentro. Vaya por delante el hecho de que a estas elecciones legislativas en Afganistán no se presentan partidos, sino personas individuales que tienen prohibido acompañar su nombre de sigla política alguna, a pesar de lo cual la pertenencia en la sombra a estas formaciones ha distinguido las campañas más protagonistas de las de