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58 SÁBADO 17 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC ÍÑIGO MORENO MARQUÉS DE LAULA POLÍTICOS Y MARQUESAS Tengan más fe en nuestros padres y lo que ha funcionado durante quinientos años, no lo comprometan en aras a lo socialmente correcto... C UANDO el verano empezaba a encenderse antes de la diáspora agosteña, se desveló una noticia en los medios de comunicación que paralizó las mesas de redacción, sumió en el silencio a las emisoras de radio y dejó sin imágenes a las televisiones públicas y privadas: ¡los principales partidos políticos, PP y PSOE junto con CC, de corte nacionalista, iban a realizar una proposición conjunta de ley! Todas las espadañas nacionales lanzaron al vuelo sus campanas, las gentes se abrazaban por las calles presas de júbilo y hasta los toros de Osborne se quitaban el luto en las carreteras españolas: los políticos habían mudado su discurso y en vez del habitual, de que habla mi adversario, que me opongo habían decidido sumar voluntades y concertar acuerdos. ¡Albricias! España estaba salvada. Cualquiera podía pensar que se iba a estudiar, aportando experiencia e imaginación, una solución al preocupante problema de la vivienda. Pues no, no era ese el asunto que había movilizado a los de la cosa pública. También cabía considerar que el paro, que por primera vez iba a ofrecer cifras negativas en agosto, iba a ser objeto de análisis para acabar con esa permanente inquietud de la sociedad. Pues tampoco conmovía a los Padres de la Patria la incertidumbre en el empleo. Claro, dirá el avisado contribuyente, se trata de la inseguridad vial, que desangra al país cada fin de semana llenando de tristeza los hogares y de llanto los ojos españoles. Pues que quieren que les diga, siguen ustedes equivocados señora o caballero que me leen. Y no sigan buscando asuntos y motivos, no cavilen sobre el terrorismo, el precio del petróleo, la necesidad de una energía menos costosa, y no digo nada sobre la educación, la cultura o la moral de los ciudadanos, ninguna de esas materias tiene peso suficiente para que, quienes sienten la responsabilidad del bien común aúnen esfuerzos y olviden diferencias con el espíritu puesto en la mayor felicidad de sus conciudadanos. El tema que ha concitado la suma de voluntades es ni más ni menos que la sucesión en los títulos y grandezas nobiliarias, cuestión candente donde las haya y que tiene sin dormir a nobles y plebeyos, rústicos y urbanitas, civiles y militares sin graduación. Existen en este momento en España 3.063 dignidades nobiliarias, que se concentran en 2.417 titulares, y si consideramos que cada familia consta estadísticamente de 2,89 miembros, resulta que la medida que en su caso se promulgue, afectará a una masa de 6.985 personas que son quienes, del conjunto de los 40.847.371 españoles, han merecido la atención de la clase política para ver despejado su futuro y resueltos todos sus cuidados. La norma que rige a la nobleza titulada arranca de la ley de Partidas de Alfonso X, el sabio, que demostró con ella su calificativo ya que con pequeños retoques y leves paréntesis lleva vigente setecientos años, lo que supone haber regulado el devenir de unas treinta generaciones, algo es algo. La escasa legislación posterior se ha referido a vertientes económicas o precisiones administrativas, limitándose a reconocer el hecho histórico de esta institución, excepto la dictada por la segunda República que simplemente no admitió su vigencia. Al parecer, ahora necesita una revisión fundada en la reivindicación de moda, la discriminación femenina, reivindicación que se exige curiosamente en la única legislación nobiliaria de toda Europa que admite la sucesión de la mujer, hecho tan repetido a lo largo de los siglos que ha motivado la monótona concentración de varios títulos en una sola persona. Más de uno pensará que, en caso tan singular, se habrá consultado con la Real Academia de la Historia, entidad que vela por el patrimonio histórico nacional y cuya opinión debe merecer respeto en algo que afecta a la memoria de todos los españoles y, en cual- JAVIER TOMEO ESCRITOR LAS VIRTUDES DE LA COL S I uno tuviese tiempo, humor y una viña, trataría de comprobar personalmente si es cierto, como aseguraban los antiguos, que las coles, plantadas cerca de las cepas de una viña, debilitan a las vides de tal forma que no las dejan medrar. Supongamos, por un momento, que eso fuese cierto. ¿Cómo explicar semejante fenómeno? ¿Es que puede existir también el odio entre dos especies vegetales diferentes? ¿No es eso cosa reservada a los hombres? En cierto modo, nosotros podríamos entender esa animadversión recíproca entre coles y vides. Al fin y al cabo unas y otras representan dos formas distintas de entender la vida. Pertenecen a dos universos distintos, se rigen por diversos códigos de valores. Puede que la fastuosa vid, origen de tantos placeres efímeros y de tantas felicidades engañosas, se sienta acomplejada por la proximidad de la virtuosa y humilde col, madre de tantas disciplinas y restricciones gastronómicas. Puede, en efecto, que las cepas, viendo crecer tan próximo al honesto proletariado de las coles, ni siquiera se atrevan a levantar cabeza y mueran finalmente acogotadas por tremendos comple- jos de culpabilidad. A Juvenal, seguramente, no le gustaban las coles. Recordamos aquella sátira suya en la que nos habla del rico comiéndose un pez ricamente aderezado, mientras su sirviente tenía que conformarse con una nauseabunda ración de coles No faltaron, sin embargo, quienes supieron apreciar sus virtudes culinarias. Plinio, por ejemplo, pensó que las berzas eran fuente inagotable de exquisiteces y Apicio nos ofrece cinco recetas distintas para prepararlas. Los pícaros monjes de la Gran Cartuja, sin embargo, debieron de pensar (como piensan todavía los de mi pueblo) que de lo que come el grillo es mejor comer poquillo y pronto enseñaron a los cocineros a esconder astutamente deliciosos trozos de perdiz entre las hojas de col, por aquello de que. una vez hecha la ley, se hace también la trampa... quier caso, a la Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España, organismo que entiende en todo lo referente a la nobleza titulada; pues se ha vuelto a equivocar mi querida señora o mi dilecto caballero. El sistema utilizado ha sido el del insigne Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. Una vez más, aquí se ha confundido la igualdad fundamental de todos los humanos, basada en la dignidad de la propia naturaleza, con perseguir la identidad absoluta en lo accidental, terreno en el que la diversidad forma parte de la riqueza de la humanidad. Mediten los políticos responsables en el hecho de que una institución que no tiene hoy, ni desde hace ciento cincuenta años, privilegio alguno, no puede suponer discriminación pues no implica ventaja, y si a pesar de ello, mantiene cierta consideración social, es debido al peso de los años, al mantenimiento de la tradición, a estar entretejida en la sociedad con una memoria que sólo es valida si no se modifican sus planteamientos ancestrales. Un título nobiliario es una distinción única, no es divisible entre los hijos y solamente uno puede ostentarlo, pero modificar la norma de sucesión por discriminación femenina obligará asimismo a hacerlo por el concepto de primogenitura, pues la Constitución en su artículo 14 expresa que los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento... No admite por tanto postergar al resto de los hijos menores. En tal caso se trasladaría toda la responsabilidad al titular, al que se le obligaría a inventar una especie de primitiva entre sus descendientes para designar al sucesor, eso sí, cruzando los dedos para que la paz siga siendo un hábito familiar. No cambien la historia por decreto. La nobleza forma parte de la historia patria y está íntimamente ligada a ella porque los reyes, con acertada visión, fueron distinguiendo con títulos nobiliarios a las personas más sobresalientes de cada momento. A semejanza de la Monarquía, cuya virtud reside en su independencia frente a todos los poderes, políticos, mediáticos y financieros, y su fortaleza frente a ellos se basa en que no es una institución electiva, la nobleza tiene su razón de ser como testimonio histórico, ajeno a normas voluntaristas, por eso sentenció Tomás y Valiente refiriéndose al derecho nobiliario: Es como la catedral de Burgos, se puede destruir pero no retocar Tengan más fe en nuestros padres y lo que ha funcionado durante quinientos años, no lo comprometan en aras a lo socialmente correcto en una época concreta. Y termino confesando un temor que me angustia y atenaza: como continúe este fervor unisex de nuestros rectores en la política de la Nación, van a acabar imponiéndonos a toda la población pasar por el quirófano, con cargo a la Seguridad Social por supuesto, para que la igualdad sea efectiva e irreversible y así, ¡todos con vaqueros!