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6 Opinión SÁBADO 17 9 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA AMIR TAHERI PERIODISTA IRANÍ, ESPECIALISTA EN ORIENTE MEDIO MEMORIA DE ENTREGUERRAS UNCA han sido los socialistas españoles, ni ahora ni antes, muy finos y sutiles en el trato a sus adversarios; pero la burda saña demoledora que, desde su llegada al Ministerio de Defensa, le aplicaron a Federico Trillo supera las medias acostumbradas de la mala educación y la crispación innecesaria. Ellos sabrán por qué, aunque Trillo, doctor en Derecho, letrado mayor del Consejo de Estado, jurídico de la Armada y autor de libros muy respetables, como El poder político en los dramas de Shakespeare, reúne todas las condiciones de niño bien que tanto excitan a una izquierda socialista que, como la nuestra, está cuajadita de niños de familia burguesa que M. MARTÍN no llegaron a bien por FERRAND falta de capacidad o voluntad en los estudios y optaron por el despilfarro de las oportunidades. Además, y a mayor abundamiento, Trillo es católico practicante, cosa que el PSOE sólo suele perdonar a los suyos y con la intención de ofrecer un muestrario de amplio espectro. Ahora no deja de resultar divertido que, en coincidencia con la aprobación de la nueva Ley Orgánica de la Defensa Nacional, Trillo saque a la luz, en acción de legítima defensa, un libro- Memoria de entreguerras. Mis años en el Ministerio de Defensa (2000- 2004) -que llama la atención por numerosos motivos. El primero de ellos es la brillantez de su estilo narrativo, cosa muy poco común entre los políticos al uso, y, después, el garbo con el que repasa, con ironía desbordada y grandes muestras de humor- -más anglosajón que mediterráneo, aunque sea cartaginés y diputado por Alicante- -las vicisitudes, muchas de ellas complejas, del cuatrienio ministerial en el que le sirvió al PP de mascarón de proa y al PSOE de pimpampum. En estas memorias, sin perspectiva pero con enjundia, llama especialmente la atención la narración de un testigo directo, como él lo fue, de las reiteradas negativas de Rodrigo Rato a la participación española en Iraq. De ahí puede arrancar, deduzco yo sin la ayuda del autor, la razón por la que José María Aznar, por sí y ante sí, designó heredero a Mariano Rajoy y no a Rato, el protagonista del éxito económico, tan grande como exclusivo, de la etapa aznarí, en la que no se cumplieron sus promesas de regeneración democrática. Parece que Trillo, que es un magnífico jurista, un fino escritor y, sin llegar al nivel del actual, un mal ministro de Defensa- -aunque en sus días se suprimió el Servicio Militar obligatorio- ha debido divertirse mucho al escribir este libro que trata de defender en tiempo pasado una honorabilidad que no pudo defender cuando todas las fuerzas de la oposición, y hasta del infierno, se desataron contra él. ¿Recuerdan? Trillo, tras un paso brillante por la presidencia del Congreso, se convirtió en el malo de la película, no sólo por arte de la oposición, y no ha querido dar pie al silencio otorgante. Habla- -escribe- -con divertida lucidez. N INTIJABAT, EL SUEÑO AFGANO El autor analiza la importancia de las históricas elecciones generales que se celebran mañana en Afganistán, un país que, a su juicio, ha sabido sobreponerse a los agoreros pronósticos que creían imposible su democratización H ASTA hace un par de años no habían oído hablar de ellas o las consideraban un lujo inalcanzable. Con su reciente descubrimiento, no caben en sí de gozo. Este objeto de fascinación en Afganistán tiene un nombre mágico: intijabat (elecciones) un término que se ha abierto paso en el léxico político del país en 2002, con gran disgusto de los derrocados mulás talibanes, que las consideraban una abominación occidental. Hoy los poetas les han escrito odas (qasida) dealabanza y las asambleas de los pueblos (yirga) son un hervidero de conversaciones. Recuerden 2002, cuando expertos autoproclamados en Occidente se burlaban de la idea de unas elecciones en Afganistán. Se nos dijo que los afganos eran sólo máquinas de guerra que llevaban barba o burka, y que no se merecían nada mejor que los mulás que les medían esa barba y les imponían esa burka, y sus aliados terroristas. Con sus primeras elecciones presidenciales del año pasado y las generales de mañana, los afganos ya han demostrado que están más que dispuestos a tomar la senda de la democratización. Se espera que la participación llegue al 65 por ciento. Pero lo que importa es la calidad de los candidatos y su discurso. Y en este apartado los resultados son alentadores. Gran parte del debate de campaña ha sido de una calidad sorprendentemente alta, de forma especial a la hora de abordar cuestiones primordiales que interesan al ciudadano de a pie. Parece existir un gran consenso en torno a principios básicos. Casi nadie quiere volver a los malos tiempos de los talibanes. La mayoría de los candidatos han exigido una se- paración clara entre religión y política. La idea preponderante es que Afganistán necesita un sistema de mercado, que implicaría el desmantelamiento de la toma de decisiones centralista instaurada bajo la democracia y que prosiguió durante las épocas comunista y talibán. Valores recién reafirmados, como el respeto por los derechos humanos, una condición mejor para las mujeres y la tolerancia con la diversidad cultural, han sido defendidos con energía por numerosos candidatos. Algunos de aquellos que querían que Afganistán fracasara para arremeter contra Estados Unidos o George W. Bush, habíanpronosticado que las elecciones agudizarían las divisiones étnicas y desembocarían en una guerra civil. (Esa misma gente está utilizando idénticos argumentos en el caso de Irak) Sin embargo, eso no ha ocurrido. Casi nadie está apelando al voto desde posturas sectarias. Y lo que es más interesante, una alianza de la oposición constituida por 14 partidos, que está cosechando apoyos de la mayoría de comunidades étnicas importantes, parece abocada a unos resultados impresionantes. Los occidentales que se oponían a la liberación de Afganistán también afirmaban que las elecciones se traducirían en una victoria de los partidos islamistas. Pero eso tampoco va a ocurrir. Algunos líderes islamistas de la guerra contra los soviéticos se han reconvertido en políticos democráticos y buscan votos con temas laicos. Los nostálgicos del mulá Omar también aseguraban que las elecciones estarían dominadas por los jefes militares. El