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ABC JUEVES 15 9 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC POLÍTICA EN FUTURO POR BENIGNO PENDÁS PROFESOR DE HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS El PP debe abrir la puerta a cientos de personas valiosas que están deseando colaborar para superar la indiferencia política que les produce cierto malestar como ciudadanos. La convención de febrero debería servir como un foro de ideas y proyectos... E L ser humano sufre por muchas razones. Entre ellas, por su impotencia para cambiar el pasado y para predecir el futuro. Tempus fugit... Días felices. España iba bien; a veces, muy bien. La derrota electoral fue inesperada e injusta. El 14- M está en línea directa con el 11- M. Ganó el peor, y trajo consigo ciertas miserias. Hasta aquí, todos de acuerdo. Pero resulta que el viento y la desmemoria se llevan las huellas un poco más lejos cada día. La gente real no suele actuar de forma racional. Hace falta precisión en el diagnóstico y generosidad para asumir que unos cuantos- -no se sabe quienes- -no volverán jamás a la tierra prometida. Apostando por el futuro, el PP puede ganar o perder las próximas elecciones. Anclado en el pasado, las perderá con certeza, porque la política mira por definición hacia el porvenir. Dicta la experiencia que cualquier cambio de ciclo supone entre nosotros una especie de trauma colectivo. Próspera y afortunada (a veces más de lo que merece) esta sociedad dejó un buen día de ser premoderna para brincar sin complejos sobre la algarabía posmoderna. Castillo de naipes o trampantojo, tal vez. Yo creo que se trata de una ley inexorable. Hace medio siglo- -ese mismo que los americanos nos llevan de ventaja- -escribía David Riesman que la indignación moral ha pasado de moda El mundo no siempre es ilusionante. Pero está ahí. Si sabemos leer el mensaje cifrado, no nos engaña nunca. ble bajar a la calle. Menos despacho, pues, porque (autonomías y municipios al margen) no hay nada que gestionar. Las elites no llaman y los demás no se preocupan. Todos a buscar votos, aquí y allá y cada uno que aporte los que pueda. Política socrática: hablar con las personas y olvidar la moqueta. El que no quiera, ya lo sabe: la puerta del infierno está repleta de vanidades. Casandra, infatigable, intenta adivinar el porvenir. Esta vez conviene hacerle caso. Identificar problemas y aportar vías de solución mediante la conjetura de un futuro verosímil, propone Bertrand de Jouvenel en El arte de prever el futuro político Ideas, no solo ocurrencias para salir del paso. España, como siempre, eterna controversia. El mundo que traslada su eje del Atlántico al Pacífico. Economía libre en un entorno proteccionista. Sociedad abierta, creencias y actitudes. Bienestar, por supuesto: ¿hasta dónde y para cuántos? Justicia bien impartida. Universidad e investigación: excelencia, no burocracia. Inmigración, derechos y obligaciones. El hilo conductor debe ser, creo, el análisis del malestar de las clases medias. No cuentan los insensatos enganchados a la movida trivial. No valen los mezquinos o resentidos que no quieren escuchar este mensaje. Hay, en cambio, una mayoría social que padece de ansiedad: peones en un juego de grandes estrategias. Apenas ocultan su temor bajo la anestesia del centro comercial, la barbacoa del fin de semana o la pantalla gigante del megacine urbano. Los ricos se adaptan sin problema. Los pobres merecen un trato específico. La clave se sitúa en esas infinitas clases medias que luchan por mantener un nivel digno. Ellos piensan, aunque no hayan leído a Nietzsche, que la patria es la tierra de los hijos Otra vez el futuro. La situación política exige una oposición inteligen- Tiene razón Rajoy cuando orienta hacia el futuro la acción política. Es la estrategia que deriva del sentido común. No hay lugar para el debate entre tácticas y convicciones: la mejor forma de defender los principios consiste en ganar las elecciones. Suena imperativo el tono del líder popular: como decía el viajero de Alejo Carpentier, hoy he tomado la gran decisión de no regresar ya Está en juego, en efecto, la única opción posible ante las urnas. Será en 2008, porque no habrá anticipo, pidan lo que pidan los socios: el partidismo es una enfermedad incurable. La sociedad española depende en exceso del poder político. El Gobierno consiente opas, otorga licencias, encarga proyectos... La oposición, en cambio, tiene poco que ofrecer, acaso alguna expectativa. Por eso es absurdo que se empecine en la venta de recuerdos. Un salto atrás: Felipe González suscita hoy día más o menos la misma indiferencia que sus enemigos mediáticos. Me temo que el 11- M ha dejado de interesar al votante común. Londres y el 7- J cerraron la última esperanza de obtener una renta significativa en términos de opinión pública de aquellos días malditos. Se trata ahora de plantear el asunto, igual que en Inglaterra, sobre la confluencia entre libertad y seguridad: jerarquía de los derechos, control de las ideas extremistas, discusión sobre multiculturalismo. Una polémica apasionante, aunque con menor impacto en los medios más agresivos. Advierto que también a mí me irrita la invasión de esta fiebre helenística. Algún día, cuando ya sea tarde, nos vamos a arrepentir. Pero será todavía peor si para entonces gobierna la izquierda... Dijo también Rajoy el otro día que es imprescindi- te. Sin concesiones, como es notorio, hacia el adversario, pero sin dejarse llevar por las propias preferencias éticas y estéticas. El acuerdo entre PSOE y nacionalistas configura un poder constituyente material. Modulado según las circunstancias, el plan estratégico conduce a resultados irreversibles ante la atonía del socialismo españolista, una esperanza frustrada. La falacia que ahora se predica deja sin sustancia a la Nación y promueve la deconstrucción del Estado. Transfiere poder económico real. Se dispone a pactar con ETA. A Zapatero le gusta citar a Kavafis, aunque sea en otro contexto. Dice el poeta de Alejandría que a todos nos llega el momento de decir el gran sí o el gran no El presidente, es de temer, ha tomado ya la decisión. La hoja de ruta incluye sacar de quicio al centro- derecha y explotar la imagen del todos, menos el PP... Si además consigue provocar la división interna, duplica las ventajas. Un leve trasvase de sufragios hacia posiciones extremistas podría suponer una pérdida irreparable de escaños. Es significativo (y, por cierto, muy positivo) que los neopopulismos de moda en Europa no consigan ganar adeptos en España, ni siquiera en circunstancias como la presente, propicias en apariencia. Es mérito indiscutible del PP, aunque nadie se lo va a reconocer. Aquí y ahora, el votante popular ofrece un perfil moderado. Español y sin complejos de identidad territorial, vive su patriotismo de forma natural, pero no quiere ser nacionalista. Está orgulloso de la etapa de Aznar, con buenos motivos. Es conservador sin excesos o liberal con timidez, pero nada proclive al discurso autoritario. Más razonable que agresivo, prudente hasta ignorar la valentía, no se identifica con el tópico agreste que hace feliz al adversario. En el fondo, es más moderno que muchos socialistas rancios y que los nacionalistas románticos y organicistas. Son casi diez millones de votos: un activo excepcional que debe ser administrado con eficacia. No se puede ofrecer ventajas adicionales a quienes no comparten la lealtad hacia la España constitucional. Grandeza y servidumbre de la convivencia social bajo pautas mínimas de civilización. Vivimos de juntar palabras, que- -a la hora de la verdad- -no significan lo mismo para unos y para otros. Ya sé que la política irrita sin remedio a los espíritus geométricos. Es duro aceptar, como sabía Flaubert, que los necios triunfan a veces allí donde fracasan los más inteligentes. Se impone la sensatez. Es hora de sumar aportaciones en favor de la única opción que garantiza hoy día la continuidad de un éxito histórico. No es, en cambio, tiempo de querellas para repartir los restos del naufragio. En este sentido, el líder popular hace bien en evitar cualquier debate sobre personalismos. Muy al contrario, el PP debe abrir la puerta a cientos de personas valiosas que están deseando colaborar para superar esa indiferencia política que les produce cierto malestar como ciudadanos. La convención de febrero debería servir como un foro de ideas y proyectos, accesible e ilusionante para esta nueva sociedad española. El tiempo apremia, porque la historia- -igual que la vida misma- -no espera nunca a los rezagados.