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ABC MIÉRCOLES 14 9 2005 Opinión 5 MEDITACIONES TIPOS ÚNICOS E L jefe de la Oficina Económica de Presidencia del Gobierno, Miguel Sebastián, cree que el actual IRPF es injusto e ineficiente y defiende- -lo tiene por escrito- -un tipo único del 30 por ciento. La mini reforma fiscal que viene reducirá el tipo máximo del 45 al 42 ó 43 por ciento y mantendrá tres o cuatro tramos. Es, en esencia, la antítesis fiscal que propone Sebastián, por lo que cabe deducir que el pragmatismo de Solbes se ha impuesto por goleada. Algunos en el Ministerio de Economía, con mala leche, señalaban ayer a Alemania, donde la propuesta fiscal del profesor Kirchhof, candidato a ministro de Finanzas si gobierna el centro- derecha, sitúa el tipo único en el 25 por ciento, medida calificada de asocial por Schröder y que ha provocado un terremoto político. ¿Qué diría la socialdemocracia alemana de la propuesta de Sebastián? MARCO AURELIO LEER Y PENSAR LOS MAGNOLIOS DE NUEVA ORLEÁNS MEDITACIONES EN EL DESIERTO DE GAZIEL Ediciones Destino Barcelona, 2005 272 páginas 19 euros La tercera España En 1936, cuando estalló en nuestro hogar el bárbaro conflicto entre el fascismo y el marxismo, nosotros, la gente liberal, no pudimos estar ni de un lado ni del otro. Y por eso fuimos rabiosamente perseguidos por uno y por otro. Yo- -pongamos por caso- -he sido un hombre al que ambos bandos quisieron igualmente asesinar... En el Madrid de posguerra, del 46 al 53, Agustí Calvet, conocido periodísticamente por el pseudónimo de Gaziel, pergeñó uno de los dietarios más amargos sobre la tragedia de aquella tercera España que salió malparada de la guerra civil. Director de La Vanguardia antes del 36, critica a una burguesía incapaz de urdir un tejido civil que actuara de dique democrático ante los embates extremistas. Como Pla, Gaziel soporta el franquismo sin ganas; lamenta el papel acomodaticio de algunos intelectuales de referencia y abomina de los versos áridamente sonoros del Don Juan de Zorrilla. En aquel Madrid de racionamiento y bravatas autárquicas, el exiliado interior reitera cual mantra los pecados capitales que desde el siglo XIX abortaron el proyecto liberal español. Sus meditaciones de entonces pueden ayudarnos, hoy, a no caer en los mismos errores. SERGI DORIA SÍ vi a un piquete de brigadistas de la caña de azúcar, cuando la gran zafra, la mañana que llegué al aeropuerto de Rancho Boyeros y La Habana me recibió con el perfume de mujer de su olor a humedad de palma y manigua que aún trasmina el recuerdo del amanecer. Iban los compañeretes en la batea de un camión, camino de un paisaje de carga de mambises y bohíos que había visto en los cuadros de los corredores de muchas casas gaditanas. Así, en el mismo trópico de humedades virginales, he visto ahora otro camión, en cuya batea va el presidente de los Estados Unidos. Pasa el camión de Bush por las calles arriadas, y en su camino quiere borrar el azulejo como de esquina del Barrio Francés que en la opinión mundial señala: Hasta aquí llegó el agua de la incompetencia del todopoderoso gobierno de los Estados Unidos Bush ya tiene su azulejo de riada, como tantas ciudades ribereñas del ANTONIO Guadalquivir. Guadalquivir o MisisiBURGOS pí, ¿qué más da, si todos los ríos son el río y todas las riadas son la riada, terrible, que avanzaba como un monstruo nocturno, como un animal prehistórico y silencioso, en la oscuridad de las páginas de Ocnos Igual que aquel Misisipí Blossom el barco de ruedas que me llevó por el ancho río cuando estuve, niña, en Nueva Orleáns, también en este Guadalquivir de inundaciones como castigos navegaban otros vapores con orondas norias de paletas, el San Telmo el Bajo de guía Por eso, a ese mismo camión en cuya batea, derramando estelas de agua por las aceras, va el presidente Bush, lo he visto yo por Sevilla, cuando el Tamarguillo se salió de madre. Las viejas ciudades ribereñas están acostumbradas a estos azotes. Hubo un tiempo que en Sevilla los años se contaban por riadas: la riá del Tamarguillo, la riá del 47. Vino una vez un ministro de Jornada, como ahora Bush en la batea del camión, para quitar penas a los arriados. Unos prohombres qui- A sieron enseñarle males anteriores, que podrían solucionarse con las ayudas a los damnificados. Pero el ministro, dándose mucha importancia y mucha prisa, les dijo que no podía atenderles, que tenía que volverse a Madrid en el exprés. La indolencia de todos los Sures que inundan los anchos y lentos ríos no se inmutó. El alcalde, Duque de Alcalá, le dijo al Bush de turno: -No se preocupe usted, señor ministro: lo dejamos para otra riá... Bush quizá no tenga otra riá en que solucionar la desolación que le muestran, mientras recorre la ciudad sobre la batea del camión. Terrible carroza carnavalesca de Mardi Grass, la batea del camión de Bush: cómo se menea el Bush en la batea. ¿Hasta dónde ha llegado la riada del Misisipí? Por lo menos hasta el Potomac. El despacho oval creo que está completamente arriado, a cubos tienen que sacar el agua. Bush no tiene, como Cádiz en 1755, al cura de la Viña, que sacó el estandarte de la Virgen de la Palma y aún lo recuerda el dicho: Hasta aquí llegó el agua, dijo el cura de la Palma El agua de Nueva Orleáns ha llegado... Pues se lo voy a decir a ustedes: exactamente hasta la nostalgia de los magnolios en flor. Cada ciudad tiene su flor, su árbol. De Nueva Orleáns, donde hay tanta poesía que se levantan monumentos a los generales derrotados en las guerras, a todos nos queda el recuerdo de aquellos magnolios, lustrosos, monumentales, como virreyes. Pienso en ellos cuando la batea de Bush, cómo se menea, pasa junto a una casa destruida, en cuya fachada pone ese letrero, que así se llama todo un barrio: Magnolia Sabemos que almas con corazón, tras enterrar a los muertos, han rescatado a los perros y gatos que permanecían junto a ellos, fielmente, en las casas donde sus dueños murieron. Nadie nos dice qué ha sido de los magnolios de Nueva Orleáns. Sé que resistirán. Nueva Orleáns tiene de nuevo que volver a ser una magnolia voluptuosa, flor carnívora que devora la vieja humedad del Trópico. Como una trompeta de Louis Armstrong hecha flor.