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ABC MIÉRCOLES 14 9 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL TRIUNFO DE LA SERVIDUMBRE POR FERRAN GALLEGO PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA. UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA Hace setenta y cinco años, Alemania dio el primer paso para decir que no era una nación de ciudadanos, sino una comunidad esencial, que confundía la soberanía con el autismo, el poder del pueblo con el fin de la democracia... S IN que apenas se recordara, cuando tanto nos hemos inclinado ante el aire algo solemne de los aniversarios, hoy se habrán cumplido 75 años de un día que sigue conteniendo el sentido del siglo XX. Cuando se hizo el recuento de los votos emitidos en Alemania en aquella jornada de 1930, se supo que seis millones y medio de ciudadanos habían llevado al Reichstag a más de cien diputados nazis, colocando en el espacio venerable de la gobernabilidad a quienes, hasta entonces, no habían sido más que una pintoresca esquela en el margen de la democracia. En su libro Habitaciones separadas, García Montero nos indicó que del verano se sale igual que de un recuerdo pero los alemanes buscaron en el otoño el regreso a un pasado donde pudieran ser fieles a su implacable destino. Les pareció que así certificaban la falsedad de una democracia a enfundar en los arcones de los objetos inservibles. Fueron a votar absortos en su nostalgia por el paraíso de una identidad perdida, aunque, para alcanzar ese cielo, tuvieran que asumir que el infierno eran los otros. Antes de ese día, los ciudadanos alemanes, curtidos en los avatares de la Gran Guerra y una revolución, habían despreciado a aquel puñado de nazis estentóreos, que aullaban su excentricidad proclamando sin rubor ni descanso que la nación constitucional era un envoltorio reversible, un simple acuerdo de circunstancias. Estos rebeldes sin más causa que su desesperación no tardaron en encontrar las circunstancias propicias para ir hallando un auditorio, en el mismo lugar donde sólo se les había escuchado con una sonrisa de indulgencia. Tales corrientes ideológicas nunca convencen en momentos de serenidad, en la búsqueda de los problemas complejos donde nunca constan indefensos chivos expiatorios. Para crecer, su liturgia radical necesita de un estado de crispación en el que los hombres ya no comprenden lo que les rodea, son incapaces de analizarlo con realismo, son impotentes para proporcionar estrategias razonables. Porque han sufrido demasiado, porque se han quebrado los puntos de orientación que los mantenían en pie, porque se han disuelto los fundamentos de sus sueños: porque no son más que personajes agraviados en busca de un autor. Esa circunstancia de desvinculación de códigos morales, de agonía de verdades sencillas, de mutilación de tradiciones respetables, es el jardín podrido que alimentó el nazismo. El populismo nacionalista convirtió la devaluación de la libertad individual en una seductora nostalgia por el autoritarismo; denigró la democracia como una cáscara legal sin pasión ni autenticidad. Ni siquiera la presentó como un frío monumento, sino como una advertencia de tráfico temporal, a retirar en cuanto pudiera instalarse el verdadero sistema circulatorio de la comunidad. Cuando las instituciones no pudieron atender a sus parados, a sus enfermos, a sus ancianos, los nacional- populistas señalaron la culpabilidad de la clase política, del parlamento, de las bases indispensables del reconocimiento mutuo que dota a una sociedad de recursos vertebrales. Y la Constitución que había obtenido el apoyo abrumador de la ciudadanía sólo once años atrás, fue degradada a la condición de un expediente provisional, una nación de diseño que sólo había habitado las mentes extraviadas de los legisladores que la construyeron con la voluntad tranquila del pueblo. Los movimientos que se basan en la crispación emocional no argumentan las soluciones ante los problemas: se limitan a golpearlos, como si tal actitud respondiera al mayor calado de las convicciones. En cambio, los demócratas nunca confunden su defensa de la libertad con una frívola sarta de desórdenes emocionales. La alternativa nacional- populista del nazismo era una caótica mezcla de identidad y exclusión que llamarían Orden Nuevo, y una perpetua exhibición de mitos arcaicos con recursos técnicos del siglo XX que denominarían modernidad. Lo que podía haber sido el aldabonazo instantáneo de una protesta se convirtió en la materia orgánica de una normalización cultural; un movimiento de fe capaz de convencer a unos ciudadanos maduros de que existía un solo conflicto real en nuestro tiempo: el que oponía a la comunidad uniforme contra sus adversarios internos, actuando en sus órganos con la paciencia de un tumor maligno. Convenció, porque supo exaltar el destino común y homogéneo, que siempre posee mayor calidez que el futuro incierto y personal. Convenció, porque escenificó la libertad del pueblo, que siempre dispone de mayor fuerza estética que la libertad de cada individuo. Convenció, porque fue capaz de convertir la imperfección de las instituciones en una insoportable carencia de autenticidad, cuando lo imperfecto es una irrenunciable condición de mejora, y lo perfecto, en política, es una sospechosa ilusión destinada a apagar el derecho al error y la legitimidad de la discrepancia. Convenció, porque consiguió hacer pasar como esperanza de muchos lo que sólo era una oleada de pánico colectivo. Convenció, porque el miedo adquirió el sabor de la seguridad y porque la exclusión refrescó como una legítima defensa. Convenció, porque nadie deseaba escuchar que una sociedad libre es un mundo de riesgo, es un espacio abierto a la incertidumbre. Convenció porque nadie quería elegir, pero todos querían ser elegidos. populista. Los individuos ya no serían el fundamento de una construcción cívica, sino la materia en la que el espíritu nacional cobraría forma. Las instituciones dejaron de servir para señalizar los acuerdos entre seres humanos iguales y, por tanto, diversos. Los escenarios sociales fueron experiencias clónicas de identidad innegociable, escoriales que derramaban las ruinas de las certezas absolutas. La madurez de la duda pareció una debilidad de carácter. Y la diferencia ya no fue garantía para los individuos, sino amenaza para la colectividad. Sin duda, deberíamos prestar mayor atención a ciertos aniversarios que tratan de volcar sobre nosotros sus advertencias, desde un tiempo siempre tentado por la eternidad. Aquella República había llegado a ganarse la voluntad de quienes menos propicios fueron a sus ideas, llegadas en plena derrota nacional. Eran los llamados republicanos de la Razón quienes, como Stresemann, Meinecke o el propio Thomas Mann, acabaron por levantar su voz cuando creyeron que se renunciaba a los humildes territorios pensados a escala humana, para aventurarse en paisajes heroicos y tentaciones abismales. A ellos corresponde el extraño valor de haberse opuesto a un deleznable sentido común a una espantosa naturalidad que repugnaba a su misma conciencia patriótica y que pretendía obligar a escoger entre ser un buen ciudadano y ser un buen alemán. A ellos correspondió arrebatar la ficticia dignidad de aquel nacionalismo y, con su exilio, con su ruina o con su muerte, denunciar el insulto a una tradición nacional, sepultada en unas condiciones que habrían de avergonzar a su país a lo largo de todo el siglo XX. Y esos pocos lo hicieron cuando el otoño caía sobre aquella Alemania fáustica dispuesta a cambiar el poder del genio por la capacidad de amar. Esos verdaderos patriotas acudieron con el escaso poder de la razón, de la compasión y del respeto a la vida de todos. Cuado Alemania se lanzó, embriagada, al horror disfrazado de una orgía sentimental. Hace setenta y cinco años solamente, recordemos, una sociedad madura hizo algo distinto a enloquecer. Simplemente, consideró que la libertad individual era la versión degradada de la libertad de un pueblo. Repudió lo diverso porque le pareció un trance defectuoso de la perfecta unanimidad. Se entregó a la emoción comunitaria porque le indicaba con una certeza más brutal quién formaba parte del pueblo y, sobre todo, quién le resultaba ajeno. Hace setenta y cinco años, Alemania dio el primer paso para decir que no era una nación de ciudadanos, sino una comunidad esencial, que confundía la soberanía con el autismo, la integración con la exclusión, el poder del pueblo con el fin de la democracia y el patriotismo liberal con el nacionalismo excluyente. Y, sin saber hasta dónde llegaría el cumplimiento de esa ceremonia de purificación, se lanzó a ese viaje al fin de la noche que tantos se empeñaron en llamar destino. A setenta y cinco años de distancia, otros continuamos creyendo que es mejor caminar pisando la dudosa luz del día. Sabiendo que, al otro lado de nuestros actos, al otro lado de nuestras palabras, sólo nos espera una carencia de circunstancias trágicas. Ese paraíso terrenal que aún nos empeñamos en llamar una patria diversa y un futuro imperfecto. La elite habría de indicar quién era voz y quién había pasado a la condición de disonancia en la armonía