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56 MARTES 13 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC en la cara sur del Yelmo. Una vez en la cumbre descorcharon una botella de cava para celebrarlo. Comentaba con gracia que uno de otro grupo que había alcanzado también la cumbre, al verle allí manifestó sorprendido con un fuerte acento madrileño: ¡Oye colega, tú alucinas! Cuando Rafael lo contaba, se veía que era una de las mejores alabanzas que le habían hecho. Le había agradado más que los fuertes aplausos que tantas veces le dieron después de impartir alguna de sus importantes conferencias. Recuerdo también una larga marcha que con él realicé saliendo del santuario de Torreciudad. Intentamos remontar todo el pantano del Grado por la margen izquierda del Cinca, la contraria a la que discurre la carretera. Se trataba de un terreno abrupto y, en cierto modo, inexplorado. Partimos muy temprano, después de asistir a la santa misa, como siempre hacía, e iniciamos la marcha. Muchas horas después no recogían en la cabecera del pantano. Habíamos logrado nuestro objetivo. En ésta como en otras marchas, conversábamos de todo. No le gustaba en la montaña tratar de temas profesionales. Cuando en alguna ocasión un economista comenzó a debatir sobre una teoría comercial y pidió su opinión, Rafael contesto con firmeza: Andrés, al monte no se viene a trabajar Le gustaba sin embargo contemplar la naturaleza y muchas veces mantenía un profundo silencio. Con frecuencia, lo pudimos comprobar sin que hiciese nunca alarde de ello, caminaba rezando. Las cuentas de un rosario de dedo discurrían lentamente entre sus dedos. Una vez me contó lo que le había dicho un amigo italiano, la regla de las tres s La montaña hace al hombre silente (silencioso) sofferente (sufriente) y sobrio, ya que facilita la reflexión, pide silencio y forja una personalidad sobria, sin caprichos Rafael era muy querido en el mundo de los montañeros. Lo pude comprobar una vez más hace tan sólo dos meses. Agustín Faus, conocido montañero afincado en Aragón, hacía la presentación de uno de sus libros en Madrid, en el club Peñalara. Se lo comuniqué a Rafael y modificó su apretada agenda para poder asistir. Se encontraban allí muchos de los grandes escaladores de nuestro país y recuerdo que cuando Rafael entró todos se dirigieron a él para saludarle efusivamente. Rafael respondía con el mismo cariño e incluso con entusiasmo. No sé cómo sería su reconocimiento en los altos ambientes bancarios. Me imagino que parecido, pero aquí era el encuentro entre unos amigos que comparten plenamente la misma afición. Fue entonces cuando le pedí permiso para incluirle en un libro que estoy preparando de biografías de montañeros con valores. Se sintió honrado y no se consideraba digno de ello. Le sugerí que me preparase algunos datos de su biografía. Me dijo que lo haría con gusto. No sé si habrá podido hacerlo. Sea como sea, me esforzaré por dar a conocer todavía más en el mundo de la montaña a este hombre bueno que ha mantenido esta bonita afición hasta el final de sus días. PEDRO ESTAUN VILLOSLADA ESCRITOR EL MONTAÑERO RAFAEL TERMES La montaña hace al hombre silente (silencioso) sofferente (sufriente) y sobrio ya que facilita la reflexión... C UANDO me comunicaron el fallecimiento de Rafael Termes enseguida vino a mi memoria el recuerdo de las muchas veces que hemos estado juntos en la montaña. Son numerosas las personas que conocieron a Rafael en su actividad bancaria o docente, pero también son muchos los que, además, le hemos conocido en su aspecto de amante la naturaleza y montañero infatigable. He tenido la satisfacción de haber realizado con él algunas marchas y excursiones por la montaña. La más importante fue la ascensión en dos ocasiones a la cima de la Gran Facha, monte pirenaico de más de tres mil metros de altitud. Desde hacía años yo subía a esta bonita montaña el día de la Virgen de las Nieves, el 5 de agosto. Montañeros franceses y españoles nos reuníamos en este pico fronterizo entre Francia y España para celebrar en la cumbre una eucaristía. Cuando se lo conté a Rafael me di cuenta enseguida de que también a él le gustaría participar en esa ceremonia. Ciertamente el acto unía dos facetas que él amaba: amor a la montaña y alabanza al Creador. Planificamos las cosas y aquel verano- -finales de los 90- -pudimos realizar juntos la marcha. Partimos de Pont d Espagne en la vertiente francesa del Parque Nacio- nal de los Pirineos. Desde allí nos dirigimos al refugio Wallon en Marcadau donde pernoctamos y a la mañana siguiente, muy de madrugada, reiniciamos la marcha para coronar ya a pleno sol. El descenso lo hicimos por Repomuso hasta la Sarra, donde un coche nos esperaba. La marcha fue ciertamente dura, pero Rafael, pese a que rondaba los ochenta años, la realizó sin problema alguno. Recuerdo su satisfacción cuando, poco después, me enseñaba las fotos y evocábamos las incidencias de la excursión. Tan contento quedó que quiso que lo repitiésemos los años siguientes. No todos pudo ser, pero volvimos en 2001. Tenía entonces 82 años, una edad muy avanzada para una marcha de estas características, pero aguantó y, además sin especiales problemas. De este modo, el día de Nuestra Señora de las Nieves, este conocido hombre de la banca participó en una misa en lo alto de una elevada montaña. Pero no fueron éstas unas ascensiones aisladas. Rafael era un gran amante de la montaña y en particular de nuestro Pirineo. Muchos veranos pasó unos días de descanso en Astún, en el Pirineo catalán o en el de Andorra, que tan buenos recuerdos le traía. Entonces, indefectiblemente, todos los días salía a hacer una excursión más o me- nos larga. Un día a la semana, realizaba una más fuerte; en ocasiones de más de doce horas que incluía el ascenso de alguna cumbre importante. Hacer montaña era su manera de descansar. Era lo que hacía también en Madrid, su lugar habitual de residencia. Me contaban sus amigos que procuraba todos los sábados o domingos caminar por la sierra de Guadarrama, donde era muy conocido. Con frecuencia repetía un mismo itinerario que le resultaba especialmente atractivo. Tanto es así que en el parque Natural de la Pedriza de Manzanares, uno de los senderos por él muy frecuentado, se denomina desde hace tiempo en los mapas sendero Termes El día que cumplió los ochenta años se atrevió a realizar una escalada. Fue AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR TEBEO OR mucho que busquemos en los anales de la Historia, el terrorismo suicida de hoy no tiene precedentes. Y no los tiene no porque no haya habido gentes dispuestas a morir matando, pues siempre hubo y siempre habrá imbéciles narcisistas, sino porque la sociedad hoy víctima de ese terror, el mundo que lo engendra y lo sufre, no tiene nada que ver con ninguna sociedad, con ningún mundo antes habido. A lo único que recuerda lo que está ocurriendo es a los tebeos de superhéroes. Fueron los dibujantes y guionistas norteamericanos del siglo pasado quienes acertaron a imaginar lo que un día acabaría ocurriendo, y son sus historietas lo que nos ha familiarizado con la idea de una ciudad constantemente amenazada por la explo- P sión gratuita y aleatoria de la maldad obtusa en cualquier lugar y a cualquier hora. Conspiraciones, cuarteles invisibles, programaciones, lavados de cerebro, redes paralelas, comandos dormidos: el malvado del desierto no ha inventado nada, y no sería extraño que se hubiera inspirado directamente de sus lecturas infantiles a la hora de organizarse. El Doctor No ha encontrado, por fin, encarnadura. Esta idea o sensación que me ronda desde hace tiempo, la de estar viviendo en un tebeo, evidentemente no es consuelo. No la mencionaría si no enlazara con otras, que me parecen más interesantes. Una, que en el tebeo estamos todos, esto es, que los terroristas no son agentes extranjeros ni alienígenas, sino monstruos domésticos, cuervos criados en las ratoneras de nuestra propia ciudad, que es tanto como decir nuestra propia imaginación. Y otra, que vivimos días de máxima infantilización, de puerilidad rampante, hasta el punto de que cabe preguntarse si no estaremos siendo víctimas de algún trastorno hormonal globalizado, quien sabe si a causa de algún producto químico de síntesis, de tantos como contaminan hoy el aire, el agua, la tierra, la cadena trófica. Puede que sea una impresión subjetiva, pero hay tanto histrionismo patoso, tanta simpleza en tantos órdenes de la vida, incluídos los más terribles o graves, que muchas veces en vez de con adultos diríase que tratamos con niños que juegan a ser adultos, y que, cuanto más en serio parece que se toman las cosas, menos se las están creyendo en el fondo, aunque tengan en sus manos el botón del fin del mundo. No hace falta encender la televisión, contaminante puro donde los haya, para percibir esta extraña regresión de la especie. Suele bastar con asomarse a un espejo. Prueben a hacerlo. Quién sabe si así, algún día, por fin, aparece Supermán y completa el reparto.