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ABC MARTES 13 9 2005 23 La Bolsa japonesa celebra el triunfo de Koizumi con su mayor subida en los últimos cuatro años Nervios y presión en la campaña de los conservadores alemanes para volver a remontar en los sondeos Miles de palestinos hacen su sueño realidad al tomar al asalto Gush Katif. En una caótica romería, cantan, desfilan armados, queman las sinagogas abandonadas... ¡Ahora Cisjordania y Jerusalén! J. CIERCO. CORRESPONSAL AP aquí y allí durante toda la jornada. Como en Ramala, en Gaza, la euforia dio paso al descontrol, el descontrol cedió el testigo a las ansias de venganza, las ansias de venganza se mezclaron con las rivalidades internas, las rivalidades internas no ocultaron un pasado demasiado presente de agresiones, humillaciones, injusticia, muerte, colonización y todo tipo de sentimientos encontrados. Como en Ramala, en Gaza, que resulta ser sólo el cinco por ciento del total de la tierra palestina ocupada por Israel, se exigió el final de la colonización de Cisjordania y Jerusalén Oriental y se prometió más resistencia (Hamás, protagonista; de hecho volaron dos cohetes Qassam hacia Israel) hasta lograr el objetivo. Lágrimas de alegría Diez meses después, Gaza volvió a enterrar a Yaser Arafat. Pero ayer, las muchas lágrimas vertidas por las decenas de miles de personas que bañaron las calles de la Franja, sus carreteras, sus campos de refugiados, su mar Mediterráneo en el que se ahogaron cinco jóvenes, eran todas de júbilo, no de tristeza. Rezos exaltados Como en Ramala, en Gaza se rezó a Alá, aunque algunos, como el líder de Hamás, Mahmud al- Zahar, lo hicieran de forma más que provocadora en la sinagoga de Neveh Dekalim, que será en breve demolida por las excavadoras palestinas. GUSH KATIF (GAZA) Con su gorra verde de Hamás bien calada, Nabil se seca las lágrimas al pisar la sinagoga de Neveh Dekalim. No porque esté ardiendo, sino porque su sueño de besar este suelo palestino se ha hecho realidad. Han hecho falta muchos mártires para llegar hasta aquí dice feliz a sus 30 años mientras saluda en la distancia al gobernador de Jan Yunis, Hosni Zoroub, que canta victoria a los cuatro vientos mientras proclama que después de Gaza le toca el turno a Cisjordania y Jerusalén Ahmed, a sus 9 años, pasa de puntillas sobre el contexto histórico, que desconoce, y se dedica en cuerpo y alma a su ardua tarea en Netzer Hazani: empujar una pesada carretilla repleta de marcos de aluminio de ventanas y puertas. Otros muchos hacen lo mismo. Se llevan todo lo que encuentran entre los escombros, por inservible que parezca. No sólo desean quedarse con algún recuerdo, sino que acumulan trastos con el objetivo de sacar unos shekels. Ahí está Omar, azotando sin piedad a su burro, entrado en años que no en kilos, que tira de una carreta, junto a Katif, cargada de maderos y hierros retorcidos. Más allá, en Shirat Hayam, decenas de niños y jóvenes se dan su primer baño en la costa de Gaza hasta ahora ocupada. Cinco de ellos morirán ahogados entre el delirio y el caos generalizados, como mueren los bañistas japoneses por exceso de personal en sus piscinas. La tragedia se come a dentelladas cualquier motivo de júbilo en la castigada Franja. A la vuelta de una esquina, Ibrahim, con el número 1.646 en su carnet israelí celebra junto a su mujer, sus diez hijos, su padre y sus cuñados, recién llegados de la cercana Jan Yunis después de 5 años de no poder hacerlo, la retirada israelí. En su modesta casa de Al Mawasi ofrece té y pan con zatar mientras reconoce que muchos de sus vecinos van a echar mucho de menos los 3.000 puestos de trabajo que les proporcionaban los colonos en sus invernaderos. Varias columnas de humo negro se levantan aquí y allá. Suele decirse que por el humo se sabe dónde está el fuego. En este caso, dónde están las sinagogas. Cuatro arden después de ser tomadas al asalto por decenas de jóvenes, ansiosos de acabar con los últimos símbolos de una ocupación militar que ha durado 38 años y ha costado miles de vidas. Banderas bien altas Las banderas palestina, del Yihad, del FPLP, de Al Fatah ondean en lo alto de las sinagogas, de los edificios públicos no demolidos, del antiguo cuartel general del Ejército israelí... Mohamed se sube habilidoso a uno de los postes eléctricos para colocar la más verde que ha encontrado de Hamás. La caótica romería continúa aquí y allá. De norte a sur. De Eli Sinai, donde Mustafá insiste en que después de Gaza tienen que venir Cisjordania y Jerusalén, hasta el viejo Yaser, quien le rebana el cuello a un cordero en el tradicional sacrificio musulmán para darle gracias al cielo. Nabil, Hosni, Ahmed, Omar, Ibrahim, Mustafá, el viejo Yaser... todos tienen a algo más que contarle a sus nietos.