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ABC LUNES 12 9 2005 21 Victoria arrolladora del partido del primer ministro japonés, Koizumi, en las legislativas niponas Israel pone fin a 38 años de ocupación militar de Gaza con una sencilla ceremonia castrense Los primeros contratos para la reconstrucción han sido adjudicados a empresas vinculadas a la Administración Bush La Casa Blanca descarta cualquier subida impositiva para no frenar aún más el crecimiento ma un gasto público diario de 2.000 millones de dólares. Porcentaje que se habría ralentizado a la mitad durante la semana pasada. Con estas perspectivas, el actual y abultado déficit presupuestario de Estados Unidos va a estar asegurado durante varios años consecutivos. Para los refugiados que se encuentran a escasos kilómetros de sus casas, la tentación de escaparse para ver en qué estado se encuentran es muy fuerte. Los pocos que lo consiguen vuelven descorazonados, tras comprobar que las aguas impiden aún el paso Regreso a Nueva Orleáns TEXTO: MERCEDES GALLEGO. CORRESPONSAL Agujero en las arcas públicas Ante este gigantesco agujero adicional en las arcas públicas de Estados Unidos, el presidente Bush y el vicepresidente Cheney se han apresurado a descartar subidas de impuestos para hacer frente a los costes de Katrina Su argumento es que aumentar la presión fiscal puede poner en peligro el crecimiento económico del gigante americano, que de acuerdo a las últimas estimaciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso puede verse reducido en un punto porcentual temporalmente. Dentro de esta acelerada inversión de fondos federales, empiezan a llamar la atención los primeros contratos adjudicados para ayuda humanitaria y reconstrucción. Entre las compañías beneficiarias se encuentran entidades vinculadas a la Administración Bush como Halliburton o Bechtel. Una persona instrumental en facilitar estos contratos habría sido Joe Allbaugh, asesor electoral de Bush, ex director de FEMA y ahora un próspero prácticante de lobby en Washington. Como noticia positiva, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos ha revisado este fin de semana el tiempo que llevará drenar de agua la ciudad de Nueva Orleáns. Los pesimistas cálculos iniciales de ochenta días han quedado reducidos a cuarenta. NUEVA ORLEÁNS. Hasta hace dos semanas, los contratistas de Luisiana buscaban mano de obra barata en los cruces de carretera donde se congregaban los mexicanos ilegales cada amanecer. Ahora van a los albergues. Ahí encuentran la hornada de miles de jóvenes sin nada que hacer ni expectativas de futuro, cuyas vidas fueron interrumpidas abruptamente por el huracán Katrina Les aguardan los duros trabajos de limpieza y reconstrucción de la ciudad que han dejado atrás. En el autobús que regresa a Nueva Orleáns cargado con los nuevos temporeros no hay un solo blanco. La paga es de diez dólares la hora y deben estar dispuestos a trabajar hasta 82 horas semanales durante al menos treinta días. Por el mismo trabajo, los hondureños venidos de Texas ganan catorce dólares la hora. Un triste indicativo del lugar que ocupan en la escala social los negros de estos estados sureños. Un barrio de Nueva Orleáns anegado dos semanas después del paso del ciclón porte público y ni siquiera queda gente por las calles como para hacer auto- stop. Sólo Darryl Bannister ha tenido el descorazonador privilegio de verla. El autobús entró por el puente de la autopista que queda justo delante dice con un gesto de pesadumbre. El agua sigue llegando hasta el segundo piso No queda más que colocarse las máscaras y seguir limpiando. Los hondureños aseguran que en la lista de encargos para las próximas semanas hay nueve hoteles y seiscientas casas. Trabajo no les va a faltar en una buena temporada, pero van a necesitar mucho estómago. En las cámaras frigoríficas del hotel la carne se ha echado a perder. Estaba todo lle- AP Habitaciones como pocilgas Uf, la paga sonaba muy bien, ahora lo entiendo decía sudorosa y con los ojos cansados Semetria Jackson. Su labor es la de limpiar un hotel en el que refugiados y periodistas han resitido sin agua ni electricidad durante trece días, hasta que ha sido clausurado por insalubre. No es el Superdome, pero las habitaciones parecen pocilgas y no hay quien mire los retretes. Lo peor son las temperaturas dentro de las habitaciones sin aire acondicionado ni ventilación, donde ni las ventanas se pueden abrir. Bueno, peor sería quedarse en el albergue sin hacer nada suspira. Están a unos pocos kilómetros de sus casas, y la tentación de escaparse a ver en qué estado se encuentran es tan impetuosa como inalcanzable. Ninguno tiene coche, no hay trans- no de gusanos cuenta uno. Nos tuvimos que poner trajes como de astronautas para entrar a sacarlo. El olor no podía ser más nauseabundo. Todo Nueva Orleáns es como un gran vertedero desde que los basureros y los servicios de limpieza se paralizaron con la primera llamada a la evacuación. Lugares infames En lugares infames, como el Centro de Convenciones y el Estadio Superdome, los desperdicios de las sesenta mil personas hacinadas se apilan en montañas de basura recalentadas por el sol, que obligan a taparse la nariz desde varias manzanas de distancia. Dicen que dentro no había ni una bolsa de basura y por eso, al desbordarse las papeleras, la basura empezó a diseminarse por todas partes, como si todos los días fuera carnaval. La impresionante imagen de las miles sillas que parecen flotar entre la basura supone un testimonio fantasmagórico de desarrapados invisibles que una cuadrilla de mexicanos trata de borrar para siempre. El hotel en el que periodistas y refugiados resistieron trece días ha sido clausurado por insalubre