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6 Opinión LUNES 12 9 2005 ABC VADE MECUM TRIBUNA ABIERTA FÉLIX OVEJERO PROFESOR DE FILOSOFÍA. UNIVERSIDAD DE BARCELONA ¿SOMOS ESPAÑOLES LOS CATALANES? R ICARDO Fornesa, presidente de La Caixa, se quejaba amargamente de que, con motivo de la opa de Gas Natural sobre Endesa, algunos fuera de Cataluña adoptan actitudes excluyentes, como si no fuéramos españoles Es evidente que Fornesa es tan español como los señores Pizarro, Oriol o Rato, y que lo mismo podría decirse de otros prohombres de la economía catalana como Rosell, Fainé, Gabarró o Brufau, algunos ilustres leridanos como los calificaba Lluis Foix en un sugerente artículo publicado en La Vanguardia Es evidente, también, que en circunstancias normales la opa de marras no hubiese adquirido el tinte político que ahora tiene. La Caixa, JORGE TRIAS que controla Gas NatuSAGNIER ral, de acuerdo con el proyecto de Estatuto que pretende imponerse al resto de España bajo amenaza de secesión, dependerá de la Generalitat y tendrá un poder político sobre las cajas de ahorros todavía mayor que el actual. Como consecuencia de ello, y ya que parece que estamos en un periodo constituyente, la operación, aunque la intención de quienes la han ideado sea exclusivamente empresarial, adquiere una dimensión de enorme calado político, como ayer escribía Ignacio Camacho. Y ante todo este embrollo, me pregunto, al igual que Fornesa, lo siguiente: Pero, los catalanes, ¿somos o no somos españoles? Los miles de catalanes que vivimos y trabajamos en Madrid está claro que siempre nos hemos sentido españoles. Obviamente excepto los metropayeses -en feliz expresión de Vidal- Quadras- -con carné de diputado entre los dientes de la Esquerra Republicana de Catalunya Y que de ese mismo sentimiento goza la inmensa mayoría de catalanes que viven y trabajan en Cataluña. Sin embargo, ¡qué curiosa mutación se produce cuando quienes manifiestan ese sentir o, simplemente, interés de ser español, lo hacen en Cataluña! España, entonces, desaparece por completo. En todos los diarios catalanes la Generalitat publicó el viernes pasado un anuncio a toda página convidando a la ciudadanía al Acto Institucional con motivo de la Diada Nacional de Catalunya que se celebró ayer. Se comunicaba que iba a participar la Orquesta simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya y que la conmemoración finalizaría amb la interpretació de l himne nacional Els Segadors en la nova versió del Mestre Antoni Ros i Marbá i amb la hissada (izada) de la bandera de Catalunya España, en suma, deja de existir en esos festejos nacionalistas que se organizan en frontal contradicción con la Constitución española de 1978. ¿No les parece milagroso a Fornesa, Brufau, Gabarró, Fainé o Foix que aun así se nos considere españoles a los catalanes, y que miles de millones de euros se sigan depositando en nuestras caixas d estalvis (ahorros) No hay duda: si un persa viajase a Cataluña, como ha escrito con rigor e ironía Porta Perales, llegaría a la conclusión de estar en un país distinto a España. ENCERRADOS CON UN SOLO JUGUETE Pese al desinterés mostrado por los ciudadanos hacia el Estatuto, el autor opina que los políticos catalanes viven en otro mundo Y se pregunta: ¿Sobrevivirá la clase política al ridículo de haber ocupado su tiempo y el de todos en inventarse un problema para el que no tienen solución? N un reciente artículo, Joan Saura, conseller de la Generalitat y presidente de ICV, expresaba su temor a que los continuos rifirrafes entre los partidos catalanes acerca del nuevo Estatuto acabasen por frustrar las expectativas y desmovilizar a la ciudadanía Según las propias encuestas de la Generalitat, el debate en torno al Estatuto no preocupa a los catalanes. Según dicen, Joan Saura es uno de los políticos catalanes con mayor sentido de la realidad. Se confirma: la clase política catalana escucha tan sólo el eco de su propia voz. A veces, ni siquiera espera el eco. El mismo día que aparecía el artículo de Saura se hizo público un manifiesto a favor del todavía inexistente Estatuto firmado por una veintena de representantes del mundo empresarial catalán. Días después, Duran Lleida denunciaba que ese manifiesto había sido redactado por el propio Gobierno de la Generalitat. Pero no todo son trampas. Es muy posible que Saura crea honestamente que a los catalanes la suerte del Estatuto nos quita el sueño. Suele pasar. En diverso grado, todos tenemos una natural disposición psicológica a creer que nuestro mundo es el mundo. Las embarazadas no ven más que embarazadas y cada cual está convencido de que no hay más problemas que los suyos. No es grave, incluso tiene sus ventajas. Otra cosa es cuando la fantasía se da entre los políticos. Entonces hay motivos para preocuparse por las alucinaciones. Ellos están para solucionar los problemas de los ciudadanos, no para trasladarles los suyos. En el caso de los políticos nacionalistas, el irrealismo, además, es un nutriente inevitable. Como han recordado los estu- E diosos del nacionalismo, los nacionalistas se inventan la nación, en nombre de cuyo reconocimiento justifican su propia existencia. En esa labor, su actividad principal consiste en poner en circulación un lenguaje político cimentado en unos cuantos mitos. Si, además, disponen del poder y de la oposición, el aire del debate político se espesa sin apenas resquicios para la crítica. En Cataluña las múltiples cajas de resonancias, públicas y privadas, convenientemente engrasadas, han contribuido a difundir un motón de palabras que nada dicen o que se dicen mal reconstrucción nacional normalizaciónlingüística derechos históricos identidad discriminación positiva pero que todos invocan sin que nadie se atreva a hacer las preguntas inaugurales: ¿qué identidad? ¿a quién se discrimina? ¿qué nación? Naturalmente, recocidos en su propio caldo, los políticos creen confirmar sus delirios y siguen reclamando el reconocimiento de la realidad catalana Entre tanto, la realidad en Cataluña sobrevive clandestina. Sólo de vez en cuando asoma la cabeza y ayuda a confirmar la falta de reflejos de una clase política a la que nadie nunca le ha pedido cuentas y siempre le han reído las gracias, que jamás ha respirado el aire de un auténtico control público. En una destilada síntesis, el caso del Carmelo mostró lo que da de sí: un presidente que, ante las críticas más tibias, se compara con una mujer maltratada reclama un pacto de silencio para salvar el suflé catalán, porque si no, nos accidentaremos todos Ajenos a la maquinaria cortesana de propaganda, que ha