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ABC LUNES 12 9 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA CULTURA INTRATABLE POR ÁLVARO DELGADO- GAL ESCRITOR Y PERIODISTA En la época del parlamentarismo clásico, los próceres de la patria largaban unos discursos que ahora se nos antojan hinchados y retóricos. En promedio, no obstante, el tono era muy superior al que gastan los políticos del día... E SPAÑA padece una minusvalía de larga data: la pobreza o debilidad de los estándares culturales, entendiendo por tal el grado medio de exigencia que gobierna la vida académica, intelectual, o política. Nuestra televisión es mala, es mala nuestra Universidad, y manifiestamente mejorable la calidad del debate público. El fenómeno se aprecia con mayor precisión cuando se desciende a los detalles. No disponemos, por ejemplo, de enciclopedias generales realmente sólidas. La mejor es, con diferencia, la Espasa clásica, anterior a la Segunda República y más notable por sus dimensiones gigantescas que por la pulcritud de su redacción. No son infrecuentes las ediciones descuidadas o las traducciones ilegibles, y así de corrido. En mi opinión, estas carencias continuarán sin corregirse, salvo que ocurra un milagro. ¿Por qué? El intríngulis nos remite a la naturaleza específica de los estándares culturales: lo normal es que, si son bajos, se mantengan bajos, con independencia de cuáles sean las causas que los deprimieron en un principio. La reflexión parece circular. No lo es, sin embargo. A justificar este punto, de ecos poco halagüeños, van destinadas las líneas siguientes. ¿Qué factores contribuyen a elevar los estándares dentro de una profesión? Uno, innegable, es el mercado. El mercado es saludable en la medida en que neutraliza la tendencia, recurrente en muchos gremios, a poner los intereses propios por encima de los del consumidor. Pensemos en una actividad cualquiera, verbigracia, la correspondiente al ejercicio de la cirugía cardiovascular. No es imposible concebir una conspiración de cirujanos orientada a congelar los estándares y excusar las fatigas y quebraderos de cabeza a que se está expuesto cuando no da lo mismo un roto que un descosido. A Dios gracias, no ocurre esto, por varios motivos. Uno de ellos es que los cirujanos son gente decente. Otro, que los efectos de una intervención quirúrgica son visibles. En principio, se puede apreciar cuándo un cirujano lo hace bien, o, al revés, lo hace mal. Esta circunstancia cortará las alas a la conspiración que nos hemos divertido en imaginar. ¿Por qué? Porque el cirujano diestro no querrá sumarse a una conjura que lo iguala con los torpes y reduce sus oportunidades profesionales objetivas. Cabría decir que los intereses del buen profesional, al entrar en sintonía con los del público, tienden a desactivar los pactos bajo cuerda que a veces se urden por el lado de la oferta. La fuerza del argumento va menguando, es obvio, cuanta menor es la pericia cogniti- va o el grado de información que se le supone al consumidor. Y se evapora cuando la información del último es muy imperfecta. Caso no raro, según se echa de ver por el número apabullante de caraduras que en todos los países, incluidos los desarrollados, se ganan la vida dando gato por liebre. ¿Se desprende de aquí que los estándares, en ausencia de un público avisado, serán siempre defectuosos o insuficientes? No necesariamente. Se nos ha quedado en el tintero un segundo factor, de virtudes disciplinantes no inferiores a las del mercado: la presión corporativa. Cuando los competentes han hecho masa crítica entre los de su oficio, y el torpe o el mangante es llamado a capítulo por los que saben lo que vale un peine, la profesión se entona. Los tribunales de honor, la implementación de códigos de ética profesional o, más determinantemente, la penalización informal del que no da la talla, sacan del circuito al irresponsable o al manazas. ¿Qué ha de ocurrir para que surja una masa crítica? Lo ignoramos. En ocasiones, entra en escena un individuo excepcional. O quizá triunfa el difusionismo: el precedente sentado por un país digno de ser imitado, estimula a la imitación. No hay recetas, fórmulas. La aparición de una presión corporativa de signo positivo es un imponderable, rebelde a los arbitrismos de la administración o a los votos y jaculatorias de los bienpensantes. los que discrepan, o los que se ponen de acuerdo. Ellos, y no los que se solazan en el bar de la esquina. La conclusión es por tanto inesquivable: sin autoridades matemáticas, esto es, sin guardianes de la verdad matemática, adiós a las matemáticas. Es posible extender el análisis, con matices, a la creación artística o literaria. Y sin duda, al debate público. En la época del parlamentarismo clásico, los próceres de la patria largaban unos discursos que ahora se nos antojan hinchados y retóricos. En promedio, no obstante, el tono era muy superior al que gastan los políticos del día, emparedados entre la consigna televisiva y el trapicheo detrás de las bambalinas. El parlamentarismo clásico nos ha legado a Constant, Tocqueville, Burke o Jefferson. Se trataba de una sociedad política ilustrada y conceptualmente exigente. La consigna televisiva nos remite, por el contrario, a quienes ustedes pueden imaginar, a lo largo y ancho del planeta. La democracia se ha convertido, inevitablemente, en un gran mercado, con efectos benéficos y, a la vez, costes de los que no siempre somos conscientes. Expresado con otras palabras: lo que mantiene los estándares culturales es, ante todo, la presión corporativa. Esto significa que la cultura se sostiene más sobre una pata, que sobre dos. El impacto del mercado, no por fuerza desfavorable, es oblicuo, y de consecuencias imprevisibles. Nos vemos devueltos, por tanto, al misterio de las masas críticas. A menos que se haya verificado una singularidad extraordinaria, el motivo principal por el que subsiste en una profesión cultural una masa crítica virtuosa, es histórico o genético: la masa crítica es suficiente, porque lo era ya en la generación anterior. O como comúnmente se dice: hay buenos discípulos porque hubo buenos maestros. El razonamiento se puede invertir: a menos que se produzca una conjunción estelar favorable, los discípulos no serán buenos si no lo son los maestros. En este sentido, la cultura está íntimamente ligada con la tradición, y lo mismo que la tradición, obedece a impulsos inerciales. Propende a ser como fue, y se inclina a seguir siendo como previamente era. España ha aumentado espectacularmente su PIB; se ha alfabetizado, suceso sin duda admirable; cuenta con carreteras infinitamente mejor asfaltadas que las de los años treinta; pero renquea en investigación, carece de políticos articulados, y continúa generando sentencias judiciales ininteligibles. Cuestión de cultura. Cuestión de elites. Cuestión intratable, donde las haya. Paso a la cultura. Con los artefactos culturales sucede lo inverso que, pongo por caso, con unos zapatos. El consumidor se encuentra perfectamente emplazado para juzgar si un zapato es resistente o frágil, si se adapta al pie, o se empapa cuando llueve. Cabría afirmar incluso que la preferencia del consumidor sirve para definir- -dentro de ciertos límites- -la calidad de un zapato. A precios parejos, se elegirán los zapatos mejores. El artefacto cultural, sin embargo, escapa, apenas se ha alcanzado cierto grado de complejidad, a la evaluación del hombre común. Hace pocos años se demostró la conjetura de Fermat. ¿Por qué estamos seguros de que se ha demostrado? Porque se dedujo un determinado enunciado partiendo de axiomas que los matemáticos respetables dan por lícitos, y porque el proceso deductivo se ajustó a procedimientos que esos matemáticos respetables también consideran lícitos. Por descontado, la palabra respetable no opera como un talismán. Los teoremas no se celebran como tales por votación entre matemáticos. Existen reglas, criterios, y todo eso. Pero esas reglas, y esos criterios, son aplicados por matemáticos de carne y hueso. Son ellos