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70 Cultura DOMINGO 11 9 2005 ABC TEATRO Tres sombreros de copa Autor: Miguel Mihura. Dirección: Gustavo Pérez Puig. Escenografía: Gil Parrondo. Iluminación: Francisco Ruiz Ariza. Intérpretes: Cipriano Lodosa, Ángeles Martín, Miguel de Grandy, Carlos Urrutia, José Luis Coll, Carmen Martínez Galiana, Yolanda Farr, Pepe Álvarez, Pepe Sanz, Jordi Soler y Antonia Paso, entre otros. Lugar: Teatro Príncipe Gran Vía. Madrid. ÓPERA Pelagio Autor: Saverio Mercadante. Intérpretes: C. Álvarez, T. Anisimova, A. Roy, J. Borrás, E. Iori, L. Cuento. Orquesta Sinfónica del Principado. Coral Polifónica Gijonesa. Dirección Musical: M. Rivas. Lugar: Teatro Jovellanos. Gijón. 9 de septiembre. ANTES DEL AMANECER JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN MERCADANTE RESCATADO COSME MARINA e notaba emocionado a Gustavo Pérez Puig mientras recibía los calurosos aplausos del público superada ya la una de la madrugada del pasado jueves. Y era comprensible: cincuenta y tres años antes (los hará el 24 de noviembre) había estrenado Tres sombreros de copa la obra que acaba de montar por tercera vez, ahora con ocasión del centenario del autor. Escéptico ante la posibilidad de que una obra escrita en 1932 pudiera interesar al público de comienzos de los años 50, Miguel Mihura se resistía tenazmente a permitir su estreno. Pérez Puig fue más tenaz aún y su entusiasmo logró convencer al entrañable cascarrabias, quien, a sus 47 años, no pensaba ya que le fuera a sonreír el éxito teatral. Interpretada por un elenco del Teatro Español Universitario (TEU) Tres sombreros de copa subió al escenario del madrileño Teatro Español un lunes, día de descanso de la compañía titular. Juanjo Menéndez, Agustín González, José María Prada y Fernando Guillén, fueron algunos de los entonces jovencísimos actores que participaron en la feliz aventura. S N Cipriano Losada, entre Carlos Urrutia y Ángeles Martín con cierta obstinación injustificada. Vayamos por partes. El argumento- -en el que Mihura mezcla una doble referencia autobiográfica: su desengaño sentimental y sus experiencias en la compañía de Alady- -nos presenta a un hombrecillo atribulado y encantador que llega a la habitación de un modesto hotel de provincias donde ha previsto pernoctar antes de su boda con una virtuosa señorita de la localidad. Esa noche conoce a Paula, bailarina de un conjunto que estrenará al día siguiente un espectáculo de variedades, y a través de la que se asoma a un mundo alegre y desconocido. Nos enteramos al rato de que la corista, además de bailar, se dedica a mostrarse complaciente con caballeros adinerados a los que despluma con la complicidad del negro Bubby, un compañero de espectáculo al que en la comedia se hace objeto de nada disimuladas burlas racistas. En esas horas inciertas antes del amanecer decisivo, Dionisio ve en esa mujer sorprendente, que le asegura convencida que casarse es ridículo, la posibilidad de cambiar su destino de marido gris. Y Paula encuentra en el joven un inusitado resto de inocencia, un amor limpio de intereses. Pero la sociedad, como viene a subrayar el desencantado Mihura, acostumbra a cercenar las aspiraciones in- JESÚS ALCÁNTARA Contra el matrimonio Probablemente Pérez Puig evocara el jueves, antes del amanecer, esa otra noche de hace más de medio siglo cuando el público descubrió la que ha sido calificada entusiásticamente como la mejor comedia española del siglo XX. Y es un comedia excelente, y terrible. Una venganza. Una elegía por su propia juventud como la ha definido Julián Moreiro en su indispensable biografía Mihura, humor y melancolía (Algaba, 2004) La obra fue escrita por el autor con 27 años- -los mismos que tiene Dionisio, el protagonista- -tras sufrir una decepción amorosa y haber estado al borde mismo de la boda burguesa a la que condena a su alter ego. De ahí las invectivas contra el matrimonio, que repetirá en otras comedias La canasta La decente y ese desencanto por la monótona vida familiar tradicionalmente entendida, en la que, como le profetiza a Dionisio su futuro suegro, don Sacramento, la idea de una velada entretenida consistía en mantener una conversación con un matrimonio centenario. Mihura tamiza, con su característico humor tierno y melancólico y su chispeante pirotecnia verbal que juguetea con el disparate, un argumento de sesgo realista, que no guarda, a mi entender, paralelismo alguno con el posterior teatro del absurdo, pese a lo que se suele repetir Mihura tamiza, con su humor tierno y melancólico y su chispeante pirotecnica verbal, un argumento de sesgo realista dividuales, y al final, Dionisio abandona el hotel rumbo a la iglesia con la descriptible alegría de un condenado a muerte. En fin, que bajo la ligera espuma de la fiesta y el lenguaje tan divertido, el autor desarrolla una historia muy triste, y censura con su displicente gesto de anarquista burgués a una sociedad grotescamente ceñuda, anclada en convencionalismos y poco amiga de la libertad individual, que todavía hoy proclama por ahí su fervor por el huevo frito y las señoritas que se desmayan en los sofás malva de los saloncitos rosa. El montaje de Pérez Puig, que conoce al dedillo las entretelas de la comedia, es estupendo. Un digno homenaje a Mihura, ese reconocimiento que las instancias oficiales, tantas veces proclives a las fanfarrias huecas de los centenarios, han negado al escritor madrileño por ignorancia, desinterés o inquina política, o tal vez por todo al tiempo. Muy bien de ritmo, de vestuario (en el programa de la función no se indica quién lo ha diseñado) de iluminación... Tres sombreros de copa está también muy bien interpretada, aunque es justo resaltar el magnífico trabajo de Cipriano Lodosa en un Dionisio de antología, en el que acierta a expresar la comicidad tierna, angustiada, inocente, esperanzada, amarga y vencida de su personaje. Un estupendo espectáculo, ya digo, aunque, caído el telón, uno no pueda sustraerse a la impresión de que la comedia nos trae aromas de otra época y de que su humor parece encantadoramente antiguo. Una confidencia en voz baja y llena de cariño y admiración por el autor homenajeado: el teatro de Mihura hace crecer mi estimación por el de Jardiel. o es algo habitual en los escenarios españoles la apuesta por rescatar títulos que permanecen olvidados del repertorio lírico. El teatro Jovellanos de Gijón ha buscado cerrar su intensa temporada estival con la recuperación de una obra que lleva más de siglo y medio sin subir a escena: Pelagio de Saverio Mercadante. La opción estaba más que justificada por el delirante argumento romántico en el que la ciudad asturiana es referencia permanente. Y una vez rescatado todo el material, del que hubo que hacer un exhaustivo trabajo musicológico previo que Mariano Rivas desarrolló con minuciosidad y aciertos absolutos, los resultados permitieron poner en valor una obra relevante del belcanto romántico, una partitura con ribetes donizettianos y resonancias del primer Verdi pero que, antes que nada, es genuina, puro Mercadante, un autor que, sin duda, ha de ganar enteros a poco que se profundice en su amplio catálogo. Volcados en el proyecto El propio Mariano Rivas, fue también el responsable musical de la velada al frente de una de las formaciones autonómicas españolas más solventes: la Sinfónica de Asturias, que se volcó en el proyecto con niveles de calidad más que altos. También en el aspecto vocal el elenco, algo tampoco demasiado frecuente, se comprometió a trabajar de forma exhaustiva este título. Carlos Álvarez reinó como Pelagio con sus altos niveles de calidad habituales, mientras que la sorpresa la proporcionó la ucraniana Tatiana Anasimova, incorporada a última hora en sustitución de Montserrat Caballé. La soprano se entregó a fondo y suplió una cierta falta de refinamiento con una vocalidad torrencial proporcionando emotividad al rol. Arrolló el tenor gijonés Alejandro Roy, sin duda una de las voces españolas más en alza de su cuerda, en progresión constante, cumpliendo correctamente, sin más, Judith Borrás, el resto del reparto y el coro. El argumento arquetípicio romántico y hoy políticamente incorrecto- -la bélica cristiana- árabe impregna la trama y cierra la obra con el coro y solistas cantando con frenesí venganza eterna contra el árabe -queda absolutamente redimido por una música hermosa, de brío y garra, en la que el disfrute belcantista se puede realizar con intensidad y fuego.