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62 Los domingos DOMINGO 11 9 2005 ABC EL PERFIL DE LA SEMANA EN LA ACERA ESCRIBÍ TU NOMBRE FERNANDO IWASAKI JOAN LAPORTA Presidente del Fútbol Club Barcelona El dirigente blaugrana se ha empeñado en convertir hoy el Camp Nou en un clamor en favor del nuevo Estatut, mientras a la afición lo que le interesa es volver a ganar la Liga EL GOL DE SANCHO Al día siguiente del pobre empate de la selección española contra Serbia, la noticia de portada de los diarios deportivos fue la presentación del último fichaje del Real Madrid- -el defensa más caro de la historia del fútbol español- -que había sido suplente en el partido del día anterior. ¿Todo un síntoma o más bien la enfermedad? Se preguntan los cronistas deportivos por qué la mejor Liga del mundo no tiene la mejor selección del mundo, pero la pregunta es incorrecta. Uno se preguntaría- más bien- por qué un fútbol tan rico y poderoso produce futbolistas tan discretos y secundarios, pues entre los 22 mejores jugadores europeos del curso pasado no hay un solo futbolista español. Hay italianos, alemanes y franceses, pero ni un español. Los hay incluso portugueses, británicos y holandeses, pero no hay ni siquiera un suplente español en toda la defensa, el mediocampo y la delantera del equipo ideal de Europa. Somos buenos compradores, pero malos productores. Y es que en la Liga de las Estrellas no hay espacio para la cantera española, porque tienen prioridad las canteras de Argentina y Brasil. Robinho y Messi son grandes futbolistas, sin duda, pero a su edad ningún futbolista español podría aspirar ni al mismo protagonismo ni a las mismas oportunidades. Por eso Cesc, Barragán, Reyes y Portillo han tenido que ir a buscarse las habichuelas en otras ligas europeas. Cuando un club como el Liverpool se convierte en el equipo que más jugadores aporta a la selección española, es obvio que se trata de la enfermedad y no de los síntomas. Pero la enfermedad no la produce el mercado, pues para ser competitivo hace falta la competencia. Italia y Alemania ya eran potencias antes de la Ley Bossman mientras que Francia y Holanda han crecido gracias a la integración de los deportistas de sus ex colonias. ¿Quién recuerda que Zidane es argelino? Rikjaard y Seedorf nacieron en Surinam, pero a nadie le importa en Holanda. Aquí sí importa. Y mucho, porque en el fondo seguimos creyendo en la limpieza de sangre y en los cristianos viejos por no hablar de las creencias vernaculares. ¿Cómo aspirar a una selección española multirracial, si a lo que vamos es a una Alianza de Federaciones Autonómicas? ¿Sería un fracaso deportivo no estar en el mundial de Alemania? Depende, pues a los últimos mundiales no hemos ido a competir sino a comprar, porque lo mejor de Brasil y Argentina, de Asia y Africa, e incluso de Italia e Inglaterra, está más que nunca al alcance de los clubes españoles. ¿Para qué sirve ir a un mundial si los mejores futbolistas del mundo siempre terminan jugando aquí? El problema es que clasificarse en las rondas europeas es tan sencillo, que el papelón de no estar entre las 14 mejores selecciones europeas es muy grande. ¿Se clasificaría España si tuviera que jugar la ronda suramericana en una liguilla de 10 equipos? De sólo pensar que un equipo de la Liga de las Estrellas podría ficharlos, todos los futbolistas suramericanos jugarían contra España al 150 por 100. Tal es el drama de nuestro fútbol: los mejores jugadores del mundo luchan para jugar en la Liga española, mientras los mejores jugadores españoles luchan para ser suplentes en el Real Madrid. Por eso los seleccionadores españoles no tienen más narices que ser Quijotes, mientras once Sanchos pelean contra los molinos para marcar un gol. El segador segado o de los grandes estadios como plataforma propagandística poco tiene de nuevo (sucedió con Hitler, o, más cerca en el espacio y en el tiempo, con aquel falso giraldillo proetarra) por lo que el pensamiento único y cuatribarrado de Joan Laporta, el presidente del Barça, nada inventa al alentar que el Camp Nou se convierta hoy en el soporte de una pancarta gigantesca en la que se reclamará el nuevo Estatuto de Cataluña. Apenas se ha apeado de la tradición del Volem l estatut ¡Queremos el Estatuto! en un ejercicio de arqueología ideológica que nos traerá a estacazos el recuerdo, tomba, tomba, de los conciertos de Lluís Llach en la Transición. Es lo menos que cabe esperar de personaje tan inconsistente, infantil y antojadizo como el jefe de Can Barça. Hasta uno de sus poquísimos jugadores de origen local y con acreditado pedigrí nacionalista (Oleguer Presas) le sacó los colores por la ocurrencia. El segador segado. Pero él, con la complicidad de Pasqual Maragall, no ceja. A Laporta se le ha ido calentando la boca a medida que se acercaba este domingo del partido Barça- Mallorca en el que, además, se celebra la Diada, la fiesta nacional de Cataluña, jornada a duras penas rescatable de la UVI de las efemérides gafadas desde que coincidió hace cuatro años con los ataques terroristas en Nueva York. Flores en el monumento a Rafael de Casanova mientras las torres más altas que han caído siguen en la memoria de todos. Así son las cosas. Pese a ello, investido del desproporcionado poder que en España y en toda Europa otorga la presidencia de un club de fútbol, el capo blaugrana ha reivindicado hace un par de días ante un grupo de escolares los derechos históricos de Cataluña y las competencias exclusivas en materia de inmigración, puertos y, sobre todo, aeropuertos. Seguramente para quedar redimido de pasar por los arcos detectores de metales del Prat. Ya se sabe (menuda escandalera armó hace un par de meses) que cuando a Laporta se le somete a los mismos controles que al común de los mortales monta en la cólera irracional del no- sabe- usté- con- quién- está- hablando (su Elus POR BLANCA TORQUEMADA frase favorita en castellano) y se queda en calzoncillos. Grises y de tipo slip según los testigos. Avalado por un brillante currículo como abogado, Laporta, de cuarenta y tres años, rezuma un nacionalismo rancio de Escolanía de Montserrat y unas maneras irreflexivas que ya le han arrastrado a la primera gran crisis interna de su directiva, saldada con cuatro dimisiones hace sólo tres meses. Ya no es el mismo manifestaron los que abandonaron el barco, decepcionados por sus resabios autoritarios. Después de lo más difícil, de haber conseguido poner bozal a los boixos nois parece que Laporta va pidiendo a gritos que lo amordacen a él. En época de confusión y de turbio mar de fondo político en Cataluña, donde un club es más que un club, un tripartito más que un tripartito y una opa más que una opa, el presidente del Barça marcha a todo gas (natural) en su alocada defensa de la causa nacionalista, aunque, en sensata contra- partida, haya echado el freno a una febril política de fichajes espoleada hasta hace poco por la barra libre de su antagonista Florentino. Lo de Ronaldinho acredita que una inyección de buen juego y de optimismo ha sido hasta ahora el gran acierto del presidente, una brisa de samba balompédica que poco tiene que ver con los golpes de hoz del separatismo. Día de partido y de previsible exaltación de los Països Catalans (por aquello de que el Barça se juega los tres puntos con el Mallorca) con el mullido beneplácito del barcelonista Rodríguez Zapatero. Después de que con Gaspart se pusieran en órbita deportes tan estimulantes como el lanzamiento de cabeza de cochinillo, llega ahora el striptease aeroportuario, a la vez que se intenta colar por toda la escuadra un gol nada futbolístico. Nación, 1- -Nacionalidad, 0. Mientras, los culés sensatos lo fían todo a las pantorrillas de Ronaldinho y a lo que de verdad les importa: volver a ganar la Liga.