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ABC DOMINGO 11 9 2005 Nacional 19 ÁLVARO DELGADO- GAL RAYUELA EN CATALÁN ortázar escribió una novela, Rayuela que se podía leer de dos maneras. Si se colocaban los capítulos en el orden fijado por la numeración tradicional, salía un historia. Y salía otra si se seguía un itinerario alternativo. Sucede algo parecido con la opa de Gas Natural sobre Endesa. La opa se ha sujetado a dos lecturas distintas. Según unos, se trata de una operación transparente desde el punto de vista empresarial. Gas Natural, una distribuidora, necesitaba agregar a su estructura centrales de generación de energía. Lo intentó en tiempos con Iberdrola. No prosperó la maniobra y ahora quiere probar suerte con Endesa, vulnerable por causa de su situación financiera. En contra de lo que se ha dicho, el surgimiento del monstruo energético no afectaría al bolsillo del consumidor, puesto que es el Gobierno el que regula los precios. Y sería exagerado hablar de monopolio. Quedan Iberdrola, Unión Fenosa, y otras compañías. Fin de la historia. La otra lectura discurre por caminos más tortuosos. Figuran ahora, en el guión, Montilla, La Caixa, y el tripartito. Figura Montilla porque la opa no podrá llevarse a efecto sin el plácet del Gobierno; La Caixa, por ser accionista mayoritario de Gas Natural; y el tripartito desempeña un papel estelar por dos conceptos. Primero, porque los gobiernos autónomos tienen, de oficio, vara alta en las cajas de ahorro. Y segundo, porque Maragall necesitaría compensaciones si, como no es impensable, se frustra el Estatuto y ha de procederse a nuevas elecciones en Cataluña. La segunda lectura, en fin, antepone motivaciones políticas a las económicas. Un precepto venerable recomienda que, cada vez que la evidencia puede explicarse a través de dos teorías, una sencilla, la otra torcida y complicada, lo mejor es quedarse con la sencilla. Ello debería llevarnos a preferir la lectura económica sobre la política. Pero surge un problema: y es que las dos lecturas no cubren o reflejan, exactamente, la misma evidencia. Existen hechos objetivos que la lectura política toma en consideración, y desatiende sin embargo la económica. Destacan, en esencia, dos circunstancias. Sucede, para empezar, que una de las personas claves en la operación, el señor Montilla, es a la vez el representante en el Gobierno de Madrid de los intereses corporativos catalanes. Y tenemos también que ERC y Maragall pactaron potenciar operadores catalanes estratégicos Repsol está ya en el zurrón de La Caixa. Endesa, a punto de caramelo. Ignorar todo esto sería arbitrario. Y es abusivo liquidar la cuestión calificando de anticatalanes paranoicos a los recelosos. Quienquiera que haya seguido de cerca las intervenciones de Maragall, ya como colaborador en los diarios, ya en intervenciones públicas, sabe que para el president existe una urgencia mayor todavía que el engrandecimiento de Cataluña: y es la disminución de Madrid, identificado por él con el Es- C tado español. Maragall, no contrario a una España suya muy personal y de naturaleza por el momento hipotética, antagoniza, innegablemente, con la España constituida. Estos fantasmas, de estirpe criptonacionalista, atormentan sicológicamente al president, y le proyectan hacia una síntesis que concilia en una sola fórmula sus anhelos y sus fobias: cuanto más Cataluña, menos Madrid, y al revés. No se desprende de aquí que Maragall haya impuesto criterios o tiempos a La Caixa. Ahora bien, suponer que una caja de ahorros es tan independiente del poder autonómico o local como lo sería, qué sé yo, la Ford o IBM, resulta un punto idílico. Sea como fuere, ninguna de las teorías en circulación arroja una luz definitiva sobre el magma catalán. El sorprendente acuerdo Maragall- Mas del miércoles, el que blinda la financiación catalana, desencadena un proceso que va en contra de la idea de que se habría asegurado la contención de Maragall a cambio de concesiones económicas. Si el acuerdo se consolida en los términos que se han hecho públicos, se verificará para el Gobierno el peor de los escenarios. El Estatuto no naufragaría en el Parlament por un maximalismo imputable a CiU, sino que podría zozobrar en Madrid, de manos del propio PSOE, o de una facción dentro de éste. Parece, en fin, que nos hubiéramos vuelto locos. En un país viable, no habría importado, ni la opa sobre Endesa, ni la prosapia regional de la entidad de crédito que la apoya. Tampoco habría importado de dónde viene el ministro de Industria. Aquí oiremos decir, sin poder evitar una sensación molesta en la base del píloro, que la región que aspira al control económico del país está dando los pasos necesarios para que éste se salga de madre.